Los objetos del pasado

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Por: José Arteaga
(X-Twitter: @jdjarteaga)
Lo vemos en una mudanza. Pasamos horas empacando en cajas y bolsas, y a veces sueltos en el asiento trasero del carro, montones de objetos que nos van acompañando por la vida en nuestro paso de casa en casa. Muchos han sido regalos, otros compras, otros herencias; pero nos aferramos a ellos porque acaban siendo parte de nosotros mismos. Hay quienes tienen la suficiente sangre fría para soltar amarras y liberarse de esa carga, pero da pena porque en esa jarra vemos a nuestra abuela, con ese libro pensamos en nuestro hermano y con esos discos nos acordamos de novias, fiestas y amigos… y sonreímos con nostalgia.
Así somos todos, pero hay una clase especial de personas que han poblado sus casas de objetos, que han pasado su vida coleccionándolos y que cuando llega la vejez no sabe qué hacer con estos. Hace unos días pude conversar con algunos de estos seres en el Encuentro de Melómanos y Coleccionistas, en la Feria de Cali. Y son una auténtica maravilla los discos que cada uno conserva, guarda y atesora.
Siempre lo he dicho y lo vuelvo a decir: las colecciones sobreviven a sus dueños. Los objetos tienen un rango de durabilidad superior al ser humano, de tal manera que una colección puede existir cientos de años, o toda la vida, dependiendo del grado de conservación al que se someta el plástico, el cartón, la pintura, el metal, el papel, la tela y todos los materiales que la componen.
Para eso existen las bibliotecas y los museos; esos espacios que pertenecen a grandes instituciones con la suficiente capacidad económica para mantener una colección al servicio del público. Pero no todas las instituciones, públicas y privadas, están en capacidad de recibir las miles de colecciones pequeñas que sus dueños anónimos han guardado durante su vida.
Lo que suele pasar en una colección de discos es lo siguiente:
El coleccionista se ha hecho viejo y ha enfermado. Ya no puede viajar y ya no puede sostener aquello que ha construido. Entonces hace un pacto con su hijo mayor, para que éste siga guardando ese tesoro o, si lo prefiere, busque a donde donarla. El viejo muere y el hijo, a pesar de haberlo querido mucho, no tiene el tiempo ni el conocimiento para buscar una donación, que por lo general suele tardar años de negociación. Así que la ofrece para la venta.
Así puerta llega un acumulador, alguien que tiene un gran almacén, y que compra al por mayor. El precio que le ofrece no llega ni al 10% de lo que ese viejo coleccionista invirtió en vida. El hijo desecha la propuesta y espera una oferta mejor que nunca llega. Acosado por las circunstancias y las prisas, lleva todo a un mercado de pulgas y vende todo a la primera persona que le ofrece algo, y que no llega ni a la mitad de ese 10% de la oferta del mayorista.
Eso en cuanto a los discos. Lo demás, lo que suele acompañar a una colección como ésta; es decir libros, fotografías, autógrafos, entradas de conciertos, partituras, revistas, afiches y merchandising, acaban en un contenedor de basura. Nadie recordará aquello y nadie valorará el aporte que ese viejo coleccionista hizo con su acervo a la cultura local.
¿Quién se acuerda, por ejemplo, de Lila Cuellar en Cali? La señora Cuellar tenia una increíble colección de 20.000 vinilos de música sinfónica en el bar La Casa Beethoven en el entonces peligroso barrio de Santa Rosa. Una noche la mató su hijo, que era drogadicto, y nunca se volvió a saber de su colección. He preguntado por allí y nadie sabe. Ni siquiera recuerdan su nombre. De su memoria sólo queda una maravillosa crónica de Leonel Giraldo titulada “Una cerveza bien fría y la Quinta de Beethoven, por favor”.
Vayamos ahora a Pasto y a otro terreno, a la fotografía. Edgar Ricardo Figueroa recordaba en un artículo para el Manual de Historia de Pasto, la vida de aquellos personajes que conformaron el Círculo de Reporteros Gráficos de Nariño. Ese escrito es todo lo que queda de alguien como Antonio María Riascos, a quien recuerdo con cariño porque era Jefe de Giros del Banco Cafetero y muy amigo de mi tía Alicia Arteaga.
¿Qué pasó con su extensa obra de fotografía? 50 años de fotos, algo envidiable para la alcaldía, los museos y las bibliotecas. Ya sé que es difícil conservar copias en papel, dispositivas y negativos, pues la humedad y el polvo hacen estragos; porque las Polaroid van perdiendo nitidez con el tiempo; porque las fotos en papel deben manipularse con guante blanco; porque las bases de películas llevan químicos como celulosa, acetato y poliéster, y son inflamables. Pero es que además, Riascos coleccionaba cámaras, una fuente de información para estudiantes de tecnología en las universidades.
Hay colecciones que, por supuesto, van cambiando de dueño y mantienen su existencia. Pertenecen a un universo particular porque contienen joyas que son muy valoradas y ameritan su conservación. Pero ha sido una casualidad que se le haya dado valor a esas joyas en el mercado, Sólo unos pocos pueden darse el lujo de contratar un perito o un tasador, básicamente porque hay muy poquitos especialistas en la materia en el mundo. Esos expertos que vemos en el programa de telerrealidad Pawn Stars, son contados.
En Pasto abundan los objetos de valor que no son valorados. El otro día conversaba con un amigo que tiene un Volkswagen de 1967 con sus piezas originales en perfecto estado, al que le ofrecen el precio de cualquier vehículo de segunda mano, seguramente porque no hay un conocimiento real de ese modelo. Igual podemos hablar de libros, juguetes, relojes, joyas, artesanías, manuscritos o memorabilia en general. ¿A dónde fue a parar la pequeña estatua del santo patrono de la ciudad del portal de piedra tallada que estaba en la iglesia de San Juan? En algún sitio, pero ¿conocerán los dueños su historia y su importancia?
En fin, volvamos al tema inicial, a aquellos que no son coleccionistas y a lo que vamos acumulando con el paso del tiempo.
Dice Gabriela Cerruti, especializada en dar visibilidad a las personas de edad: “Hoy el mundo cambia de Era. Leemos distinto, aprendemos distinto. Pero los libros siguen ahí. Miles. Toneladas. Y aparece la pregunta incómoda, concreta, material: ¿qué vamos a hacer con todos estos libros? ¿A dónde van a ir a parar cuando los heredan hijos que no los quieren o no tienen dónde guardarlos? No es nostalgia. No es el fin de la lectura. Es un problema cultural y generacional que ya está entre nosotros”.
Tiene razón. Quienes venimos de la Era pre-digital estamos acostumbrados al objeto. Quienes han nacido en esta Era digital están más acostumbrados a las pantallas que al papel; al like de nuestro avatar en redes sociales que al saludo de mano; a las fotos en el teléfono y no en el carrete; al Streaming en lugar del vinilo, el CD y el VHS; a la información Online que necesita Wi-Fi y no una llamada; a Wikipedia en lugar de la Enciclopedia Larousse. De tal forma, el sentido de pertenencia ha cambiado.
Esta generación no desecha los objetos; de hecho, Amazon es multimillonaria porque los comercial. Pero un joven de hoy tiene menos objetos que los de generaciones anteriores, donde todo era físico y tangible.
Entonces, ¿cómo inculcar una idea de preservación y mantenimiento?, ¿cómo consolidar un plan de adquisición y cesión con compromiso de por medio con alguna institución?, y sobre todo, ¿cómo evitar que todo eso se pierda?
Cerruti habla de transferencia generacional, “de casas llenas a departamentos más chicos. De décadas de acumulación a generaciones que heredan no solo bienes, sino la tarea —física y emocional— de decidir qué hacer con ellos”.
He conversado con algunas personas millonarias sobre este aspecto. La primera actitud es de desespero, luego de resignación y finalmente de desprendimiento. Una de las mayores poseedoras de arte pictórico de América Latina me contó la respuesta de sus hijos ante la inquietud que la corroía: “te enterramos con los cuadros, mami, si es lo que quieres, pero nosotros no queremos saber nada de eso”.
Una señora, parte de una familia que había decorado su casa con objetos muy valiosos de todo el mundo, recurrió a la firma de subastas Sotheby’s para que revisaran todo y lo sacaran a la venta. Fue un proceso largo y lleno de especificaciones muy estrictas, incluso de acercamiento físico al material íntimo por parte de la familia.
Llevado este esquema a un público más modesto y más amplio, ha tenido mucho éxito en España la firma Home Market, perteneciente a la inmobiliaria La Moraleja Home. Su planteamiento es sencillo: “Una vez avances en el proceso de venta de tu vivienda, te encontrarás con la necesidad de deshacerte de un montón de mobiliario y enseres, a veces los de toda una vida. Nosotros nos encargamos de todo el proceso, desde la valoración del contenido de la casa llevado a cabo por expertos, su clasificación, puesta en escena y convocatoria por redes sociales”.
En Zaragoza lo lleva un colectivo llamado La Prendería, y la verdad es que funciona muy bien. Estuve hace poco en un apartamento y el cuidado es extremo, aunque no deja de sobrevolar la sensación de tristeza de una vida que va pasando de manos objeto por objeto, desde un tenedor hasta una lavadora. Es una nueva industria alrededor de lo que antes era una escena privada. Como dice Cerruti: “Alguien tiene que ordenar, vender, donar, descartar. Y hacerlo, muchas veces, en medio del duelo”.
Pero Zaragoza es una ciudad intermedia. No tiene el ambiente cosmopolita de Madrid y Barcelona y eso hace que ciertas situaciones queden por fuera de un marco de acción singular como este. Es el caso de un conocido que el día de mañana heredará el apartamento de su padre y lo que este contiene, que no es otra cosa que una de las mayores colecciones de minerales, fósiles, gemas y meteoritos de España.
El mismo dueño, todavía activo, se considera un bicho raro, viendo como su pequeño taller, abierto al público, tiene cada vez menos personas que enseñen. Otro gallo cantaría si ese taller y ese servicio estuviese en una ciudad grande. Su caso me recuerda al de un artesano de la madera que tiene en Pasto uno de los talleres mejor equipados de Colombia en tallado de madera. Tampoco él ve futuro, y las miles de piezas que conserva, al igual que el gemólogo aragonés, no las quiere nadie.
Han aparecido en escena, también, intermediarios que adquieren posesiones particulares. Conocí hace poco uno de estos personajes en Cantabria. Andaba detrás de cómics, cajas de fósforos y arte experimental para ofrecerlos a distintos interesados. Sin embargo, aquí interviene un factor final que es el nombre. Quienes han poseído un objeto mucho tiempo también tienen derecho a que su nombre aparezca en algún sitio, si ese objeto acaba en un lugar público.
Pero eso no sucede; al igual que en el caso de las viejas casas patrimoniales de una ciudad, las cuales no muestran sus antecedentes. En estas edificaciones, aunque se protejan por la ley de patrimonio y cuando no acaban convertidas en edificios o locales, no queda deja rastro del pasado. Ni un monumento, ni un trozo de muro, ni un portal, ni una placa conmemorativa.
Una última reflexión. Antes de la Era digital, esta labor de preservación de objetos la cumplían en las sociedades los anticuarios, esas tiendas de antigüedades que aún siguen existiendo, aunque muchas no a pie de calle sino en una página web.
El problema de estos anticuarios es que solamente ciertas culturas las valoran como es debido. En Suiza, por ejemplo, hacen parte de las guías turísticas y resulta muy entretenido visitarlos. Es una forma de valorar el pasado que quizás en Colombia, ciudades como Popayán puedan hacer eco. Pero en general las poblaciones colombianas son débiles en ese aspecto.
Es un asunto de transferencia de una edad a otra, de una generación a otra, de una familia a otra. Una transferencia económica, sin duda, pero también cultural. Nuestros padres fueron lo que hicieron y tuvieron, y nosotros somos igual. Es un asunto de formar a las nuevas generaciones en ese concepto.

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