La presidencia del Senado y la vigencia de Maquiavelo

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Las redes sociales por su naturaleza, hacen que los acontecimientos políticos  duren apenas unas horas, pero hay asuntos que deben permanecer mucho más tiempo en la reflexión, y no ser parte de la instantáneas y primarias ideas. La reciente elección de la Presidencia del Senado, por ejemplo, amerita un mayor análisis y comprensión. Bastó una votación para que aparecieran las acusaciones de traición, señalamientos de incoherencia y de condenar alianzas impensables. Para algunos cibernautas, el respaldo de la coalición Pacto Histórico al candidato del Centro Democrático representó una rendición  política, para otros, una jugada maestra para impedir que el candidato de Abelardo se hiciera con la importante presidencia del Congreso. Sin embargo, ambas lecturas tienen un problema en común al partir de  una comprensión moral de la política y no de una comprensión política del poder.

Ese tipo de incomprensiones es una de las mayores dificultades del debate público. Hemos terminado por creer  que la política puede asumirse con las mismas categorías con las que juzgamos la conducta individual o personal. Hablamos de lealtades, traiciones y afinidades como si el Congreso fuera una comunidad de afectos, cuando es de intereses y equilibrios. Es decir, la política al interior del Congreso no se desarrolla en el terreno de las simpatías personales, sino en el de la correlación de fuerzas. Allí radica, precisamente, la vigencia de Nicolás Maquiavelo, y voy a decirlo porque.

Durante siglos se ha hecho un reduccionismo intelectual de Maquiavelo al considerarlo como el filósofo de la astucia y de la inmoralidad. Pocas lecturas han sido tan injustas y distorsionadas. Lo verdaderamente revolucionario de El príncipe consistió en separar la política de las distorsiones morales para estudiarla  en su funcionamiento. Maquiavelo no se preguntó cómo deberían comportarse los gobernantes desde lo ideal, lo que  quiso proponer es la comprensión de cómo actúan cuando el poder está en disputa. Su propósito no fue justificar cualquier conducta, sino explicar la lógica de la acción política. Eso de “El fin justifica los medios” jamás fue mencionado por el filósofo italiano.

¿Entonces, por que lo mencionado por Maquiavelo tiene actualidad? Quien ve en la elección de la Presidencia del Senado únicamente la fotografía de una votación difícilmente entenderá lo ocurrido. Como ya se mencionó, la política en el Congreso nunca ha sido una suma de amistades y enemistades irreconciliables. Es un escenario donde las fuerzas organizan alianzas circunstanciales para impedir que un adversario acumule mayor capacidad de dirección. Una coincidencia táctica no constituye una comunidad ideológica. Confundir este aspecto es desconocer el funcionamiento del parlamentarismo.

Pero Maquiavelo no es suficiente. Otro italiano, Antonio Gramsci comprendía que el poder no consiste en ocupar el gobierno, consiste en construir hegemonía. Gobernar implica orientar instituciones, definir agendas, producir consensos y disputar la dirección intelectual y cultural de una sociedad. Desde esa perspectiva, la Presidencia del Senado no es un acto de protocolo, pasa a convertirse en una posición estratégica dentro del Congreso, pues se  influye en el ritmo de los debates, en la organización de la agenda legislativa y en la representación política de una de las ramas del poder público. Disputar ese espacio no es un asunto menor, es la otra parte de la lucha por la conducción política del país.

Por lo tanto la política no es la producción de sucesos aislados y comienza a revelar una arquitectura más compleja. Cada movimiento de las bancadas responde a una estrategia que solo tiene sentido cuando se observa la totalidad del tablero. Las redes sociales, en cambio, juzgan instantáneas. La teoría política intenta comprender procesos. Allí reside la diferencia entre la indignación inmediata y el análisis. La política es como un tablero de ajedrez. En ese marco de ideas, la discusión no puede girar alrededor de la votación como tal, debe concentrarse en una cuestión mucho más profunda:

¿Qué proyecto político logra ampliar su capacidad de influencia dentro del Estado y cuál tiene límites para hacerlo?

Por lo tanto, reducir lo ocurrido en el Senado a la afirmación de que dos fuerzas políticas “se unieron” es demasiado simplista. O  sea, si se unieron pero la política no puede analizarse como una fotografía congelada. Su verdadera lógica se encuentra en el movimiento y es ese el que hay que detallar. Uribe quiere mantener su hegemonía en la derecha y su herramienta es la bancada en el Congreso, no va permitir que le suceda lo que le pasó con Santos, cuando el expresidente le arrebato esa influencia, por eso manifestó que defenderá su partido. Por otro lado el Pacto Histórico, requiere mostrar distancias con Abelardo y posicionar con vehemencia su oposición.

Cuando las circunstancias cambian, las alianzas tácticas aparecen y desaparecen, pero los proyectos estratégicos permanecen en disputa. Quien pretende interpretar esa dinámica desde la moral termina desconociendo aquello que Maquiavelo, Gramsci y el pensamiento decolonial, cada uno desde su tiempo y su contexto, comprendieron con claridad  qué el poder nunca es un dato, siempre es una relación.

No corresponde a estas líneas definir si la elección de la Presidencia del Senado fue correcta o equivocada. Ese juicio dependerá de las consecuencias de la estrategia política de quienes participaron en ella. Lo que sí puede afirmarse es que el episodio deja una enseñanza enorme. La democracia no solo exige votar, exige comprender cómo se construyen las relaciones de poder dentro de las instituciones. Cuando la ciudadanía pierde esa capacidad de análisis, la política queda reducida al espectáculo de las apariencias. Es decir que las votaciones sean las que sean, en los espacios que sea, son solo una parte de la política, no la totalidad, ni su máxima expresión, son otra expresión más.

Tal vez, la mayor vigencia de Maquiavelo no está en haber enseñado a conquistar el poder, se encuentra en haber advertido que la política no puede comprenderse desde las emociones del momento. Cinco siglos después, el Senado colombiano volvió a recordarlo. Mientras el debate público discutía quién votó a quién, la verdadera disputa seguía ocurriendo donde siempre ha ocurrido, en la permanente construcción, limitación y transformación del poder.

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