Llegué a Pasto sin pensarlo y sin proponérmelo. Después de vivir en Pupiales, Bogotá y Tumaco, creí que sería una ciudad de tránsito. Sin embargo, terminó convirtiéndose en mi hogar.
Descubrí Pasto con los ojos de mi hija: como un lugar para la familia, para respirar aire puro y disfrutar de la tranquilidad y el buen vivir. También descubrí una ciudad del arte, las letras, los libros, el cine, el teatro, la salsa y la conversación intelectual. Una ciudad que camina, que se encuentra en sus espacios públicos y que conserva una enorme riqueza cultural.
Pero Pasto puede ser mucho más. Debemos reconocerla y proyectarla como una ciudad-región: el puente entre el Pacífico, la cordillera, la frontera y la Amazonía. No se trata de imponer la capital sobre los demás municipios, sino de convertirla en una plataforma para visibilizar, integrar y fortalecer todo lo que tiene Nariño.
Pasto puede ser ciudad fronteriza, Pacífica, amazónica, afro, cafetera, panelera, gastronómica y logística. Puede convertirse en vitrina comercial de los excelentes productos del departamento y en punto de encuentro entre sus distintas culturas, territorios y economías.
La gastronomía ya demuestra que esa integración es posible. La cercanía con el mar permite disfrutar de una combinación extraordinaria entre lo andino y lo Pacífico, impulsada por una nueva generación de cocineros con una mentalidad abierta para reconocer lo propio. El consumo de nuestros productos y la valoración de nuestra identidad también son formas de construir región.
Pasto debe entender su papel fronterizo para contribuir al crecimiento de municipios como Ipiales y atraer inversión. Debe reconocerse como ciudad Pacífica y afro, por la presencia de esta población y la riqueza de su cultura. Como ciudad amazónica, necesita asumir una mayor responsabilidad ambiental y comprender la importancia de la biodiversidad. Como ciudad cafetera, debe impulsar los cafés especiales y ayudar a que sus productores generen mayor valor.
Esta visión requiere superar la separación y la especialización excesiva. No podemos continuar actuando de manera aislada. El pensamiento complejo exige una comprensión amplia de la realidad: integrar disciplinas, instituciones, conocimientos y territorios. La especialización, cuando se encierra en sí misma, limita los procesos y excluye otras perspectivas.
El desafío no corresponde únicamente a los gobernantes. Los líderes de Pasto deben trascender la mirada localista y asumir una visión regional. Esto no significa asignarle más obligaciones administrativas al municipio, sino construir redes y ejercer un liderazgo capaz de movilizar los intereses de todo el departamento.
También necesitamos fortalecer la relación entre la técnica y la política. Los equipos de las unidades de trabajo legislativo deberían tener mayor incidencia, formular propuestas y promover líneas de acción para Nariño. La región debe avanzar hacia una tecnocracia propia, entendida como la preparación rigurosa de quienes participan en la administración pública y en la toma de decisiones. Es el momento de profundizar el conocimiento técnico de nuestros servidores públicos.
La Universidad de Nariño constituye otro ejemplo. Aunque desde su fundación, con Julián Bucheli, fue concebida como una institución regional, durante mucho tiempo funcionó en la práctica como una universidad concentrada en Pasto. Por eso deben reconocerse sus esfuerzos recientes de descentralización y su presencia en territorios como Tumaco, Ipiales, Barbacoas y La Unión. La educación en red es indispensable para promover la movilidad social y garantizar el acceso al conocimiento.
El empresariado también debe ampliar su horizonte. Nariño necesita una representación que no se limite a las empresas de Pasto. Un primer paso podría ser un encuentro entre las cámaras de comercio de Pasto, Ipiales y Tumaco para construir una agenda empresarial departamental. La reciente campaña de SOS del sector empresarial fue demasiado limitada: no basta con lanzar un grito de auxilio; es necesario formular propuestas estructurales y de largo plazo.
La responsabilidad, entonces, no recae solamente en el Estado o en los políticos. Deben participar las universidades, los empresarios, las organizaciones sociales, los medios de comunicación y la ciudadanía. Todos tenemos que contribuir a construir una visión regional.
No cuestionamos a Pasto. Cuestionamos la mirada de una élite dirigente que ha considerado al centro como el único espacio importante y ha limitado la proyección de la ciudad. Esa centralidad también se reproduce dentro de Pasto. Por eso resultan valiosos esfuerzos como el de la Biblioteca Pública de Comfamiliar en la comuna cuatro, que descentraliza el acceso a los libros, el conocimiento y las actividades culturales hacia los sectores surorientales.
El espacio no es neutral ni está definitivamente establecido. Es una construcción social y política en permanente disputa. Allí se decide quién accede al conocimiento, a la cultura, a las oportunidades y a los derechos. Por eso necesitamos una mirada incluyente, amplia y regional.
La cultura puede ayudarnos a superar las divisiones. La salsa en Pasto, por ejemplo, ha creado lugares de encuentro capaces de trascender diferencias sociales, políticas y económicas. La música, el baile, el Carnaval, las librerías, la escritura y las distintas formas de comunicación pueden convertirse en instrumentos de integración territorial.
También debemos revisar nuestros liderazgos. Nariño requiere una ciudadanía activa y una dirigencia concentrada más en una agenda temática y en los intereses regionales que en la fidelidad al máximo líder de un partido. Esa obediencia no ha sido garantía de transformación territorial.
La experiencia del proceso de paz territorial lo demuestra. Algunos sectores políticos se pronunciaron cuando el gobierno de Gustavo Petro ya había terminado, después de guardar silencio durante cuatro años frente a un presidente que dejó solo al gobernador y no logró concretar la normatividad necesaria para consolidar el proceso. Fueron cuatro años que no se supieron aprovechar. Cuando la ideología ciega reemplaza a la razón, limita nuestra capacidad de actuar y de cuestionar incluso a quienes consideramos propios.
Escribo estas líneas para dejar una evidencia histórica y contribuir a reconstruir el concepto de liderazgo político y social. Necesitamos confrontar lo que creemos ser con lo que realmente hemos construido y valorado. Nuestra historia no puede comprenderse de manera lineal ni nuestra visión puede seguir siendo limitada.
Requerimos un liderazgo consciente, capaz de acudir a la memoria colectiva de la independencia, la autonomía y el proyecto decimista que permitió la creación del departamento. La transformación de Nariño exige una ruptura mental.
Esa visión también debe reconocer los problemas que enfrenta Pasto. El consumo excesivo de alcohol debe abordarse como un asunto de salud pública. Preocupa su presencia cerca de universidades y centros educativos, así como el consumo de drogas y vapeadores entre los jóvenes. La ciudad necesita una política cultural y preventiva mucho más contundente para enfrentar estas realidades.
Pasto requiere proyectarse, pero también resolver con eficacia sus problemas cotidianos. Es el momento de la capacidad técnica, la gerencia pública y una forma diferente de administrar. No podemos permanecer atrapados en la queja, porque la queja por sí sola no construye.
Solamente cuando asumamos nuestra responsabilidad podremos corregir los errores cometidos. Pasto debe dejar de pensarse exclusivamente como capital y reconocerse como ciudad-región: una ciudad que acoge, conecta, comparte lo aprendido y pone sus capacidades al servicio de todo Nariño.




