Por Luis Efrén Delgado Eraso
Presidente de ASOINAGRO
La actual ola invernal que atraviesa el país, y que golpea con especial fuerza al departamento de Nariño, vuelve a poner sobre la mesa una realidad que el sector agropecuario conoce demasiado bien: el clima se ha convertido en uno de los principales factores de riesgo para la producción de alimentos. Las lluvias persistentes, intensas y mal distribuidas no solo afectan el día a día de las comunidades rurales, sino que generan impactos profundos y estructurales en los sistemas productivos.
En Nariño, donde predomina una agricultura campesina, familiar y de ladera, los efectos de la temporada invernal se sienten con mayor crudeza.
Uno de los primeros impactos es sobre los suelos agrícolas. Técnicamente, la saturación por exceso de agua reduce la oxigenación, limita el desarrollo radicular de los cultivos y favorece procesos de erosión y deslizamientos, especialmente en zonas con pendientes pronunciadas. Esto se traduce en pérdida de fertilidad, arrastre de nutrientes y, en muchos casos, destrucción total de los lotes sembrados.
Los cultivos transitorios como papa, maíz, hortalizas y leguminosas son altamente vulnerables. El exceso de humedad incrementa la incidencia de enfermedades fungosas y bacterianas como tizones, pudriciones y mildeos. Esto no solo eleva los costos de producción por el uso de insumos adicionales, sino que reduce significativamente los rendimientos.
En el caso de frutales, café, cacao y otros cultivos permanentes, el daño puede ser más silencioso, pero igual de grave, ya que afecta directamente la floración y, con ella, la producción futura.
La infraestructura rural también sufre. Las vías terciarias en mal estado, puentes improvisados y caminos veredales deteriorados dificultan el transporte de insumos y la salida de los productos hacia los mercados. El resultado: cosechas perdidas, alimentos más caros y menor rentabilidad para el productor, que ya trabaja con márgenes muy estrechos.
La ganadería no escapa a esta realidad. Las lluvias prolongadas deterioran los pastos, incrementan la presencia de parásitos y enfermedades, y generan altos niveles de estrés en los animales. Además, las inundaciones en zonas bajas reducen la disponibilidad de forraje y afectan la calidad del agua para el consumo animal.
Pero quizá uno de los efectos más preocupantes es el impacto sobre la seguridad alimentaria. Cuando el pequeño productor pierde su cosecha, no solo se afecta su ingreso, sino también el abastecimiento local de alimentos. En un departamento que aporta de manera significativa a la despensa agrícola del sur del país, estas pérdidas se reflejan en los precios y en la disponibilidad de productos básicos para las familias.
La ola invernal no debe verse solo como una emergencia pasajera, sino como un llamado urgente a adaptar el agro al cambio climático. Es necesario fortalecer la planificación de las siembras, mejorar el manejo de suelos y drenajes, promover prácticas agroecológicas, asegurar el mantenimiento de la infraestructura rural y, sobre todo —como siempre lo hemos manifestado desde ASOINAGRO—, garantizar al pequeño y mediano productor una asistencia técnica pertinente, frecuente y de calidad.
El agro nariñense ha demostrado históricamente su capacidad de resistencia. Sin embargo, resistir no puede seguir siendo sinónimo de “aguantar solo”. La lluvia seguirá cayendo, sí, pero la gran pregunta es si estamos preparados para que, en lugar de destruir, también pueda convertirse en una oportunidad para transformar y fortalecer nuestro campo.




