Música y política

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Pasó el Super Bowl y pasaron Charlie Puth y Bad Bunny en el Levi’s Stadium con actuaciones que tocaron de diferentes maneras el tema político. El uno desde la música y el otro desde la actuación. El primero ofreció una impactante interpretación vocal del himno de Estados Unidos antes del partido, y el segundo acudió a una puesta en escena altamente llamativa en el intermedio del juego.
Puth es de New Jersey, tiene 34 años, es cantante y pianista, estudió música sinfónica y jazz, pero se ha dedicado al Pop y al R&B, siendo compositor y productor. Y es, como todos los artistas de hoy, una personalidad con millones de seguidores en YouTube y TikTok.
Bunny es de Bayamón, tiene 31 años, es cantante, no estudió música, y se ha dedicado al Reggaetón, el Trap y el Urban con diversas variaciones. Es un Influencer en toda regla. La revista Time lo incluyó en su lista de personalidades más influyentes del mundo y a nivel latino es el “No Va Más” en imagen.
Dicho esto, veamos lo que sucedió. Decía Taylor Swift que “la interpretación de Charlie del Himno Nacional está entre las mejores de todos los tiempos”. Y explicaba César Muñoz (La Cata Musical), que “cuando Charlie Puth cantó el himno de los Estados Unidos, lo convirtió en una masterclass de música… En vez de irse por la típica versión gritona y patriótica, Puth lo llevó todo al terreno íntimo, logrando una lectura sofisticada de una canción que casi siempre se canta en piloto automático”. Muñoz hablaba de algunos momentos altamente emocionales en esta interpretación de un himno, un tipo de música que suele ser asumido como plano, pero que en su caso “logra un segundo clímax por acumulación emocional, renunciando a la pirotecnia efectista para bajar el volumen y obligarnos a escuchar”.
El himno de Estados Unidos siempre ha sido visto de manera dual. Por un lado, es el culmen de la exaltación del patriotismo y el nacionalismo norteamericano. Un orgullo para quienes lo cantan. Por otro, es la representación de un poder imperial sobre Estados más débiles económicamente. En otras palabras, importa más su connotación y simbología que la propia música. Un himno es un una marcha o fanfarria de tono solemne pensada para el júbilo. Por eso es fácil de aprender. Sólo hay que memorizar sus estrofas.
La relación política y música comienza en los himnos. Dice el profesor Juan José Carreras que en un himno está el “poderosísimo efecto de identificación que tiene la práctica del canto en común al unísono de las distintas estrofas o del estribillo de una canción”. Por eso, porque se le ha enseñado a la gente desde la niñez a cantarlos, que resulta tan llamativo como Charlie Puth deconstruyó el estadounidense. Un muestra de que al interior del arte hay subversión, que es también arte en si misma.
Ahora miremos lo que se dijo sobre la actuación de Bad Bunny. Muchísimos elogios, interminables, todos provenientes desde distintos universos: la cultura, el arte, la religión, la publicidad, la industria y, como, la política. Todo el mundo alaba la actuación, y es innegable que la escenificación de la campiña puertorriqueña y la cultura jíbara, que iba desde la caña de azúcar hasta La Casita y el carrito de piraguas, fue brillante. Por igual, las actuaciones de Los Pleneros de la Cresta y la orquesta Los Sobrinos, que acompañaron a Lady Gaga.
Era lo que se esperaba de un show, porque es uno de los eventos deportivos más mediáticos del mundo. La Super Bowl la ven 100 millones de personas en el mundo. El espectáculo tiene que ser impactante visualmente y cada año diferente. En ese sentido sólo está por detrás de la inauguración de los Juegos Olímpicos de verano, que tiene una audiencia de 5.000 millones; o que la inauguración del Mundial de Fútbol, que la ven 6.000 millones. Y ya sabemos: en los Olímpicos en Paris, el show tuvo al río Sena como escenario de actuaciones diversas, a cual más llamativa: Y el Mundial de Qatar fue un show de luces delirante.
Pero entonces, ¿dónde está lo político en todo esto? En su relación con las circunstancias actuales. En el himno de Charlie Puth hay un orgullo nacional y en el espectáculo de Bad Bunny subyace el tema de las deportaciones masivas ordenadas por la Administración Trump.
A lo anterior se suma el nacionalismo puertorriqueño desde que es Estado Libre Asociado, lo que ha sido una constante en la música desde hace un siglo. Manuel “Canario” Jiménez, pionero de los músicos jíbaros en Nueva York, tenía entre sus canciones de los años 20 la plena “Independencia o Estatidad”. Más adelante el Conjunto Típico de Ladí Martínez cantaba “Ser Boricua es un Honor”; Flor Morales “Ramito” entonaba “Amor y Patria”. Pasados los años Ángela Meyer “Chianita” entonaba “Chianita Gobernadora”, y Pedro Ortiz “Davilita” publicó el álbum “Los Patriota” junto al irreductible Daniel Santos.
Estos cantos se vieron multiplicados entre finales de los años 60 y comienzos de los 70, cuando una especie de fiebre revolucionaria invadió América Latina y apareció la llamada Nueva Canción. Toda una generación llenó Puerto Rico de cantos sociales en las voces de Tony Croatto, Roy Brown, Alberto Carrión y varios más. Luego fue todo más subliminal, con el tema independentista expuesto en canciones de salsa y de ritmos folclóricos como la bomba y la plena. Así hasta llegada de una nueva generación de cantautores como el dúo Buscabulla o hip-hoperos como Residente ya en el siglo XXI.
Es decir, la reivindicación puertorriqueña siempre ha estado presente. La lucha por los derechos es una constante y ante todo, la necesidad perémne de visibilidad. De 1981 data el enfado de Izzy Sanabria y los redactores del magazine Latin New York por el desprecio con que el senador demócrata de entonces, Larry McDonald, trató a una leyenda de la música latina como Frank Grillo “Machito” y al documentalista Carlos Ortiz.
Hoy la pelea es contra los republicanos, porque la política tiene un vaivén constante y no hay verdades absolutas a su alrededor. El propio Trump es bien visto por haber apresado al dictador Nicolás Maduro, pero es mal visto por las ignominiosas deportaciones. No hay manera de que todo el mundo esté de acuerdo.
Y la música sintetiza ese caudal de emociones. Siempre lo ha hecho. Cuba y Brasil, por ejemplo, son países tremendamente musicales que han vivido debates sobre las dictaduras dentro y fuera de la música. La defensa del castrismo de Silvio Rodríguez contrastó siempre con el rechazo irrestricto de la mismísima Celia Cruz. Las canciones desafiantes de Caetano Veloso (“É Proibido Proibir”) contrastan con las exaltaciones patrióticas de Miguel Gustavo (“Pra Frente, Brasil”).
Bad Bunny sin ser músico, o por lo menos sin ser un buen músico, supo rescatar esa tradición de rebeldía narrativa y sonora en su show de la Super Bowl, en gran medida porque esa rebeldía está en el ADN. Si haces una puesta en escena como ésta, llamas la atención por el simple sentido de asociación. Sin embargo, esto no quiere decir que todos los puertorriqueños sean independentistas. Hay muchísimos que no se sienten representados por tal sentimiento.
La relación música y política tiene un referente muy conocido, que ha influido y validado lo sucedido con Bad Bunny: Rubén Blades. Para Blades es inevitable el tema político tanto dentro como fuera de la música.
Un ejemplo de Dentro es cuando en 1982 publicó junto a Willie Colón el álbum “Canciones del Solar de los Aburridos”. Allí incluía el tema “Tiburón”. El disco fue un éxito en toda América Latina, pero la canción no tuvo mucho eco porque era una forma metafórica de hablar de la política intervencionista de Washington. Los programadores de las emisoras de radio, en su mayoría, prefirieron evitarla.
Y un ejemplo de Fuera es cuando en 1980 en la famosa discoteca Studio 54, Willie Colón y Rubén Blades anunciaron el álbum “Maestra Vida”. Como estaban en plenas elecciones presidenciales (Ronald Reagan contra Jimmy Carter), Blades cogió el micrófono e hizo arenga pro Carter: “Si quieren dar pasos de gigante para los latinos, todos deberían registrarse y votar”. Blades no puede evitar estas cosas. Es superior a sus fuerzas.
En fin, música y política llevan muchos relacionándose en todos los escenarios posibles, y los artistas pueden ser condescendientes o combativos. Y no es necesariamente malo ser condescendiente si la administración de turno lo hace bien. Pero si lo hace mal es normal que surjan voces como las de Patti Smith, Bob Dylan o Angela Davis. O movimientos como el punk británico de los años 70.
Pero hay que entender una cosa. No se puede sacrificar la música en aras de un mensaje político, porque la música es arte, y el arte prevalece por encima de una administración pública. Quiero decir con esto que no tiene ninguna razón de ser que se afirme: “¿qué importa que Bad Bunny sea mal músico si iba contra Trump?”.
No, lo uno no quita lo otro. Bad Bunny tiene deficiencias creativas profundas, no tiene ni la formación ni el talento, pero es un gran influencer, un hombre de medios, de imagen y de espectáculo. Y el espectáculo como tal fue bueno. Que este show sea interpretado como una respuesta a una mala política eso ya es otra cosa.
El que sí es un gran músico es Charlie Puth y reinterpretar de esa manera el himno de Estados Unidos, sacándolo de su lecho de bienestar, es toda una declaración de principios y de crítica social… siempre desde el arte.

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