En Pupiales hay nombres que no necesitan presentación porque viven en la memoria de todos. Efraín Arteaga, para muchos “Canocho”, es uno de ellos. Su historia no está escrita en grandes titulares: está revelada en silencio, fotografía por fotografía, como quien va armando con paciencia el álbum íntimo de un pueblo que aprendió a mirarse a sí mismo a través de un lente.
Dicen que todo empezó cuando su primo Hermógenes Orbes le vendió su primera cámara, cuando Efraín tenía 25 años. Y como empiezan las vocaciones verdaderas: con curiosidad, con terquedad bonita y con ganas de aprender hasta el último detalle. Preguntó, insistió, se equivocó, dañó papel, rollos… incluso cámaras. Pero nunca soltó el impulso de entender la luz, el encuadre y el instante. Ese oficio, que al comienzo era pura intuición y ensayo, terminó convirtiéndose en una misión: ser testigo. Y no de cualquier cosa, sino de lo fundamental. De aquello que un día se va… si nadie lo guarda.
Por eso hoy, cuando Pupiales se reconoce como la “Cuna del Pensamiento”, buena parte de ese título también se explica con imágenes. Efraín Arteaga es ampliamente reconocido como el primer fotógrafo de la localidad, y su “lente agudo” ha capturado durante décadas las escenas que hoy conforman un archivo documental invaluable: desde ritos religiosos y celebraciones populares, hasta la transformación urbana del municipio, los rostros de generaciones enteras, los momentos que marcaron época y las huellas de una identidad que no cabe en palabras.
Su cámara fue más que una herramienta: fue un puente generacional. Muchos jóvenes conocieron la historia del pueblo no por libros, sino por la fuerza de esas fotografías que hablan solas: un Pupiales de calles distintas, de miradas más jóvenes, de tradiciones que cambiaron de forma pero no de alma. En cada imagen, Canocho dejó algo más que registro: dejó sentimiento. Por eso el homenaje a Arteaga no lo celebra solo como técnico de la imagen, sino como lo que realmente ha sido: un guardián de la memoria colectiva, un intérprete del sentir pupialeño.
Pero Canocho no fue solamente el hombre de la cámara. También fue —y es— un personaje de conversación larga y risa fácil. Mario Cepeda, director de Página 10, lo dice con la claridad de quien tuvo el privilegio de escucharlo muchas veces: Efraín, líder político de izquierda, siempre veló por los intereses generales; lector permanente, contertulio fascinante, conocedor de la realidad internacional y nacional, “un hombre de mundo”, crítico y profundamente gracioso. De esos que dejan una frase oportuna, un comentario chispeante, un humor fino para desarmar la solemnidad y recordarnos que la vida también se piensa con alegría.
Efraín también fue de los que recorrieron el territorio con el cuerpo: bicicleta en mano, de Pupiales a Ipiales, amante del pedal como quien entiende que la libertad también tiene ruedas. Y con la misma pasión con la que miraba por el visor, miraba la historia: admirador de las figuras arqueológicas de Miraflores, curioso de lo antiguo, respetuoso del pasado, convencido de que un pueblo que no conoce su memoria camina a ciegas.
Y hay otra dimensión de Canocho que quienes lo conocen de verdad siempre ponen primero: la familia. Efraín Arteaga ha sido, ante todo, un hombre de casa, profundamente comprometido con su esposa Nelly, con sus hijas María Patricia y Anita, y con sus nietos, a quienes ha acompañado con esa mezcla suya de firmeza tranquila y ternura sin alardes. Un hombre que podía ser “de mundo” por lo leído, lo pensado y lo conversado, pero que nunca dejó de ser de barrio, de vecinos, de saludo cotidiano y puerta abierta. Entregado y de diálogo, de libertad y de afectos, de compartir y de calle: de esos que entienden que la vida pública solo tiene sentido si está sostenida por una vida íntima llena de lealtad, presencia y amor.
Hoy, cuando se habla de él, una frase resume todo: Efraín ya hizo historia y es historia. La contó con imágenes, fue un adelantado en su pueblo y, de algún modo, es reflejo vivo de ese nombre que Pupiales se ganó: la Cuna del Pensamiento. Porque pensar también es recordar; y recordar, muchas veces, empieza por una fotografía.
Mario Cepeda lo cierra con gratitud sencilla, de la que no necesita adornos: “Gracias por el tiempo compartido, por creer en el futuro y por el cariño que siempre se manifestó”.
Y sí, Canocho: gracias.
Gracias por cada instante salvado del olvido.
Gracias por mirar a Pupiales con amor y dejarle al pueblo, como herencia, su propia imagen.




