¿AICO charista: la pérdida de sentido del partido de la Pachamama?

159 visitas

Compartir artículo en:

En el relato fundacional de AICO —Movimiento de Autoridades Indígenas de Colombia— hay una promesa que suena a mandato: territorialidad, autonomía, identidad, historia propia, participación, diversidad e interculturalidad. Así se presenta el partido que nació de la lucha por la tierra y la defensa de los derechos de los pueblos indígenas, reconocido como colectividad política desde 1991.

Pero la política, dicen en los corredores del poder, termina revelando el verdadero rostro de las personas… y también de los partidos. Y hoy, AICO enfrenta una pregunta que retumba más fuerte que cualquier consigna: ¿en qué momento el partido de la Pachamama empezó a parecerse a un “partido bisagra”, capaz de avalar proyectos tan distantes entre sí como un aliado del charismo en el Caribe y, al mismo tiempo, la aspiración presidencial de Daniel Quintero?

Del bastón de mando a la maquinaria: el aval que encendió las alarmas

La señal más reciente la dio el propio pulso electoral. En Atlántico, Rubén Marino Borje —presentado como candidato al Senado por AICO— intensificó su agenda con recorridos casa a casa en barrios del suroriente de Barranquilla como Rebolo, La Chinita y La Luz, y anunció un encuentro político en Palmar de Varela.

Hasta ahí, un libreto clásico de campaña. Lo que sacudió el debate fue el rótulo que lo acompaña: “aliado Char”. La Silla Vacía lo presentó públicamente como expresidente del Concejo de Barranquilla y aliado del grupo Char, en una transmisión/espacio informativo de la revista.

En otras palabras: el partido que se define por la autonomía de los pueblos indígenas aparece ahora entregando aval a una figura asociada —según ese reporte— al charismo, el poder político tradicional del Caribe.

Y también Quintero: el “bandazo” que abrió la grieta

La segunda ficha del dominó cayó en Pasto, cuando AICO otorgó aval a Daniel Quintero para su aspiración presidencial de 2026, hecho registrado por medios nacionales.

Ese movimiento no solo agitó la conversación nacional: activó inconformidades dentro del propio mundo indígena, incluyendo un pronunciamiento crítico desde el Resguardo Indígena Refugio del Sol (El Encano, Nariño), que cuestionó el procedimiento y aseguró que la decisión no habría sido consultada con las autoridades filiales, según reportes de prensa.

Ahí aparece el síntoma más delicado: la división interna. Ya no es solo una polémica “por fuera”; es un ruido que sale desde adentro, desde los territorios.

¿Por qué lo hizo AICO? Tres hipótesis que se escuchan en el tablero

Nadie firma en público una confesión de cálculo político, pero el patrón permite leer intereses posibles:

  1. Supervivencia y músculo electoral: en un sistema donde los partidos pequeños necesitan votos, visibilidad y estructura, los avales a figuras con base electoral —en regiones donde AICO no es fuerte— pueden funcionar como atajo para ampliar alcance. (Es una inferencia a partir de la lógica electoral; no una afirmación documental).

  2. Negociación de poder: los avales pueden abrir puertas a acuerdos programáticos, burocráticos o coaliciones futuras. En el caso Quintero, algunos medios reportaron que su aterrizaje en AICO tuvo mediaciones políticas y movidas de alianzas en el espectro de la izquierda y el “frente amplio”.

  3. Transformación de identidad: cuando una colectividad pasa de ser principalmente un vehículo de representación indígena a convertirse —de facto— en plataforma para candidaturas externas, el sentido se desplaza: del mandato territorial a la lógica del aval.

¿Qué se juega en el fondo?

Para Nariño, el asunto no es menor. AICO no es cualquier sigla: es una historia política conectada a luchas concretas y a una idea de país pluriétnico.
Por eso el debate no se reduce a “si gusta o no” Rubén Marino o Daniel Quintero. La pregunta de fondo es otra:

¿AICO está usando avales “prestados” para ganar poder, o está prestando su nombre —y su legado— para que otros ganen poder?

El riesgo: que la Pachamama quede como eslogan

Cuando un partido se define por la autonomía y termina avalando figuras asociadas a maquinarias regionales —y, al mismo tiempo, apuestas presidenciales controvertidas—, el costo no siempre se mide en votos: se mide en credibilidad, en unidad interna, en coherencia histórica.

Y ahí, en esa grieta, nace el título que ya circula en voz baja y en voz alta:

“AICO charista: la pérdida del sentido del partido de la Pachamama”

Comentarios de Facebook

SOBRE EL AUTOR

Compartir en:

NOTICIAS RECIENTES