La pérdida de color

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Por: José Arteaga
(X-Twitter: @jdjarteaga)
“El mundo está lleno de colores, mágico mundo de colores”, decía la canción del programa de televisión “El Maravilloso Mundo de Disney”, que los niños de mi generación veíamos los sábados en la tarde. El color en aquellos años era parte de nuestra vida. Los juguetes eran coloridos, por supuesto, pero cuando crecíamos los objetos cotidianos seguían siéndolo. No había un estándar para la creación, el diseño y la producción. Existían miles de prendas de vestuario con, incluso, combinaciones chillonas. Así mismo, cualquier fotografía de la época (años 70 y 80) nos deja ver calles llenas de carros de todos los colores.
Sin embargo, algo pasó y eso ya no existe, al menos de forma perceptible a simple vista. Nos hemos acostumbrado a la estandarización y lo esto pasa por una reducción del Pantone que en su tiempo marcó tendencia (¿recuerdan las campañas de Benetton?). Raquel Pico, de la revista Ethic, lo resume así: “A diferencia de hace 200 años, hoy muchas más cosas son blancas, negras o grises, condenándonos a vivir en una paleta de colores neutros”.
Es un asunto, sin duda, curioso y viene de lejos. Hace unos años un grupo de investigadores de la Science Museum Group Collection estudiaron los fondos de varios museos de Londres, comparando el uso del color a través de las diferentes épocas expuestas. Así descubrieron que en 1800, solo el 8% de los objetos eran grises o negros; en 2020 el porcentaje había subido al 40%. Y lo mismo con el blanco. En 1800 se usaba un 15% y ahora es un 60%.
Suena muy general, ¿verdad? Pero miremos el caso de un objeto concreto: el teléfono. “Los teléfonos fueron en sus primeros tiempos de colores sobrios, como negro o plateado, pero se volvieron pop y coloridos en los años 60, 70 y 80. Ahora han vuelto a lo gris y lo neutro”. EN el caso de los automóviles, más de lo mismo. A finales del siglo XX el 40% eran negros, grises o blancos. Ahora esas gamas neutras alcanzan el 70%.
Steve Jobs creo una forma de comunicación a través de Mac y iPhone, pero también un estilo estético basado en el metal, en lo oscuro, en los tonos planos, en la ausencia de brillo y en lo que él denominaba sobriedad.
Rame Cabrera, de la Esquire, afirma que el asunto va más allá que una proporción cromática. “Estudios de tendencias y comportamiento visual muestran que, desde 2010, los colores brillantes han disminuido drásticamente en casi todas las industrias. El mundo se está desaturando. Y esa tendencia, lejos de ser superficial, refleja las tensiones sociales, económicas y digitales del presente”.
Esquire afirma que este fenómeno abarca desde los empaques de los alimentos hasta las páginas web y los uniformes corporativos. En decoración, las plataformas Pinterest y Etsy muestran un dominio absoluto de las paletas Greige (gris + beige), Stone y Off-white.
En esto interviene el auge del estilo escandinavo. En AD Magazine se cuenta la historia de la filósofa y escritora Ellen Key, “quien puso sobre la mesa la idea de que la belleza debía formar parte del día a día. Con este pensamiento, simple en apariencia, el esbozo del diseño democrático nació en las zonas escandinavas, como Finlandia, Noruega, Dinamarca y Suecia”. Esta filosofía la aplicaron empresas como IKEA, que son las que marcan la tendencia en la decoración gracias a sus sistemas modulares y de ensamblaje fácil y barato. La teoría es que “cuando las temperaturas descienden, los hogares demandan decoraciones que generen protección… Todo espacio que se vista con la tendencia nórdica se transforma en un remanso luminoso donde impera el orden y la amplitud”.
También ha intervenido el japandi (que une la armonía zen japonesa y la calidez escandinava) El japandi apuesta por la naturaleza y el refinamiento, de modo que el color se acomoda al ambiente sin imponerse. “El blanco es símbolo de pureza, el gris de modernidad, el beige de calidez”.
Pero eso explicaría el diseño interior, no lo demás de este fenómeno. Y en tal sentido, no es coincidencia que todo aparezca en los últimos 20 años, o sea en el siglo XXI dominado por la tecnología. Nuestra vida ha dejado de ser exclusivamente tangible para ser digital. Todos tenemos un Avatar en redes, todos funcionamos a través de pantallas y dispositivos que han aumentado el tiempo de exposición de nuestros ojos, generando fatiga visual.
Los diseñadores informáticos determinaron en Silicon Valley y otros centros de desarrollo, que era muy importante reducir el ruido visual. Y no es sólo una cuestión médica, sino también de negocio. Si usas en demasía los colores intensos, hay fatiga y tiendes a desconectar antes tu pantalla. Así que esos colores como gancho publicitario han pasado a ser terreno exclusivo de las páginas de Internet, pero no de la vida diaria.
Fíjense en las luces de neón, cada vez menos presentes. Fíjense en la fosforescencia, ausente en las ciudades. Vemos, en cambio, que los supermercados han seguido el impulso de Lidl y las marcas blancas, eliminando la sobreexposición de marcas diferentes y dando una sensación de almacén más que de tienda. O los Bakerys, cadenas de cafeterías y panaderías cuya apariencia está marcada por la pintura blanca con línea de madera negra.
En cuanto a la ropa, remontémonos a ejemplos que todos conocemos: los vídeos musicales de los años 80, caso Olivia Newton John en “Physical” enfundada en un traje de Aerobics; o Menudo cantando “Súbete a mi moto”, cada uno con un color distinto. ¿Y se acuerdan de los Power Rangers y sus atuendos hipertiroidismo-llamativos?
Es verdad que las modas cambian y que esto puede ser el resultado de un cambio estético generalizado, pero también a que hay dinámicas en la sociedad que obligan a mirar las cosas con menos brillo. Esto se resume en la Teoría de los Tres Colores, una fórmula básica que consiste en: 60% de un tono dominante, 30% de un tono secundario y 10% de un color variado.
El mundo de la moda lo aplica en toda su extensión. El mejor ejemplo es de la cadena española de ropa ZARA. Difícil encontrar ropa que vaya más allá de esa teoría. Y a eso se suma que durante la pandemia se impuso el Quiet Luxury, un tipo de consumo que, según la Universidad ESIC, se centra en la piezas de alta calidad y diseño atemporal, sin logotipos visibles ni elementos ostentosos.
Llevado por eso, “la industria regresó a la discreción. El lujo dejó de asociarse al brillo y volvió a la sobriedad. Esa estética también permeó las marcas accesibles, que entendieron que el consumidor valora más la sensación de calma que la saturación visual”.
Dicho esto entramos en la parte psicológica. Dicen los estudios que la sociedad se ha vuelto minimalista porque los materiales son costosos y la decoración es un lujo. Pero que eso al mismo tiempo garantiza serenidad y durabilidad. “El gris, el blanco y el beige no cansan, no gritan, no cambian de moda. Representan una búsqueda de permanencia en tiempos inestables”.
Es entendible, pero ¿eso está bien? Los colores neutros pueden dar paz, pero también aletargan; la simplicidad puede ser sinónimo de eficiencia, pero también de poco esfuerzo. Además, eso bien podría confundirse con uniformar a la sociedad, con homogeneizar la identidad, haciendo que no hayan focos de color o dispersión.
En otras palabras, lo que para unos es equilibrio, anonimato y seguridad, para otros es apagar, deslucir, impedir. Es verdad que venimos de una época de saturación de color y que estamos atravesando otra moda, y hemos dejado que el gris represente el nuevo anonimato estético.
¿Es posible revertir una situación que Apple, IKEA, ZARA y las mayores compañías del mundo han normalizado?
Pues si que es posible porque hablamos de un idioma visual previsible y uniforme. Pero debajo subyace una capa de color, natural y elocuente, sinónimo de vida y diversidad, como las casas de Cartagena o de Oaxaca, o las casas de las favelas de São Paulo.
Hace unos años mencionaba en esta columna la idea de Gabriel Salas Troya, quien hablaba de las favelas diciendo: “que diferente fuera si estas paredes estuvieran pintadas en los barrios orientales de Pasto, que miran en estas lomas desde el centro de la ciudad. Mejorarían la imagen de la ciudad y de sus barrios”.
Cuando lo dijo yo pensé, ingenuo de mí, que eso desataría una catarata de ideas sobre el desarrollo social sostenible de aquel paisaje urbano. Pero no. Lo atacaron, le dijeron que era una tontería, que esa gente no necesita colores, que primero hay que resolver los problemas de fondo, que pintar una casa es facilitar la labor policial… En fin, que más le hubiera valido al pobre Salas Troya no haber publicado “semejante barbaridad”.
Vivimos inmersos en la comodidad de ese colorido gris que nos garantiza anonimato y nos permite lanzar piedras a cualquier idea diferente que veamos por el camino. Y esa comodidad se ha transformado en rechazo a lo nuevo. Hay que impedirlo. El color es tan esencial como lo demuestran los atuendos de las comparsas de carnaval, como lo ha dado a conocer en el mundo Dayra Benavides. No hay que dejar que se apague el brillo, aunque sea en nuestra región.

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