Por: Tirso Benavides Benavides
Ver a Iván Cepeda en la arena pública es enfrentarse con un liderazgo que contrasta. En un país donde la política se ejerce a punta de decibeles estridentes y adjetivos incendiarios, el candidato opera en una frecuencia distinta. Sus sencillas camisas de cuello Mao, su tono de voz pausado y esa parsimonia propia de un filósofo configuran un talante sereno que esconde, bajo una superficie apacible, una de las voluntades más de fondo del tablero político nacional. Hoy, tras haber transitado por el Congreso, Cepeda está cerca de dar salto definitivo: presidir el mismo Estado que, a través de alianzas criminales de sus agentes, mató a su padre y se encargó de perseguir y exterminar a todo un sector político.
El carácter de víctima no admite matices ni sospechas retóricas. Cepeda es la encarnación de las miles de víctimas que padecieron la sevicia de la violencia política de aquellas décadas cruentas. Su figura simboliza de manera clara el exterminio de la Unión Patriótica, un genocidio político sistemático que cobró la vida de miles de militantes, ejecutado bajo un plan criminal que buscó arrancar de raíz una alternativa de poder.
El asesinato de su padre, el senador Manuel Cepeda Vargas, no es un debate abierto, es un Crimen de Estado ratificado por tribunales internacionales como la Corte Interamericana de Derechos Humanos, que obligó a las propias instituciones colombianas a pedir un perdón público que pronunció Germán Vargas Lleras cuando era vicepresidente. La verdadera grandeza y el punto central de su candidatura no radica únicamente en su condición de heredero de ese dolor masivo, sino en lo que decidió hacer con él, en lugar de buscar la demolición del sistema o la venganza, Cepeda pretende ahora administrar el Estado para salvarlo a través del derecho y la palabra.
Es imposible descifrar a Cepeda sin transitar por el peso de sus muertos, las coordenadas que moldearon su infancia y su posterior exilio en Europa. De allí proviene esa seriedad que algunos confunden con amargura, pero que en realidad es el rictus del sobreviviente que convirtió el duelo personal en una misión de darle voz a otras víctimas del conflicto colombiano.
Existe un cordón familiar, casi que umbilicar, que une al senador con el suroccidente colombiano, un territorio que conoce bien los rigores del sectarismo y el abandono centralista. Buena parte de su familia vive en Popayán. Su vínculo con Nariño se corporiza el legado vivo de su tía, la Dra. Estella Cepeda, una reconocida médica patóloga que no solo ha aportado a la salud regional desde la rigurosidad de su práctica científica, sino que ejerce como una veedora constante, incómoda y siempre aportante en los asuntos públicos de la región. Esa herencia del sur, el control ciudadano y la ciencia al servicio de la periferia, le otorga a su proyecto de país un anclaje territorial que va más allá de las discusiones teóricas en los cafés de la capital.
El método dialogante frente a la amenaza de la fuerza
En esta campaña presidencial, los contrastes de estilo y fondo son brutales. En la otra orilla del espectro político se erige la figura de Abelardo de la Espriella, cuyo proyecto de poder se fundamenta en la retórica de la confrontación radical, la estigmatización y la promesa abierta de persecución y cárcel para sus opositores. Frente a ese mesianismo punitivo que amenaza con desarticular cualquier disidencia, el método de Cepeda brilla por su civilismo. Mientras su rival promete “destripar” al contrario, él propone el diálogo como única salida institucional viable.
La verdadera política no es la eliminación del enemigo, sino la capacidad de sentarse a pactar reglas de juego comunes con quien representa tu perfecta antípoda ideológica. La prueba reina de esta decencia metodológica la ha dado José Félix Lafaurie. Que el presidente del gremio ganadero, símbolo indiscutible de la derecha terrateniente y esposo de María Fernanda Cabal, reconozca públicamente la seriedad, caballerosidad y capacidad de Cepeda para trabajar con quienes piensan radicalmente distinto, desbarata cualquier intento de caricaturizarlo como un sectario. Cepeda no necesita gritar ni amenazar con el banquillo de los acusados para mantener firmes sus principios. Opera bajo la lógica del respeto mutuo.
Paradójicamente, el gran lastre de su aspiración en la presente contienda electoral no proviene de sus contradictores tradicionales, sino de sus propias filas. El error estratégico de Cepeda en esta campaña ha sido no distanciarse de manera más clara y tajante del presidente Gustavo Petro. Al mantener una excesiva prudencia frente a los desatinos de la actual administración, el senador permite que sus rivales lo empaqueten en el mismo saco del desgaste gubernamental.
Es una injusticia analítica, por supuesto. Para quienes analizan cómo se mueve el poder sin apasionamientos, es evidente que Iván Cepeda es una persona muy diferente al actual e imprevisible mandatario. Frente al carácter volátil, las rupturas intempestivas y la improvisación que por momentos caracteriza el estilo de Petro, Iván Cepeda ofrece previsibilidad, rigor técnico, respeto irrestricto por las formas jurídicas y una paciencia de orfebre institucional. El actual presidente prefiere el choque desde el balcón o la trinchera digital, Cepeda, en cambio, cree en la solidez de las palabras consignadas en un papel.
Frente al abismo de una política que promete el arrasamiento del contrario, la candidatura de Iván Cepeda le plantea al país una pregunta de fondo. Si un hombre que vio el carro de su padre tiroteado y que padeció la persecución de los aparatos oficiales es capaz de sentarse a concertar con sus opositores históricos, ¿por qué el resto del país tendría que seguir condenado a la lógica de la aniquilación mutua?
Su gran reto a horas de que se abran las urnas será demostrarle a los colombianos que su proyecto no es la prolongación del desorden actual, sino la posibilidad de un cambio conducido por las vías de la sensatez, la decencia y la palabra empeñada. En sus manos está la tarea de sacudirse la sombra de la Casa de Nariño para demostrar que, efectivamente, la moderación también puede gobernar. ¡Sí se puede!




