Potencia deportiva

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Por: José Arteaga
(X-Twitter: @jdjarteaga)
Se juega el Mundial de Fútbol y comienza el Tour de Francia, dos eventos mayúsculos que ameritan tocar el tema del papel de Colombia en la élite del deporte profesional y amateur, de campeonatos, torneos, competencias y juegos.
¿Qué debe hacer Colombia para convertirse en una potencia deportiva? Bueno, primero habría que establecer qué significa ser potencia. Olímpica, desde luego, no; panamericana, quizás, pero dependiendo de la disciplina deportiva. De modo que eso lo marca su alcance y a éste el trabajo al interior del país; y este último factor, depende de la relación entre deporte y sociedad.
Se suele argumentar que Colombia es uno de los países con mayor desigualdad social del planeta. Y aunque esto sea cierto según el Coeficiente de GINI (que, por cierto, no mide 50 países potencialmente más desiguales), el medallero olímpico histórico ubica a nuestro país en el quinto lugar en Latinoamérica. Lo supera Brasil, otro país con una altísima desigualdad social.
Pero claro, estas mediciones dependen del momento que vive cada país. Tomemos en caso de Cuba, convertida en potencia atlética a partir de 1968. Su Top se dio en los Juegos de Pekín en 2008 y a partir de ahí empezó su declive. El deporte dejó de ser un Plus para la imagen de la isla, muchos deportistas de élite huyeron de allí, el presupuesto se redujo y la estructura general quedó obsoleta.
Eso da a entender que el presupuesto de un Estado para el deporte puede ser una moneda de dos caras. Si hay suficiente dinero y se invierte en escuelas deportivas, está bien; pero si hay una crisis económica y/o una devaluación monetaria, los recortes estatales se harán en el deporte, al no considerarse como producto de primera necesidad y atención.
Hay una presumible respuesta frente a ello: establecer por ley que los presupuestos del deporte sean intocables si van a menos, o que se mantengan más allá de los cambios de Gobierno. Pero los mandatarios entrantes no suelen ver con buenos ojos los logros de los mandatarios salientes, y por eso los presupuestos suelen partir de cero una y otra vez, cada cuatro años.
Anclar el futuro del deporte al presupuesto que le destina un Estado es muy peligroso, porque si hay una reducción, el ente encargado tiene que redistribuir y algún sector termina afectado. En los últimos años en Colombia se ha visto eso. El presupuesto al Ministerio del Deporte pasó de $1,3 billones en 2024, a $464 mil millones en 2025, y a $312 mil millones en 2026. O sea, en dos años, se eliminó más del 75% de los recursos asignados.
Crear el Ministerio del Deporte fue una gran idea, era algo que se pedía a gritos desde mucho tiempo atrás, pero que sólo se vino a dar en septiembre de 2019. Antiguamente la responsabilidad federativa recaía en el Departamento Administrativo de Recreación y Deporte, Coldeportes, que había sido creado en 1968. Y antes de eso, muchas decisiones se tomaban en el seno del Comité Olímpico Colombiano, COC, creado en 1936. Pero las buenas ideas hay que mantenerlas con brío y no como un número más de la ruleta.
Por eso es importante pensar en alternativas y antes de la primera vuelta presidencial había unas cuantas en campaña.
Sergio Fajardo hablaba del deporte y la educación integral. Decía que era importante construir escuelas de deporte y cultura en barrios y municipios. Un enfoque pedagógico. Paloma Valencia hablaba del deporte como recreación y actividad física; y decía: más programas, más eventos, más participación comunitaria y mejores resultados deportivos. Claudia López hablaba del deporte como salud mental y seguridad para prevenir violencia y mejorar la calidad de vida. Iván Cepeda hablaba del deporte como instrumento de una política de paz, juventud y cultura. El deporte como transformación social en territorios afectados por la violencia.
¿Y que dice Abelardo de la Espriella? Pues va en dos vías. La primera es el deporte como escudo social, intentando alejar a los jóvenes del crimen con fomento deportivo. Parecido a lo de López y Cepeda. Y la segunda es lo que denomina “Pacto Nacional por el Deporte”, donde busca frenar los posibles recortes presupuestales con alianzas y beneficios tributarios. Él quiere otorgar incentivos fiscales a grandes marcas internacionales (Adidas, New Balance, Nike, Puma o Reebok) para que patrocinen atletas y programas de desarrollo local.
Interesante, aunque amanecerá y veremos.
Lo cierto es que los países latinoamericanos en general, no solamente Colombia, quieren buscar un modelo mixto de fomento al deporte. La fórmula concertada de patrocinio (Estado más empresa privada) busca asegurar menor carga fiscal, con un coste por deportista inferior al actual. La teoría, dicen, es válida para todo el sistema deportivo, pero también para la educación en general.
En cualquier caso no deja de ser difícil de aplicar en Colombia. De hecho, cualquier política deportiva fuera del patrocinio estatal es complicada.
Siempre recuerdo mi charla hace 30 años con Jorge Herrera Barona, cuando éste era Presidente del Comité Olímpico Colombiano. Herrera decía que sin acceso a instalaciones deportivas de calidad, a programas de rendimiento apropiados y a entrenadores con experiencia, era poco menos que imposible tener un medallista olímpico. Un talento nace y se hace, pero no sólo se forma en lo deportivo. Tiene que tener una educación formal, tiene que alimentarse bien, tiene que tener una familia que esté bien para que lo apoye. Y tiene que haber un Gobierno que se encargue de todo eso.
Trasladando sus palabras a nuestros días, el papel del Estado ante el deporte no es de Tío Rico que da dinero, sino de apoyo estatal integral; es decir, política deportiva en desarrollo y previsión de cara al futuro. Sólo así se consigue que los presupuestos vayan más allá del Gobierno de turno y que los futuros talentos crezcan mientras sus familias y su entorno también progresa.
Pero además, ese apoyo integral ayudaría a ver con detenimiento las características de biotipo propio de las regiones. Colombia es un país muy diverso cultural y geográficamente. No en todos los departamentos surgen buenos ciclistas escaladores, por hablar de un perfil específico. Por eso es tan complicado detectar a niños que tienen potencial para diferentes disciplinas deportivas.
Hace un tiempo, hablaba en esta columna del factor psicológico en el deporte. Lo anterior influye en la percepción del deporte individual, que suele quedar a expensas de apoyos concretos. Hay muchos casos de grandes deportistas colombianos que han tenido que buscar recursos para irse al exterior y tratar de triunfar, y de muchísimos más que han fracasado en su intento al no poderse integrar a la cultura de esos otros países. El proceso tiene que ser paulatino y eso no lo resuelve ni siquiera una beca, porque la adaptación es también mental.
En países como Colombia el fútbol es el deporte más valorado porque es más popular y genera mucho dinero, no sólo en su comercialización profesional, sino en su proceso de descubrir nuevos talentos. El fútbol acapara muchos de los recursos que los Estados destinan al desarrollo deportivo en general. Y ahí vuelve a entrar el factor psicológico, pues si el fútbol es un deporte colectivo, lo que más le interesa a la sociedad local es el deporte colectivo, aunque tenga una mayor posibilidad de triunfar el deporte individual.
Aún así, el propio fútbol no vive en Colombia un proceso ideal. El campeonato de primera división del fútbol profesional se ha convertido en una plataforma de lanzamiento. Aquellos tiempos en que los grandes futbolistas jugaban en nuestro país es cosa del pasado. Lo que prevalece es que la cantera funcione y el talento de turno se venda lo más pronto posible. Equipos convertidos es fábricas con la anuencia de la División Mayor del Fútbol Colombiano, Dimayor, y de la Federación Colombiana de Fútbol.
Tampoco hay un apoyo amplio, ni un proyecto de desarrollo deportivo concreto en torno a la Liga Profesional Femenina de Fútbol. La liga interna siempre ha sido tratada con menosprecio, dura pocos meses y la salvan los éxitos de sus jugadoras con la Selección Nacional y los patrocinios de empresas privadas. Es fruto de nuestra mentalidad patriarcal. En ese sentido, el ejemplo a seguir es Estados Unidos, donde se apoya el Soccer femenino más, incluso, que el masculino. No quiere decir esto que se siga ese camino, sino que nuestro fútbol sea más equitativo.
Seguir el ejemplo femenino de USA implicaría, a la par, seguir el ejemplo de China en el fútbol masculino. En el gigante asiático el fútbol masculino es una materia obligatoria en las escuelas. Que el deporte haga parte del programa escolar es otro nivel de educación, pero también alcanzar ese apoyo estatal integral, que bien podría ser nuestra meta particular.
Es indudable que cada país tiene un sistema de desarrollo deportivo, pero independientemente de cómo sea o vaya a ser el nuestro, hay que trabajar mucho en el aspecto mental y en la exigencia. Por eso vuelvo a citar a Gerardo Riquelme, subdirector del diario Marca: “nos quedamos muchas veces en el ‘así está bien’, ‘me vale así’ y el ‘no está mal’. Sin adentrarse en la búsqueda de la excelencia, algo más asociado a culturas de otros países que intentan controlar hasta donde la tecnología da de sí”.
Y llegado a este punto, hay un aspecto adicional. La política deportiva de un país no sólo debe formar deportistas, sino también dirigentes, gestores, tecnólogos y técnicos, entrenadores, preparadores y fisioterapeutas, psicólogos, historiadores y periodistas. Todos contribuyen a un desarrollo y no pueden ir cada uno por su lado. Que Colombia sea potencia, eso vendrá en consecuencia.

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