Barranquilla, nuevo centro de poder: el mensaje de provincia con el que Abelardo cuestiona el centralismo bogotano

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Las reuniones políticas del presidente electo Abelardo De la Espriella en Barranquilla no son un detalle menor. Son una señal de poder territorial, de Costa Caribe y de ruptura simbólica con una Colombia acostumbrada a que todo se decida desde Bogotá.

La política colombiana está acostumbrada a mirar hacia el centro. A Bogotá. A sus salones, sus clubes, sus ministerios, sus pasillos y sus formas. Por eso, que el presidente electo Abelardo De la Espriella esté realizando reuniones políticas de alto nivel en Barranquilla no puede leerse como una simple decisión logística. Es un mensaje político.

El encuentro con el alcalde de Medellín, Federico “Fico” Gutiérrez, se realizó precisamente en Barranquilla, en la sede del presidente electo, ubicada en el barrio El Prado. Allí hablaron de seguridad, salud e infraestructura, entre otros temas de ciudad y de país.

Ese hecho marca un giro. Tradicionalmente, los mandatarios territoriales viajan a Bogotá para tocar puertas, pedir audiencias, buscar ministros y reclamar obras. Esta vez, una parte de la política nacional empieza a moverse desde la Costa Caribe. No es un cambio minúsculo. Es una forma distinta de entender el poder.

Barranquilla como sede y como símbolo

Barranquilla no es una ciudad cualquiera dentro de la historia colombiana. Es puerto, Caribe, comercio, migración, música, industria, apertura cultural y relación natural con el mundo. Desde allí se mira hacia afuera, hacia el mar, hacia el Caribe, hacia América y hacia las rutas internacionales. Esa mirada contrasta con la tradición andina, más encerrada, burocrática y centralista.

Por eso, la sede política de Abelardo en Barranquilla representa algo más que una oficina. Representa un centro de gravedad distinto. Un poder que no nace desde la lógica bogotana, sino desde una cultura política de provincia, de costa, de apertura y de carácter regional.

Durante la campaña, Abelardo construyó parte de su identidad pública desde esa condición: un hombre de provincia que no pedía permiso al centro para existir políticamente. Ahora, después de ganar la Presidencia, mantener sus reuniones en Barranquilla reafirma ese mensaje.

Una discusión vieja en la historia de Colombia

Este debate no es nuevo. Colombia ha discutido desde sus orígenes republicanos cómo distribuir el poder entre el centro y las regiones. La tensión entre centralismo y federalismo marcó buena parte del siglo XIX. El país incluso se llamó Estados Unidos de Colombia entre 1863 y 1886, bajo un modelo federal que reconocía mayor autonomía a los estados soberanos. Después de 1886, con la Regeneración, el centralismo volvió a imponerse como forma dominante de organización nacional.

Esa disputa nunca desapareció del todo. Sigue viva cada vez que una región reclama vías, puertos, hospitales, universidades, seguridad o inversión. Sigue viva cuando departamentos como Nariño, Chocó, La Guajira, Cauca, Putumayo o el Pacífico sienten que Bogotá decide sin conocer el territorio. Sigue viva cuando las provincias descubren que tienen votos, cultura y necesidades, pero poca capacidad de decisión.

Por eso, que un presidente electo empiece a ordenar parte de su poder desde Barranquilla puede reabrir una pregunta histórica: ¿Colombia seguirá siendo un país pensado desde Bogotá o empezará a reconocerse como una nación de regiones?

Los “países de Colombia”

El poeta nariñense Aurelio Arturo habló de los “países de Colombia” en Morada al Sur, una expresión poderosa para entender la diversidad profunda del territorio. No hay una sola Colombia. Hay muchas Colombias: la Caribe, la Andina, la Pacífica, la Amazónica, la Llanera, la fronteriza, la insular, la rural, la urbana. Todas con lenguajes, dolores, ritmos y memorias distintas.

Abelardo, que conoce esa referencia, parece enviar un mensaje desde esa lectura: el país no puede seguir mirándose únicamente desde el espejo bogotano. Debe mirar hacia afuera, hacia sus mares, sus fronteras, sus puertos, sus regiones y sus conexiones con el mundo.

Para Nariño, esa idea resulta especialmente importante. El departamento también es uno de esos “países de Colombia”: es Andes, Pacífico, frontera con Ecuador, puerto en Tumaco, ruralidad, cultura indígena, afrodescendiente y campesina. Una Colombia que muchas veces ha sido tratada como periferia, pero que es estratégica para el país.

Un mensaje de provincia

La decisión de sostener reuniones políticas en Barranquilla también habla de una reivindicación de la provincia. En un país donde durante décadas el poder se ha medido por la cercanía a Bogotá, Abelardo parece decir que también se puede gobernar desde la región, con acento propio, con códigos culturales distintos y con una agenda que no dependa exclusivamente del centro.

Eso no significa desconocer a Bogotá como capital constitucional ni como sede institucional del Estado. Significa cuestionar el monopolio simbólico del poder. Significa recordar que la Presidencia debe gobernar para todos los territorios, no solo desde la comodidad del centro administrativo.

El reto, por supuesto, será demostrar que el gesto no se queda en estética política. Porque descentralizar el poder no es solo cambiar el lugar de las reuniones. Es cambiar la forma en que se toman las decisiones, se asignan los recursos y se escuchan las regiones.

La expectativa para territorios como Nariño

Si Abelardo quiere convertir su mensaje de provincia en una política real, Nariño debe estar en esa conversación. El departamento necesita que el nuevo gobierno entienda sus urgencias: la doble calzada Pasto–Catambuco, la vía Panamericana, el puerto de Tumaco, la apertura del puente sobre el río Mataje, la seguridad en el Pacífico, la integración con Ecuador, el agro, la educación superior y la conectividad vial.

El centralismo no se derrota con discursos. Se derrota con presupuesto, presencia institucional y obras.

Barranquilla como sede política puede ser el primer gesto de un gobierno que quiere mirar distinto a Colombia. Pero el verdadero cambio se medirá cuando esa mirada llegue también al sur, al Pacífico nariñense, a la frontera y a los territorios históricamente aplazados.

Porque si el poder se mueve de Bogotá a Barranquilla, el país debe asegurarse de que no sea solo un traslado de élites, sino el comienzo de una política nacional capaz de reconocer a todos los “países de Colombia”.

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