Las palabras también matan

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“Como deciamos ayer…”; y conviene  repetirlo hoy, al oido de los candidatos presidenciales Abelardo de la Espriella e Ivan Cepeda.

Ningún colombiano desconoce que la campaña política para la elección presidencial se adelanta en circunstancias de orden público sobremanera adversas. El terrorismo, con inocultables muestras de irracionalidad, se ha desatado en toda su intensidad y hace estragos a lo largo y ancho de nuestro país, con manifestaciones cada vez más sorprendentes e impredecibles. Ya ni los cadáveres escapan como medios de la acción terrorista, que raya en repudiable vandalismo.

La palabra es parte constitutiva de la vida, o, dicho en otra forma, la vida no se concibe sin la palabra, como que es “una de sus dimensiones esenciales”. Aún más, la palabra es el arma por excelencia a la que acude el hombre en la lucha cotidiana de la vida. Día tras día y a cada instante la palabra fluye de manera incesante, a veces benéfica y en ocasiones funesta. Se ha escrito que “la palabra suscita la guerra y el amor, la paz y el exterminio, alternativa o simultáneamente”.

El actual debate electoral transcurre entre un bosque enmarañado de palabras. Infortunadamente, en los frecuentes escritos e intervenciones que se leen o se escuchan en los diversos medios de comunicación, como también en labios de los mismos candidatos presidenciales, no faltan las expresiones inconducentes o mal intencionadas que, en lugar de contribuir a la concordia, empeoran aún más el caldeado ambiente que vivimos. Creemos que, en las actuales circunstancias, es preciso proscribir las palabras agresivas o con tintes de vituperio; al igual que los discursos altisonantes que, en momentos de exaltación, llegan al límite de la insensatez. Ahora más que nunca conviene volver por los fueros de la mesura y la serenidad. Los arrebatos verbales encienden la pugnacidad. Las gentes, los políticos y los candidatos, de tanto hablar de la guerra han caído en una verdadera guerra de palabras, cuando el terrorismo hace marras, le ganó terreno a la guerra de guerrillas.

¿Acaso, en la remota época del emperador Augusto, quienes utilizaban palabras injuriosas no eran condenados a la pena de muerte? “Mi pluma lo mató”. ¿No fueron, acaso, las palabras que don Juan Montalvo exclamó a raíz del asesinato de su contrincante Gabriel García Moreno, el gobernante autocrático del Ecuador, a fines del siglo XIX? Y, aquí entre nosotros, durante la legislatura de 1949, en el seno de la Cámara de Representantes, en un cruce de palabras ofensivas, ¿acaso, el parlamentario conservador Carlos del Castillo no disparó fulminante contra el liberal Gustavo Jiménez? Ciertamente, hay palabras que hieren como espadas o queman como el fuego. Y, por desgracia, también las hay que conducen a la muerte. “Un exceso de palabras, escribe con acierto Hernando Téllez, en la política, crea el caos y desencadena las guerras, suscita los odios y destruye el frágil equilibrio de los Estados…”.

 

VICENTE PÉREZ SILVA

Bogotá D.C., a 12 de abril del año 2002

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