Por Daniel Olarte Mutiz. ( exclusivo para Página 10)
Para mi madre siempre fui “un cuicito feo” y siempre recibí ese apelativo con la dulzura siempre mágica que prodigaba mi madre, pero ahora, en estos tiempos en los que la comunicación política parece reducirse cada vez más al impacto visual y a la inmediatez de las redes sociales, resulta preocupante observar cómo el debate público se degrada cuando ciertos sectores optan por descalificar a una persona no por sus ideas, su trayectoria o sus propuestas, sino por su apariencia física. Tal ha ocurrido con la lideresa indígena nasa Aida Quilcué, quien ha sido objeto de comentarios ofensivos que cuestionan su aspecto facial y su imagen personal, llegando incluso a sugerir que tales características serían motivo suficiente para desacreditar sus aspiraciones políticas.
Más allá de las simpatías o diferencias ideológicas que pueda suscitar su figura, vale la pena preguntarse qué entendemos realmente por belleza y por fealdad. La cuestión no es menor. Desde la filosofía, la estética, la semiótica y la historia del arte, la humanidad ha debatido durante siglos sobre la naturaleza de estos conceptos, llegando una y otra vez a la misma conclusión: la belleza no es una categoría fija, universal e inmutable, sino una construcción cultural e histórica en permanente transformación.
La relatividad histórica de la belleza
Los cánones de belleza que hoy parecen evidentes no siempre fueron los mismos. La tradición clásica griega privilegió la armonía matemática de las proporciones corporales, el equilibrio de las formas y la idealización de la figura humana. Aquella visión apolínea se convirtió en una poderosa referencia para Occidente, al punto de influir durante siglos en la pintura, la escultura y la arquitectura.
Sin embargo, la historia demuestra que esos modelos han cambiado constantemente. Durante diferentes épocas, la robustez fue considerada un signo de prosperidad, salud y atractivo. Las mujeres retratadas por Peter Paul Rubens, por ejemplo, encarnaron una estética muy distinta a la que hoy promueve la industria de la moda. En América Latina, Fernando Botero construyó una de las propuestas artísticas más reconocidas del mundo precisamente a partir de la exaltación de los volúmenes y las formas amplificadas.
Lo que una sociedad considera bello en un momento determinado puede ser percibido de manera completamente diferente por otra cultura o por otra época. La belleza, por tanto, no puede entenderse como una verdad absoluta ni como una medida objetiva para evaluar el valor de las personas.
La fealdad como construcción cultural
El semiólogo y escritor italiano Umberto Eco dedicó una de sus obras más importantes a explorar precisamente este tema. En su Historia de la fealdad, mostró cómo aquello que una época consideró monstruoso, grotesco o desagradable podía adquirir significados completamente distintos según el contexto cultural.
Eco observó que muchas de las obras más admiradas de la historia del arte representan escenas terribles, figuras deformes o episodios dramáticos. Paradójicamente, aquello que representa el horror puede alcanzar una enorme belleza artística. La fealdad, en consecuencia, no es una realidad simple ni un concepto transparente; es una categoría compleja cargada de significados simbólicos.
Desde la semiótica, además, sabemos que los rostros y los cuerpos funcionan como signos. La manera en que interpretamos esos signos depende de códigos culturales aprendidos. Lo que consideramos atractivo no surge espontáneamente: está influido por la publicidad, los medios de comunicación, las industrias del entretenimiento y los imaginarios colectivos que cada sociedad reproduce.
Por ello, cuando alguien afirma que una persona es “objetivamente fea”, en realidad está expresando una valoración construida desde determinados referentes culturales y no una verdad universal.
La trampa de la estética en la política
La historia política contemporánea demuestra que la imagen pública puede convertirse en un instrumento de exclusión. Las mujeres, en particular, suelen ser evaluadas con criterios mucho más severos que los hombres. Mientras a los líderes masculinos se les juzga principalmente por sus decisiones o discursos, las mujeres frecuentemente deben enfrentar comentarios sobre su vestuario, su cuerpo, su edad o su apariencia.
En el caso de Aida Quilcué, muchos de los ataques dirigidos hacia ella no se limitan a cuestionamientos políticos. También contienen prejuicios étnicos, sociales y culturales. Detrás de ciertas descalificaciones subyace una idea según la cual el liderazgo debería corresponder a quienes encajan en determinados modelos estéticos y educativos definidos por la cultura dominante.
Se trata de una lógica profundamente problemática, pues termina confundiendo apariencia con capacidad, imagen con inteligencia y estética con mérito.
¿Qué significa estar educado?
Otro de los argumentos utilizados contra Quilcué consiste en cuestionar su formación académica o su pertenencia a formas de conocimiento distintas de las occidentales. Sin embargo, esta crítica obliga a formular una pregunta esencial: ¿qué significa realmente estar educado?
¿Es más educada una persona que acumula títulos universitarios pero carece de sensibilidad hacia su entorno? ¿O aquella que ha desarrollado durante décadas un profundo conocimiento de los ecosistemas, de la convivencia comunitaria y de la relación respetuosa con la naturaleza?
Las comunidades indígenas han preservado saberes ancestrales que hoy resultan especialmente relevantes frente a las crisis ambientales contemporáneas. El respeto por los ríos, los bosques, los ciclos naturales y la vida colectiva constituye una forma de conocimiento que no siempre encuentra reconocimiento dentro de los parámetros académicos tradicionales, pero que posee un valor incuestionable.
Reducir la educación exclusivamente a los títulos formales implica desconocer otras maneras legítimas de comprender el mundo.
La belleza del alma
Hablar de la belleza del alma puede parecer una expresión antigua o incluso romántica. Sin embargo, encierra una reflexión profundamente vigente. Si la belleza física depende de contextos culturales cambiantes, la belleza moral se relaciona con acciones concretas: la solidaridad, el respeto, la coherencia, el cuidado de los demás y la responsabilidad con el entorno.
Desde esta perspectiva, una persona que dedica su vida a la defensa de la naturaleza, a la preservación de las tradiciones culturales y al bienestar de su comunidad encarna una forma de belleza que trasciende cualquier canon estético.
La verdadera fealdad, entonces, podría encontrarse no en un rostro considerado poco armónico por algunos observadores, sino en la intolerancia, el desprecio y la incapacidad de reconocer la dignidad de los demás.
Una reflexión necesaria
Las críticas dirigidas contra Aida Quilcué por razones estéticas revelan más acerca de quienes las emiten que acerca de ella misma. Cuando el debate político se reduce a burlas sobre la apariencia física, se empobrece la deliberación democrática y se reemplazan los argumentos por prejuicios.
La historia de la estética, la filosofía y la semiótica nos enseñan que la belleza y la fealdad son categorías mucho más complejas de lo que suelen sugerir los discursos simplistas. Ninguna sociedad debería aceptar que el valor de una persona se mida por la proximidad de su rostro a determinados estándares publicitarios o mediáticos.
Quizás ha llegado el momento de recuperar una pregunta fundamental: ¿qué es verdaderamente bello? Si la respuesta incluye la armonía con la naturaleza, el compromiso con la comunidad, la coherencia ética y el respeto por la vida, entonces la discusión ya no gira en torno a los rasgos físicos de una persona, sino alrededor de la calidad humana de sus acciones.
Y es allí donde la reflexión sobre Aida Quilcué adquiere una dimensión más profunda: la invitación a mirar más allá de la apariencia para reconocer que la dignidad, la sabiduría y el servicio a los demás constituyen formas de belleza que ningún canon estético puede contener por completo. La mayora es una bella mujer, íntegra, de mirada limpia, capaz de captar el ondear de las almas buenas de su ancestros y por ello, estoy orgulloso de comunicarle mi admiración.




