Reflexiones sobre identidad, autonomía y memoria política en el sur de Colombia
Por: Yeimy Argotti Benavides
Introducción
Los resultados de las recientes elecciones presidenciales volvieron a poner a Pasto y al departamento de Nariño en el centro de una conversación nacional. Mientras amplios sectores del país se inclinaron hacia propuestas conservadoras, esta región respaldó mayoritariamente una opción política progresista. Para algunos, se trata simplemente de una diferencia electoral. Para otros, es una nueva manifestación de una vieja historia.
No es la primera vez que Pasto parece marchar en una dirección distinta a la del resto de Colombia.
Hace más de dos siglos, cuando gran parte de la Nueva Granada abrazaba el proyecto independentista, Pasto se convirtió en uno de los principales bastiones realistas de América del Sur. Aquella decisión marcó profundamente la relación de la región con la historia nacional y dio origen a una pregunta que continúa vigente hasta nuestros días: ¿por qué Pasto parece pensar distinto?
El economista e historiador Armando Montenegro abordó este interrogante en su libro Una historia en contravía: Pasto y Colombia, donde analiza las complejas relaciones entre la región y los procesos de construcción nacional. Sin embargo, dos siglos después, quizá sea necesario replantear la pregunta.
¿Y si Pasto nunca estuvo realmente en contravía?
¿Y si, por el contrario, lo que existe es una historia propia, construida desde una experiencia regional distinta, desde una geografía periférica y desde una identidad que nunca terminó de encajar en los relatos oficiales de la nación?
Este ensayo propone una reflexión sobre esa posibilidad.
Cuando Pasto dijo no
La historia oficial colombiana suele presentar la Independencia como una causa unánime, como una marcha colectiva hacia la libertad. Sin embargo, la realidad fue mucho más compleja.
A comienzos del siglo XIX, Pasto no compartía necesariamente los intereses ni las expectativas de las élites criollas que impulsaban la ruptura con España. La región mantenía estrechos vínculos económicos, culturales y administrativos con Quito; su estructura social estaba profundamente influenciada por la Iglesia Católica; y gran parte de su población veía con desconfianza a los grupos de poder que pretendían reemplazar la autoridad española por un nuevo orden político centralizado.
Para muchos habitantes de la región, la República no aparecía como una promesa evidente de libertad. Más bien representaba una incertidumbre.
La resistencia pastusa no fue simplemente una defensa irracional de la monarquía. Respondía a una lógica política propia, basada en la defensa de un orden conocido frente a un proyecto que se percibía distante y ajeno.
En otras palabras, los pastusos no luchaban únicamente por el rey. Luchaban por una forma particular de entender el territorio, la autoridad y la comunidad.
La historia nacional, escrita posteriormente por los vencedores, redujo esta complejidad a una explicación simplista: los patriotas representaban el progreso y los realistas representaban el atraso.
Pero las sociedades rara vez son tan simples.
El precio de pensar diferente
La derrota militar de Pasto tuvo consecuencias que trascendieron el campo de batalla.
Durante décadas, la historia oficial convirtió a la región en una excepción incómoda dentro del relato nacional. La resistencia realista pasó a ser interpretada como una prueba de atraso político y cultural.
La memoria regional, sin embargo, conservó otra versión de los acontecimientos.
Los episodios de violencia ocurridos tras la derrota de Pasto, particularmente los sucesos conocidos como la Navidad Negra de 1822, permanecieron profundamente arraigados en la memoria colectiva. Mientras la historiografía nacional celebraba la consolidación de la República, muchos habitantes de la región recordaban las heridas de la guerra, las represalias y la destrucción que acompañaron ese proceso.
Así comenzó a construirse una distancia simbólica entre Pasto y la nación. A los vencedores les correspondió escribir la historia.
A los vencidos les correspondió cargar con la caricatura.
Quizás allí se encuentra una de las raíces más profundas de los estereotipos que durante generaciones acompañaron a los habitantes del sur del país.
La nación vista desde la periferia
Durante buena parte de los siglos XIX y XX, Nariño ocupó una posición periférica dentro del proyecto nacional colombiano.
Las grandes decisiones políticas se tomaban lejos del territorio. La infraestructura avanzaba lentamente. Los centros económicos y administrativos se concentraban en otras regiones. La geografía, imponente y desafiante, reforzaba las dificultades de comunicación.
Pero las periferias no son espacios vacíos.
Cuando los recursos escasean, las comunidades desarrollan otras formas de organización.
Mientras el centro político del país consolidaba sus instituciones, el sur fortalecía sus propias redes sociales, comunitarias y culturales.
La consecuencia fue el surgimiento de una fuerte conciencia regional.
No una conciencia separatista ni aislacionista, sino una identidad capaz de interpretar la realidad desde sus propias experiencias históricas.
Pasto aprendió a mirar a Colombia desde el sur.
Y esa mirada no siempre coincidió con la visión construida desde el centro.
La cultura como territorio de resistencia
Quizá uno de los mayores errores de la historiografía tradicional ha sido intentar comprender a Pasto únicamente desde la política.
La identidad regional no se explica solamente a través de guerras, elecciones o disputas institucionales.
También se construye desde la cultura. Se construye en la música.
Se construye en la fiesta.
Se construye en la memoria.
Se construye en los saberes populares.
Mientras los relatos nacionales intentaban homogenizar la idea de país, Pasto continuó fortaleciendo una identidad profundamente vinculada a sus expresiones culturales.
El Carnaval de Negros y Blancos constituye probablemente el ejemplo más visible de este fenómeno.
Más que una celebración, el Carnaval representa una filosofía de convivencia basada en la diversidad, el encuentro y la creatividad colectiva. En él confluyen memorias indígenas, campesinas, afrodescendientes, urbanas y populares que dialogan permanentemente para construir un sentido compartido de pertenencia.
Algo similar ocurre con las músicas tradicionales de la región, con el Son Sureño, con las bandas, las agrupaciones de música alternativa, las escuelas de formación artística, los colectivos coreográficos, las comparsas y los innumerables procesos comunitarios que han permitido transmitir conocimientos entre generaciones.
La cultura ha sido uno de los principales mecanismos mediante los cuales Nariño ha preservado una voz propia dentro de Colombia.
Dos siglos después
Aquí aparece una paradoja fascinante.
La ciudad que fue uno de los principales bastiones realistas de América del Sur terminó convirtiéndose, dos siglos después, en uno de los territorios más receptivos a las ideas progresistas y a las propuestas de transformación social.
A simple vista, podría parecer una contradicción. Pero quizá no lo sea.
Lo que ha cambiado son las ideologías. Lo que permanece es algo más profundo.
Permanece la tendencia a construir pensamiento político desde el territorio.
Permanece la disposición a desconfiar de los consensos impuestos desde los centros de poder. Permanece la voluntad de examinar críticamente los discursos dominantes.
Permanece la autonomía.
En el siglo XIX, esa autonomía condujo a la resistencia realista.
En el siglo XXI, puede conducir a posiciones políticas completamente distintas. Las ideas cambian.
Los contextos cambian. La historia cambia.
Pero ciertas formas de comprender el mundo permanecen
De Agualongo a la ciudadanía cultural
No existe una línea directa que conecte a Agustín Agualongo con los movimientos sociales y culturales contemporáneos.
Sería un error histórico afirmarlo.
Sin embargo, sí es posible reconocer una continuidad en la forma como los habitantes de esta región han construido organización social desde el territorio.
Las resistencias del pasado, las mingas indígenas, los procesos comunitarios, las organizaciones culturales, las escuelas de formación artística y las múltiples expresiones de participación ciudadana responden a una misma convicción: las comunidades tienen la capacidad de construir su propio destino.
Hoy esa convicción se expresa de maneras diferentes. Se expresa en la defensa de los derechos culturales. Se expresa en los procesos educativos.
Se expresa en la protección del patrimonio. Se expresa en la organización ciudadana.
Se expresa en la participación democrática.
La resistencia ya no se libra en los campos de batalla.
Se construye en los escenarios culturales, en los espacios comunitarios y en las formas de participación social.
Conclusión: ¿una historia en contravía?
Durante dos siglos, Pasto ha sido descrita como una ciudad que camina en contravía de Colombia.
Sin embargo, tal vez esa expresión revele más sobre la manera como se ha construido la historia nacional que sobre la propia región.
Porque para que exista una contravía debe existir previamente una única dirección correcta. Y Colombia nunca ha sido una sola voz.
Ha sido una suma de territorios, memorias y experiencias distintas. Quizá Pasto no ha estado en contravía.
Quizá simplemente ha recorrido un camino propio.
Un camino construido desde la montaña, desde la frontera, desde la periferia y desde la cultura.
Un camino que unas veces ha coincidido con el rumbo nacional y otras veces lo ha cuestionado. Pero que siempre ha defendido algo fundamental: el derecho a pensar desde el territorio.
Dos siglos después de la Independencia, esa sigue siendo una de las mayores contribuciones de Pasto a Colombia.
Recordarnos que una nación democrática no se fortalece cuando todas sus regiones piensan igual.
Se fortalece cuando todas tienen la libertad de pensar con voz propia.




