El viejo Leo sigue trasnochando: 50 años sin León de Greiff

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Por Tirso Benavides Benavides

Hay muertos que se quedan calladitos en la fecha que les tocó y hay otros que uno sigue viendo pasar, con boina y pipa, por cualquier café a las tres de la mañana. León de Greiff es de los segundos. Murió un domingo 11 de julio de 1976, en una casa del barrio Santa Fe de Bogotá que hoy es un parqueadero rodeado de prostíbulos y calles por donde se pasean travestis y prostitutas. Cincuenta años después seguimos sin saber muy bien qué hacer con el autor, una prueba de que estamos ante un poeta grande, los que de verdad importan nunca terminan de acomodarse.

Aquí va la primera trampa que le tiende De Greiff a cualquiera que quiera resumirlo en un párrafo. De día fue un empleado público impecable, un burócrata de los buenos, contador de banco, administrador de una obra de ferrocarril en Bolombolo, jefe de Estadística en Antioquia y de los Ferrocarriles Nacionales, funcionario de la Contraloría. Una hoja de vida que suena a lo más aburrido que uno se pueda imaginar, y que sin embargo le alcanzó para jubilarse en 1966 con la conciencia tranquila de haber cuadrado cada balance.

Pero apenas se apagaban las luces de la oficina, aparecía el otro, el bohemio que se inventó una tropa entera de heterónimos —Leo Le Gris, Matías Aldecoa, Sergio Stepansky, Erik Fjordson, Gaspar de la Nuit, Beremundo el Lelo— para poder ser, al tiempo, muchos hombres distintos. De Greiff sostuvo, en simultáneo, dos vidas: la del empleado público racional y calculador, y la del hombre que terminó fundando uno de los universos poéticos más originales de la literatura colombiana. Esa doble vida no fue un capricho ni una pose, fue, en gran parte, la fábrica de su poesía.

Nació el 22 de julio de 1895 en Medellín, con un nombre que ya de por sí es una declaración de intenciones: Francisco de Asís León Bogislao de Greiff Häusler, con sangre sueca y alemana corriéndole por las venas. Pasó por la Escuela de Minas sin terminar la carrera, coqueteó con el Derecho en Bogotá y, apenas adolescente, ya andaba metido en tertulias literarias. A los dieciocho fue secretario del general Rafael Uribe Uribe. De vuelta en su ciudad, se juntó con otros doce mentes inquietas para fundar Los Panidas, el grupo que en 1915 le metió aire fresco, modernista e irreverente, a la literatura antioqueña. Trece locos, como él mismo los llamó en uno de sus poemas más celebrados: los Panidas éramos trece.

De ahí en adelante, mamotreto tras mamotreto —así bautizó él, con esa mezcla de humor y desdén tan suya, a sus libros de poesía—, fue construyendo una obra que no se parece a ninguna otra en español: Tergiversaciones (1925), Libro de signos (1930), Variaciones alrededor de nada (1936), Fárrago (1954), Bárbara Charanga (1957), Nova et vetera (1973), su último mamotreto, publicado apenas tres años antes de morir.

Si uno agarra un poema de León de Greiff sin previo aviso, lo más probable es que se pierda a la tercera línea. Y eso es exactamente lo que él quería. Su poesía está hecha de neologismos, arcaísmos, onomatopeyas, palabras que uno jura que se inventó en el momento y que resulta que sí, se las inventó. El crítico Jorge Zalamea lo definió como un poeta capaz de moverse entre lo elegíaco, lo erótico, lo satírico y una rareza suya, la poesía náutica, sin perder nunca el pulso musical del verso. Onomatopeyas, aliteraciones y un vocabulario que mezcla el castellano más viejo con inventos propios, esa fue su firma.

Y sin embargo, detrás de tanto barroquismo había un hombre que se definía a sí mismo, sin ninguna solemnidad, como un tipo con barba, pelo largo y una pipa enorme al que la gente le decía poeta nomás por la pinta. Así arranca uno de sus sonetos más conocidos, y así se retrataba, entre la ironía y la melancolía, sospechando siempre de su propio oficio.

El aguardiente, la noche y la política

No hay perfil serio de León de Greiff que pueda saltarse la bohemia. Fue un ciente fiel del Café Automático de la calle 17 en Bogotá, donde los contertulios lo tenían por un tipo distante que se negaba a hablar de su poesía. Le gustaba el aguardiente, le fascinaban las mujeres, el fútbol, el ajedrez y la música clásica, y jamás en su vida usó un diminutivo, ni siquiera para las dedicatorias de amor. Cuando le preguntaron por qué no se afiliaba al Partido Comunista, a pesar de sus simpatías de izquierda, contestó, seco: “porque yo no soy pendejo”.

León de Greiff nunca quiso ser un monumento nacional pero terminó siéndolo de todas formas, doce días después de su muerte, la Universidad Nacional bautizó su auditorio central con su nombre, y ahí sigue, declarado monumento nacional, sonando todavía a filarmónica y a homenaje.

La casa donde murió De Greiff, en el barrio Santa Fe, se incendió, se inundó y terminó comprada por el dueño de un prostíbulo vecino para demolerla. Veinte años después de la muerte del poeta, ese hombre encontró en un sótano cientos de discos, libros y manuscritos a punto de desbaratarse, además, un baúl oxidado donde había estado escondida la espada de Simón Bolívar que el M-19 le pidió al propio León que guardara tras robársela al Ejército de la Quinta de Bolívar. Cuentan que el expresidente Belisario Betancur fue hasta a esa casa a condecorarlo sin saber que a pocos pasos estaba el simbólico sable oculto tras montañas de libros y papeles.

El dueño del burdel murió su madre heredó el tesoro sin saber muy bien qué tenía entre manos, y tuvo que pasar más de una década para que ese material empezara a salir a la luz. León de Greiff, que en sus memorias imaginó con sorna que algún “tarambana” del año dos mil y pico terminaría estudiando su obra, no se equivocó ni en la fecha.

Uno podría pensar que un poeta tan hermético, tan cargado de palabras raras y estructuras complicadas, es cosa de especialistas. Y sin embargo ahí está el “Relato de Sergio Stepansky” —juego mi vida, cambio mi vida, de todos modos la llevo perdida— convertido en una de las piezas más recordadas de la poesía colombiana, cantado en bares bogotanos, recitado de memoria por gente que jamás pisó una facultad de letras. Ese es un buen engaño de las letras de León de Greiff, parece difícil pero en el fondo es profundamente popular, porque habla de lo de siempre, el amor, el fracaso, la noche, la muerte, con un ritmo que se pega sin pedir permiso.

A 50 años de su muerte, la invitación es sencilla. Reléanlo, o léanlo si nunca lo han hecho. No hace falta entenderlo todo a la primera lectura. Con León de Greiff nunca hizo falta.

Invitación: Toda la obra de León de Greiff puede descargarse de manera gratuita en leondegreiff.org/obra-completa

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