Facundo, el elocuente

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Por Tirso Benavides Benavides

La lengua latina bautizó a los elocuentes con un adjetivo que terminó volviéndose destino: facundus, el que habla con soltura, el de la palabra fácil y abundante. Rodolfo Enrique Cabral Camiña —el hombre que decidió llamarse simplemente Facundo— nació con esa imprecisión de fechas y ese exceso de intemperie que suelen tener los mitos, en La Plata (Argentina), un 22 de mayo de 1937. Este mes se cumplieron quince años de aquella madrugada guatemalteca en la que se vio involucrado en una balacera, en la que no tenía nada que ver, pero le costó la vida. Al menos el eco de su voz sigue rebotando contra las paredes de una América Latina que sabe que no se acalla a los juglares.

Escribir sobre él hoy, a tres lustros de su partida, es asomarse a un territorio donde la frontera entre el mito y el archivo es muy delgada. Cabral fue, ante todo, un narrador de sí mismo. Dejó escrita una autobiografía que arranca con una frase que resume su cosmovisión entera —”En 1937 salí de mi madre, pero entré en el vientre del mundo”—, y en los escenarios repetía, casi como una liturgia de apertura, una autodefinición que la prensa argentina reprodujo durante décadas: “Soy el hijo de Sara y con eso es suficiente”. No hace falta mucho más para entender que ahí, en esa doble genealogía, la sangre y el universo, está la clave de lo que hizo Cabral con su obra.

Su biografía temprana es un catálogo de escombros y de pequeños milagros laicos. El padre, recitador de glosas en orquestas de tango de segunda, se esfumó llevándose la máquina de coser y hasta los juguetes de los chicos, y dejó a Sara —su madre, modista— sola con siete hijos y una pobreza preocupante. Cabral repasaba esas marcas con una crudeza casi despojada de autocompasión, se jactaba de haber sido mudo hasta los nueve años y analfabeto hasta los catorce, y no exageraba demasiado cuando contaba que conoció la calle, el alcohol y el encierro de un reformatorio. Fue ahí, en ese calabozo para menores, donde un jesuita llamado Simón, para evitar que se peleara con los demás internos, lo sentó frente a los libros de la biblioteca y le abrió un nuevo mundo a través de las letras. El analfabeto se hizo lector voraz, al menos en este caso, la cárcel que debía castigarlo terminó educándolo.

A los dieciséis años ya tenía una guitarra colgada al hombro, aunque la vocación no llegó por una epifanía artística sino por un hallazgo de trabajador rural. Una noche, al final de una cosecha de papa en Balcarce, el patrón invitó a los peones a escuchar a Atahualpa Yupanqui en el club social del pueblo, y Cabral supo ahí, con la contundencia de una revelación, cuál sería su oficio en la tierra: cantar y contar la vida.

Un año después, caminando de noche por una playa entre Villa Gesell y Mar de Ajó, discutió con un vagabundo setentón que terminó hablándole de Jesús y del Sermón de la Montaña, y esa conversación —mitad teológica, mitad de fogón— lo empujó a componer, esa misma madrugada, la que sería su primera canción, “Vuele bajo”. El místico y el vagabundo, dos figuras que encarnaría alternadamente el resto de su vida.

Desde entonces su devenir se pareció más al de un personaje de novela picaresca que al de un artista de cartel.

Pasó por los clubes nocturnos de Mar del Plata firmando como El Indio Gasparino, recorrió los sótanos de Buenos Aires probando jazz y twist, hasta que a comienzos de los 70, en una sola jornada, junto a su amigo Jorge Cafrune, surgió ese himno errante que se llamaría “No soy de aquí ni soy de allá”. La canción cruzó fronteras, idiomas y océanos, y se volvió la banda sonora de los desterrados del planeta. La dictadura argentina de Onganía, y después la represión que se profundizó con los gobiernos militares, lo empujaron al exilio de los caminos: Chile, Perú, Bolivia, Ecuador, el sur de Colombia, Brasil, Paraguay, y más tarde México, España, Israel, la Unión Soviética, Vietnam en plena guerra, India. Llegó a pisar 165 países, y en cada uno dejaba la misma prédica sin dogma: la fe como fraternidad, la palabra como herramienta de trabajo.

Pero el dolor, esa materia prima con la que a veces se forjan los santos laicos, también lo atravesó sin piedad. En 1978, en pleno exilio mexicano huyendo de la dictadura argentina, se había casado con una joven estadounidense, Bárbara. El 25 de mayo de 1979 ella y la hija de ambos, de apenas un año, murieron en el trágico vuelo 191 de American Airlines, que se desplomó minutos después de despegar de Chicago. Cabral perdió la conexión y se quedó en tierra; sobrevivió al impacto, pero no del todo. De ese duelo salió, como siempre, a contramano de la lógica, transformó la pérdida en una de sus certezas más repetidas, la de que la vida no quita cosas, sino que enseña e inspira.

Había en él una paradoja magnética que sus propios amigos disfrutaban de subrayar. Se llamaba a sí mismo “vagabundo first class“, un anarquista filosófico y un pacifista que recorrió el continente armado apenas con una silla, una guitarra y una lengua filosa, mientras citaba con la misma soltura a Gandhi, a Borges y a Whitman.

No perseguía la riqueza. Cuenta la leyenda de sus años dorados que una vez le regaló varios de sus discos de oro a un taxista porteño, convencido de que el éxito solo servía si se podía repartir. En 1996, esa prédica constante en favor de la paz y la hermandad de los pueblos le valió el título de Mensajero Mundial de la Paz, otorgado por la Unesco.

El final, sin embargo, eligió un guion cruel y completamente ajeno a él. A comienzos de julio de 2011, tras una gira exitosa por Centroamérica que incluyó recitales a sala llena en Managua y en el Teatro Roma de Quetzaltenango, Cabral aceptó de último momento que el empresario nicaragüense Henry Fariñas lo llevara en su camioneta rumbo al aeropuerto La Aurora. Fariñas, se supo después, era un narcotraficante con una condena de muerte pendiente por un ajuste de cuentas ajeno por completo a la música. Los sicarios que emboscaron el vehículo en el Boulevard Liberación no buscaban al cantor,  buscaban a su anfitrión. Facundo Cabral, que había recorrido los países cantándole a la fraternidad entre los pueblos, murió a los 74 años en medio de una guerra que no era suya, alcanzado por proyectiles que llevaban otro nombre escrito.

Ahí está la paradoja. El hombre que hizo de la no violencia una forma de fe, que predicó durante medio siglo que no había venido a explicar el mundo sino simplemente a narrarlo con su canto, murió de la forma que toda su obra había predicado evitar. Guatemala decretó tres días de duelo. Argentina también. Pero ningún homenaje oficial resuelve del todo la ironía de fondo, a Cabral lo mató, por equivocación, el mismo tipo de violencia que había pasado media vida denunciando armado solo de su guitarra.

Quince años después, la mejor manera de recordarlo no es la elegía sino la escucha. Volver a escucharlo (hay muchos videos disponibles en You Tube) no es un ejercicio de nostalgia sino una comprobación incómoda. asi todo lo que Cabral cantaba —la sospecha ante el poder, la fe sin institución, la convicción de que el mundo cabe en una conversación honesta— sigue tan pendiente como el día en que lo mataron. Este casi obituario llega tarde, es cierto, pero la elocuencia no tiene fecha de vencimiento, sigue ahí, disponible, en You Tube, esperando que alguien vuelva a darle click al play.

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