Por Albeiro Arciniegas
Ángel Bigott es un cantante venezolano, referente de la música llanera, quien recuerda cómo a los cinco años escapó de la protección de su madre para subir a una tarima, el origen de un apodo que terminó convirtiéndose en su identidad artística y la huella que Colombia está dejando en su carrera.
A los cinco años, Ángel Bigott ya sabía que quería estar donde sonaba la música. No fue una revelación, sino un impulso. Su madre lo llevó a uno de aquellos lugares donde se celebraban eventos musicales y, en un descuido, se escapó. Y cuando fueron a buscarlo, estaba sobre el escenario, con una maraca entre las manos.
Décadas después, Bigott sigue hablando de aquella escena con la naturalidad de quien reconoce en ella el origen de una vocación que nunca dejó de crecer. Después llegó la oportunidad de cantar y lo hizo. “Comienza entonces la inquietud de seguir a la par de la música folclórica, nuestra música venezolana, nuestra música colombo-venezolana”, recuerda con firmeza.
Hoy es conocido como El potro salvaje, un sobrenombre que nació mucho después, cuando su familia decidió enviarlo a estudiar música a Valencia, en el Estado Carabobo. Un tío llegó un día a su casa, en Valle de la Pascua, Guárico, y le hizo una propuesta que cambiaría su destino: preparar la maleta y marcharse con él. La razón: estudiar música.
En la academia del maestro Nardo Toro, Bigott comenzó a formarse en canto, vocalización, respiración diafragmática y técnicas de interpretación. Pero también allí apareció el apodo que terminaría acompañándolo durante toda su carrera. Su tío preguntó al maestro qué impresión le había causado el muchacho, la respuesta fue una comparación inesperada: parecía un caballo salvaje.
La imagen quedó flotando en el ambiente. Vino luego la asociación con los potros de la inmensa llanura venezolana –esa de los mil horizontes y los mil caminos– y se concretó el mote artístico de: El potro salvaje.
El nombre no tardó en convertirse en una marca. Su primer álbum y un tema llevaron ese mote y la canción terminó transformándose en una suerte de autobiografía musical. Más de dos décadas después, Bigott todavía la considera uno de los temas esenciales de su trayectoria. “Potro Salvaje es una biografía, una carta de presentación, el testimonio de cómo nace Ángel Bigott”, explica.
El llano como patria musical
Para Bigott, la música llanera no es solamente un género. Es una manera de entender la vida. Habla de ella con una mezcla de gratitud y devoción, como quien enumera las cosas que construyeron su identidad. “La música llanera es mi vida”, dice. “Cuando lo hago, lo hago con el alma, con el corazón. Me entrego directamente a ese público que está allí, apoyándonos”.
En la historia musical de Ángel Bigott, Colombia ocupa un capítulo especial. El venezolano vivió en Bogotá y recorrió buena parte de los llanos colombianos. Pasó por Yopal, Tauramena, Maní, Aguazul y distintos lugares del departamento del Casanare; también estuvo en el Meta y en Villavicencio, y en cada sitio encontró algo fundamental: un público dispuesto a escuchar, defender y mantener vivo el vínculo cultural entre dos países separados por una frontera política, pero unidos por una misma tradición llanera.
“Colombia me ha recibido de mil maneras. Le tengo que agradecer las muchas y grandes oportunidades que me ha brindado”. En ese recorrido conoció a músicos que son considerados referentes en la defensa del folclor, entre ellos, el maestro Dumar Aljure, El trochador de la canta, cantautor y representante de la tradición musical compartida entre Colombia y Venezuela.
Una música que cruza fronteras
La música llanera atraviesa una transformación que Bigott observa con optimismo. Dice que la migración venezolana contribuyó a llevar sus sonidos a nuevos territorios, pues con cada venezolano viaja sus costumbres, instrumentos y canciones. Es un fenómeno que permite que la música llanera encuentre nuevos públicos. “Para mí la música llanera tiene un valor relevante porque se deja sentir en cada uno de los rincones a nivel mundial”, afirma. Como si el arpa, el cuatro, las maracas y las voces cruzaran fronteras con una naturalidad que hace años parecía imposible.
Ángel Bigott prepara nuevos proyectos que mantienen viva una carrera que, según él, se sostiene sobre dos pilares: la constancia y la confianza. Entre sus trabajos más recientes está Cuando te miro. Esta producción tiene una particularidad que resume también el carácter transnacional de su trayectoria: parte de la producción musical se realizó en Venezuela y la grabación de la voz se hizo en Florida, mientras la mezcla estuvo a cargo del maestro Adelmar Paz.
“Si no nos tenemos confianza en lo que nosotros hacemos, no podemos lograr las metas que nos hemos trazado”, dice. Y quizá esa frase explique mejor que cualquier otra la trayectoria de este artista. La razón por la que el niño que escapó de la mesa de su madre para subir a una tarima terminó convirtiéndose en un cantante que hizo de un apodo una identidad y de la música llanera su forma de vida.




