Durante décadas hemos construido nuestra relación con Bogotá desde un mismo discurso: estamos lejos, somos pobres, no nos dan suficientes recursos, estamos olvidados y el centro no nos escucha. Algunas de estas afirmaciones tienen sustento en nuestra historia y en las profundas brechas territoriales que todavía existen. Pero repetirlas también ha terminado construyendo una forma de vernos a nosotros mismos. No importa si ese discurso fue impuesto desde el centro o si terminamos imponiéndonoslo nosotros. Lo importante es que debemos cambiarlo.
Por estar pendientes del centro olvidamos el nosotros. Nariño necesita dejar de pensarse únicamente desde lo que le falta y comenzar a reconocer lo que tiene, lo que sabe hacer y lo que puede ofrecer. No podemos continuar construyendo nuestra relación con Bogotá solamente alrededor de la gestión, la transferencia de recursos y la petición permanente. Tenemos que ofrecer.
Esto implica un cambio de mentalidad: dejar de pensar solamente en pobreza para comenzar a pensar en riqueza. Nos hemos acostumbrado a señalar que Nariño representa alrededor del 1,5 % del PIB nacional, pero pocas veces cuestionamos qué estamos midiendo y qué valor estamos dejando por fuera. Tenemos aire limpio, agua, mar, Amazonía, diversidad gastronómica, cultura, café, producción agrícola, una relación fronteriza con Ecuador y una particular manera de vivir y relacionarnos. Tenemos también el Carnaval, que ha permitido transformar parte del imaginario que existía sobre nosotros.
Hoy existe mayor respeto hacia el nariñense. Ese espacio se ha ganado y debemos profundizarlo. Tenemos un goodwill, un buen nombre asociado con nuestra inteligencia, nuestra cultura y nuestra capacidad para sobreponernos a las dificultades. La respuesta frente a ese reconocimiento no puede ser la victimización. Debe ser el empoderamiento.
Hay otro activo que pocas veces incorporamos en esta discusión: nuestra gente. Cuando estudiaba en la Universidad Nacional, en un grupo de aproximadamente 70 u 80 estudiantes éramos cerca de 12 nariñenses. Para una región como la nuestra, tener esa representación en una de las mejores universidades del país era significativo. Muchos estudiantes nariñenses se han formado en grandes universidades y han ocupado posiciones importantes. Durante el gobierno de Gustavo Petro hubo nariñenses como ministras, viceministros y directores. En el actual Gobierno también tenemos representación, incluso en el Ministerio de Ciencia. Tenemos que preguntarnos cómo logramos acercar ese talento humano nuevamente a la región para que ayude a construirla. Hemos ocupado espacios. Ahora necesitamos convertir esa presencia en capacidad regional.
Nariño también ha producido pensamiento diferente. José Rafael Sañudo construyó una interpretación crítica sobre Bolívar que contradijo uno de los grandes relatos de la construcción nacional. Eso no debería verse como una dificultad o una posición contraria al país. Al contrario: demuestra nuestra capacidad para cuestionar lo establecido y ofrecer una visión distinta. Tenemos que conocernos, reconocer nuestros recursos y nuestras personas y, a partir de allí, proyectar una visión propia.
Tenemos demasiados planes y poca ejecución. Necesitamos invertir esa relación. La planificación sigue siendo necesaria, pero no puede continuar siendo una planificación tradicional. Debe convertirse en una estrategia de acción que permita ejecutar proyectos estratégicos y construir capacidades. También necesitamos nuevos liderazgos. Liderazgos menos localistas, menos ideológicos y más pragmáticos, capaces de entender que los poderes son transitorios, mientras las necesidades del territorio permanecen. Incluso hemos sido capaces de negar proyectos fundamentales por razones políticas. Hace algunos años, un representante del Pacto Histórico llegó a cuestionar la necesidad de la vía Pasto-Popayán. Ese es precisamente el tipo de discusión que debemos superar.
Una descentralización pensada desde Nariño. Por eso he insistido en la necesidad de crear un centro de pensamiento para Nariño. Pero no necesitamos otra institución dedicada exclusivamente a producir documentos que después terminan archivados. Necesitamos pensamiento-acción. Una plataforma independiente de restricciones políticas e ideológicas que permita conocer nuestros recursos, identificar nuestro talento, vincular personas y construir una mirada diferente sobre el departamento. Un espacio capaz de aprender del pasado sin quedarse atrapado en él y de transformar las ideas en acciones.
Las propuestas de descentralización casi siempre han sido construidas desde el centro. Es hora de que Nariño formule la suya. Y esa propuesta no debería reducirse a pedir mayores porcentajes de transferencias. La descentralización que necesitamos debe partir de nuestras particularidades y tener un propósito concreto: construir capacidades para dejar de depender. Esto implica revisar los recursos y establecer durante un periodo determinado un monto de inversión destinado a las obras y proyectos prioritarios de una agenda territorial. Pero esos recursos no deberían ser indefinidos. La transferencia debe ser transitoria. Parece contradictorio pedir recursos para dejar de pedirlos, pero ese debería ser precisamente el objetivo. Los recursos adicionales tendrían que estar condicionados a inversión, creación de capacidades, fortalecimiento productivo y proyectos capaces de generar sostenibilidad económica. Porque la dependencia económica también nos ha debilitado.
Una referencia importante está en la reforma al Sistema General de Regalías adelantada durante el gobierno de Juan Manuel Santos. La creación de fondos de compensación, desarrollo regional, ahorro y estabilización, FONPET y la destinación de una proporción importante a ciencia, tecnología e innovación representaron una transformación real para las regiones. Nariño recibió impactos importantes. La Universidad de Nariño, por ejemplo, pudo avanzar en infraestructura, inversión e investigación gracias a esos recursos.
Esa experiencia demuestra que una reforma a la distribución de los recursos puede transformar capacidades. Pero ahora necesitamos avanzar hacia una descentralización que no solamente distribuya dinero. Necesitamos descentralizar poder y no simplemente funciones administrativas. Sin Estado tampoco existe descentralización. En Nariño existe, además, una realidad que no podemos seguir evitando: en algunos territorios las reglas impuestas por actores armados ilegales tienen mayor influencia que las propias reglas del Estado. Por eso no podemos hablar seriamente de descentralización sin hablar de seguridad, presencia estatal y economía ilegal.
Cuando una carretera puede ser interrumpida permanentemente por la violencia, no solamente se afecta la movilidad. También disminuye la confianza en el Estado. Cuando los actores ilegales controlan territorios y economías, la capacidad institucional se debilita.
Necesitamos conocer algo que hemos evitado discutir: cuánto dinero proveniente de las economías ilegales termina incorporándose a la economía legal de Nariño. ¿Cuánto es? ¿En qué sectores circula? ¿Qué proporción representa? No podemos construir un modelo productivo propio sin conocer el verdadero nivel de penetración de esos recursos.
La descentralización, por tanto, debe pasar por el fortalecimiento institucional, la presencia efectiva del Estado y la transformación de economías ilegales en economías legales. No basta con reducir la pobreza. También debemos cambiar la manera como medimos nuestro desarrollo. Reitero que la discusión no puede concentrarse exclusivamente en cuánto disminuyó la pobreza o cuánto dinero transfirió el Gobierno nacional. Debemos hablar de inclusión productiva.
Como han señalado Jorge Iván González e Icíar Artila, más que limitarse al traslado de recursos, es fundamental generar ingresos derivados del empleo que permitan mejorar sosteniblemente las condiciones de vida. En la misma dirección, siguiendo a Keynes, el salario constituye un ancla fundamental del sistema económico. Por eso Nariño debería preguntarse: ¿cuántas empresas estamos creando?, ¿cuántos empleos estamos generando?, ¿cuántas líneas productivas estamos construyendo?, ¿cuántas posibilidades digitales estamos desarrollando?
El crecimiento económico significa ampliar nuestro sistema productivo. Resulta difícil hablar de productividad regional mientras uno de nuestros municipios más importantes, Ipiales, continúa enfrentando graves dificultades con la calidad y prestación del agua potable. Una ciudad fronteriza y estratégica no puede seguir funcionando bajo esas condiciones. La presencia real del Estado también consiste en resolver esas condiciones básicas para que pueda existir productividad.
La historia demuestra que nuestra relación con Bogotá nunca ha sido sencilla. La carretera que permitió conectarnos con el centro estuvo relacionada con el conflicto con Perú. Décadas después seguimos sin tener una conexión adecuada. La vía San Francisco-Mocoa avanza lentamente y la comunicación con el Cauca continúa siendo uno de nuestros grandes problemas. Ni siquiera un gobierno de izquierda, respaldado ampliamente electoralmente en Nariño, consiguió resolver durante cuatro años esas dificultades estructurales.
Esto debería dejarnos una enseñanza: nuestro futuro no puede depender exclusivamente de la cercanía ideológica con el presidente de turno. En su discurso del 7 de agosto, el presidente Abelardo de la Espriella habló de Rafael Núñez y de una especie de Regeneración 2.0. La Regeneración original respondió a un país fragmentado fortaleciendo el centro. Hoy la discusión puede plantearse en dirección contraria: construir regiones fuertes y avanzar hacia una verdadera descentralización.
Para Nariño esa discusión representa una oportunidad, pero no podemos esperar nuevamente que el modelo llegue completamente elaborado desde Bogotá. Tenemos que formular nuestra propia propuesta. Necesitamos un bloque regional capaz de acordar prioridades territoriales y superar divisiones políticas. Una agenda que reconozca nuestras condiciones, pero que no quede atrapada en ellas.
Debemos acabar con las viejas creencias y relatos que han determinado nuestra forma de pensar, actuar y relacionarnos con el país. Hay que deconstruir el mito de la periferia. No para desconocer nuestras dificultades, sino para dejar de convertirlas en nuestra identidad. No necesitamos continuar administrando pobreza. Necesitamos crear riqueza. No podemos seguir midiendo nuestros liderazgos solamente por cuánto consiguieron en Bogotá. Debemos medirlos por las capacidades que construyeron en Nariño.
Tenemos talento, recursos, cultura, pensamiento, ubicación y un reconocimiento nacional que hemos ido ganando. Ahora debemos conocernos, valorarnos y convertir esas ventajas en posibilidades concretas. La relación con Bogotá debe cambiar porque primero tiene que cambiar nuestra relación con nosotros mismos. Por estar pendientes del centro olvidamos el nosotros. Ahora es momento de construir ese nosotros para dejar de sentirnos periferia y comenzar a actuar como centro.




