Escuchando nota
Por: José Arteaga
(X-Twitter: @jdjarteaga)
Parece que ya ha pasado, pero las olas de calor que han azotado a Europa estos últimos meses dejan una gran tragedia forestal y una gran preocupación por el futuro. Y este futuro no sólo atañe al Viejo Continente, sino a América Latina. Según el Instituto de Hidrología, Meteorología y Estudios Ambientales, IDEAM, las probabilidades que el fenómeno de El Niño en Colombia alcance una intensidad excesivamente alta en el último trimestre de este año, son del 81%.
Pero antes de ver qué va a pasar, veamos qué es lo que ha pasado.
Solamente en España, suman ya 3.158 las personas fallecidas por efectos del calor en lo que va de año. Los incendios forestales han sido 43, con un total de 265.000 hectáreas quemadas. Para hacernos una idea, eso es el doble de la extensión que tiene la ciudad de Pasto.
Sigamos. Las temperaturas en España han superado los 42 grados centígrados en varias zonas del país de forma habitual. Estos picos se presentan en forma de olas de calor que duran cinco o seis días, luego bajan 10 grados un par de días, y vuelven a subir. Hay ciudades que, digamos, están acostumbradas a estos picos altos, pero hay otras donde ni hay costumbre, ni hay medios para resistir.
Una vivienda promedio carece de aire acondicionado. Esto significa que el 60% de los edificios y casas en España padecen un sobre-calentamiento. Como el parque residencial es antiguo y la inmensa mayoría se construyó antes de 1980 (cuando se establecieron las normas de eficiencia energética), el interior de una vivienda puede estar a 30 grados durante todo el día. Y esto es el estándar. En la provincia de Jaén, en Andalucía, las casas han tenido temperaturas de 40 grados en su interior.
Imaginemos por un momento a un bebé en estas condiciones, o a un anciano. Deduzcamos que para cualquier persona es imposible dormir bien, y que ese cansancio acumulado se traslada al oficio laboral al día siguiente. Pensemos en la consecuencia psicológica, en el estado de ánimo y el mal humor. Y ahora traslademos estos factores a un conductor de camión, a un policía, a un obrero de construcción, o a cualquier operario que necesite los cinco sentidos en su sitio.
Vamos al campo. Durante una ola de calor, los incendios aumentan porque se evapora el agua del suelo y de las plantas, y la vegetación seca es un combustible natural. Al encenderse por cualquier circunstancia, la propagación es inmediata y muchas veces incontrolable, porque el viento (que suele soplar de forma aleatoria y no en una sola dirección), extiende y acelera el fuego.
¿Quiénes sufren? Primero los animales. Muchos mueren atrapados por las llamas, sobre todo los lentos y pequeños como reptiles y anfibios. Pero los que escapan, como mamíferos y aves, pierden su hogar, su hábitat y el agua. Un animal queda desorientado, abandona sus crías y acaba vagando sin rumbo, apareciendo en sitios insospechados y compitiendo con otros animales por comida en un terreno desconocido. Y eso supone a la larga un desequilibrio ecológico.
En cuanto a los cultivos, no es sólo que los destruyan, sino que la tierra cultivable se erosiona y se degrada. En el área afectada directamente, se crea una capa de cera que impide la entrada de agua. Y en el área cercana, el humo afecta el sabor y las propiedades del producto, sea cual sea. Consecuencias: pérdidas y quiebras para los afectados, disminución de la producción local, mayor dependencia de suministros externos y encarecimiento del producto en los supermercados.
Bien. Ahora vamos a la prevención. Cada país tiene una manera de prevenir y actuar ante los incendios. Debería existir un protocolo único, pero no es así. En Francia hay un modelo centralizado que gestiona la Sécurité Civile. Además, la campiña francesa siempre ha contado con una fuerte inversión estatal. En España, en cambio, hay una descentralización, por el sistema político de las Comunidades Autónomas, que le permite a cada región, gestionar las emergencias antes, durante y después.
En Colombia existe un Protocolo Nacional de Respuesta a Incendios Forestales, que gestionan la Unidad Nacional para la Gestión del Riesgo de Desastres, UNGRD, y la Dirección Nacional de Bomberos. Cuando hay una emergencia, se mide la magnitud. Si está muy focalizada, la atienden los bomberos y los consejos locales. Y si es de gran magnitud, la UNGRD asume la coordinación general.
Pero claro, estos son formas de actuar después de lo sucedido. No antes. Y ese antes pasa inevitablemente por nuestra preparación ante el cambio climático. Hablando de España, un informe de la Agencia Estatal de Meteorología, AEMET, dice que los días anuales con más de 40 grados se van a triplicar en los próximos años. Hablando de Colombia, un informe del IDEAM afirma que la temperatura media subirá en todo el país 2 grados para 2050.
En febrero de 2021 Pasto se convirtió en la primera ciudad latinoamericana en tener un Climate Clock, un reloj digital con cuenta regresiva y que en julio de 2029 marcará cero. Es el plazo límite estimado para agotar el presupuesto de carbono que tiene la tierra. A partir de entonces, el calentamiento global superará el umbral crítico. ¿Qué pasará entonces? Que todo lo que ya estamos viviendo se recrudecerá, afectando de manera vital lo cotidiano.
Miren este caso. Hoy por hoy, el café es el producto estrella de Nariño. ¿Porqué? Porque se cultiva en un microclima que lo convierte en el mejor café del mundo. Pero si la temperatura ambiental sube en 2029, ese microclima se degradará. Café seguirá cultivándose, pero automáticamente se pierde la excelencia, que es lo que garantiza su beneficio para el productor y la región.
A finales de 2020, durante la Convención Marco de las Naciones Unidas sobre el Cambio Climático, CMNUCC, Colombia se comprometió a reducir en un 51% las emisiones de gases de efecto invernadero para 2030. También se pactó allí la reducción de las deforestaciones, una de las principales causas de desastres ecológicos y de desplazamientos de familias del campo a la ciudad.
De alguna manera, este compromiso provocó la aprobación de la Ley 2173 de 2021, mejor conocida como la “Ley del Árbol”, mediante la cual las medianas y grandes empresas tienen que sembrar al menos dos árboles de especies nativas por cada uno de sus trabajadores.
Pero fíjense por donde, Colombia, un país que solamente el año pasado perdió 119.483 hectáreas de bosque natural, tuvo hace diez años una iniciativa en Pasto que también ha sido pionera en arborización. En 2016 el entonces el secretario de gestión ambiental Jairo Burbano inició el proyecto de Un Millón de Árboles, el cual concluyó tres años después con la siembra de 1.013.676 árboles, generando oficialmente un pulmón para la ciudad y la región.
Todo un ejemplo social y ambiental que está muy acorde con otra iniciativa reciente surgida en Gwynedd, al norte de Gales. Allí, el ecólogo Manuel Esperón-Rodríguez, de la Bangor University, propone que los bosques urbanos deberían recibir un tratamiento similar al transporte público, el saneamiento, la educación o las redes de suministro de agua. Es decir, deberían formar parte de las infraestructuras esenciales que una ciudad está obligada a planificar, financiar y mantener.
Según la revista PLOS Climate, la idea de Esperón-Rodríguez, es que plantar es apenas el principio. “Los primeros años son especialmente delicados. Los ejemplares jóvenes necesitan riego, seguimiento, protección frente al vandalismo, reposición de marras y vigilancia ante plagas y enfermedades. Un árbol plantado que muere dos veranos después, aporta muy poco a la adaptación climática de una ciudad. Esperón-Rodríguez aboga por un presupuesto y una gestión específica. El problema es que son las administraciones públicas las que deben asumir esto, pues es un proyecto a varios años vista.
¿Y qué tiene que ver esto con el calor asfixiante y los incendios forestales? Pues que detrás de un árbol hay temperatura ambiental vivible.
“Un árbol adulto presta simultáneamente varios servicios que una ciudad tendría que proporcionar mediante diferentes infraestructuras. Su copa intercepta parte de la radiación solar y reduce el calentamiento de calles, fachadas y vehículos. Mediante la evapotranspiración libera humedad y contribuye a disminuir la temperatura del entorno. Sus raíces facilitan la infiltración del agua de lluvia, estabilizan el suelo y reducen parte de la escorrentía superficial que termina saturando los sistemas de drenaje. La vegetación urbana también captura partículas contaminantes, almacena carbono, amortigua el ruido y proporciona refugio a insectos, aves y pequeños animales”.
“A todo ello se añade un beneficio difícil de representar en una hoja de cálculo: vivir cerca de espacios verdes mejora la calidad de vida y favorece la actividad física, la convivencia y el contacto cotidiano con la naturaleza”.
La propuesta de Esperón-Rodríguez consiste en integrar la vegetación dentro de la planificación presupuestaria de los municipios. Sin embargo, no todos piensan igual al hacerlo. Hay un caso muy notorio que es el de Zaragoza, una de las ciudades que ha sufrido más calor extremo en España este verano.
Allí, su alcaldesa, Natalia Chueca, ha optado por la sectorización del arbolado, concentrando estos pulmones en zonas determinadas. El problema es que sectorizar implica dejar sin árboles otros sectores, y absolutamente todos los barrios los necesitan.
Por eso, y volviendo a la Bangor University, hay que empezar por “inventariar árboles, evaluar su estado, renovar ejemplares envejecidos, proteger el suelo disponible para las raíces, asegurar el suministro de agua durante los primeros años, controlar enfermedades”.
Y allí entra otro antecedente colombiano. En 2010 el antropólogo Germán Ferro Medina hizo un estudio sobre la vegetación urbana de Bogotá titulado “Árboles ciudadanos: en la memoria y en el paisaje cultural”. Se exploraba así el valor histórico, simbólico y cultural de nogales, yarumos, arrayanes, acacias, pinos, eucaliptos, álamos, palmas y araucarias. Y es justamente ese valor el que debe acompañar las propuestas, proyectos y leyes que buscan proteger nuestro ecosistema y evitar que suframos tanto en un futuro por algo que no hemos sabido hacer bien en el pasado.




