Por: Luis Efrén Delgado Eraso
Presidente de ASOINAGRO
La posible salida de Colombia de la Ruta de la Seda vuelve a poner sobre la mesa una pregunta que el país no ha respondido con suficiente seriedad: ¿hacia dónde quiere orientar su política comercial y agrícola en un mundo cada vez más competitivo?
Más allá de las posiciones ideológicas, el debate debería centrarse en los intereses nacionales. El agricultor de Nariño, el caficultor, el productor de cacao, el exportador de limón Tahití, aguacate o frutas exóticas necesitan más mercados, más inversión y mejores oportunidades.
No podemos olvidar que China es uno de los mayores compradores de alimentos del planeta. Renunciar a mecanismos de acercamiento con ese mercado podría reducir las posibilidades de atraer inversión en infraestructura, logística, innovación y transformación agroindustrial.
Un país que aspira a exportar productos con mayor valor agregado no puede darse el lujo de cerrar puertas. Sin embargo, tampoco puede ignorarse la otra cara de la moneda: Estados Unidos continúa siendo uno de los principales socios comerciales de Colombia y un destino fundamental para numerosas exportaciones agropecuarias. Un distanciamiento con ese mercado podría tener efectos importantes sobre el empleo rural, la inversión y la confianza empresarial.
El verdadero riesgo no está únicamente en pertenecer o no a la Ruta de la Seda. El mayor peligro es depender excesivamente de una sola potencia económica. La historia demuestra que, cuando un país concentra sus exportaciones, importaciones, tecnología o financiación en un único socio, pierde capacidad de negociación y aumenta su vulnerabilidad frente a las crisis internacionales.
Para el agro colombiano, la prioridad debería ser otra: diversificar mercados. Exportar más café a China, más flores a Estados Unidos, más cacao a Asia y más frutas tropicales a Medio Oriente. La diversificación es, quizás, el mejor seguro frente a la incertidumbre económica y geopolítica mundial.
Nariño tiene mucho que ganar si Colombia fortalece su presencia en distintos mercados. El departamento cuenta con una importante oferta de café de alta calidad, cacao fino de aroma, papa, aguacate, limón Tahití y productos lácteos que pueden conquistar consumidores en diferentes continentes, siempre que existan inversiones en infraestructura, certificaciones sanitarias, tecnología y logística.
Salir de la Ruta de la Seda podría aliviar tensiones diplomáticas con algunos aliados tradicionales y brindar mayor tranquilidad a quienes observan con preocupación los riesgos geopolíticos derivados de la creciente influencia china. Sin embargo, también podría enviar un mensaje de incertidumbre a potenciales inversionistas y limitar oportunidades de cooperación económica si el país no construye alternativas claras y sólidas.
En consecuencia, Colombia no debería verse obligada a escoger entre Washington y Pekín. La política exterior debe estar al servicio de los productores, los empresarios y los consumidores, y no quedar subordinada a las disputas entre las grandes potencias.
El campo colombiano necesita menos ideología y más pragmatismo. Necesita carreteras, puertos, crédito, ciencia, tecnología, sistemas de riego y nuevos mercados. Si la salida de la Ruta de la Seda contribuye a fortalecer esos objetivos, podrá considerarse una decisión acertada. Si, por el contrario, significa cerrar oportunidades comerciales sin ofrecer alternativas concretas, el costo terminarán pagándolo los agricultores.
El futuro del agro colombiano no depende del nombre de una alianza internacional, sino de la capacidad del Estado para convertir cada relación comercial en oportunidades, inversión y bienestar para quienes, todos los días, producen los alimentos de Colombia.




