El Pacífico: el futuro que Nariño todavía no ha sabido mirar

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No hemos podido construir una relación adecuada con nuestra costa pacífica. Durante demasiado tiempo hemos hablado de la sierra y la costa como si fueran dos realidades separadas, incluso contrapuestas. En el libro de Colombia Ganadora se aborda esa división territorial. Yo prefiero partir de una idea diferente: nuestra diversidad no nos divide; nuestra diversidad puede hacernos más fuertes. Por eso, ante las propuestas de dividir el departamento, siempre he defendido la construcción de un gran Nariño. Desde los decimistas y el proyecto político de Julián Bucheli existió una visión que entendía que el departamento debía mirar hacia el Pacífico.

Bucheli, un conservador de la sierra, comprendió algo que después parecimos olvidar: Nariño necesitaba conectarse con el mar. El proyecto del ferrocarril hacia el Pacífico no era simplemente una obra de infraestructura. Representaba una concepción territorial: conectar, comerciar, encontrarnos, ir y estar. La creación de la Universidad de Nariño también hizo parte de esa apuesta por construir capacidades propias.

La pregunta inevitable es: ¿en qué momento perdimos esa visión? ¿En qué momento otros intereses comenzaron a prevalecer sobre los intereses regionales? ¿Por qué no continuamos aquella idea de integración territorial que comprendía la importancia estratégica del Pacífico?

Tuve la oportunidad de vivir en Tumaco. La vida y el amor por esta región me llevaron a conocer, sentir y estudiar el Pacífico. El conflicto, las tradiciones afro, la música, la relación con la naturaleza, su calidez humana y su manera diferente de comprender el mundo terminaron por atraparme. Pero también comprendí algo elemental: el Pacífico no es solamente Tumaco.

Es Barbacoas. Es Roberto Payán. Es Magüí Payán. Es Francisco Pizarro. Es El Charco. Es La Tola. Es Mosquera. Es Olaya Herrera. Es Santa Bárbara. Son sus ríos, sus comunidades, sus conocimientos, su minería, su pesca, sus jóvenes y una enorme diversidad cultural que todavía no hemos convertido en una verdadera ventaja territorial. Y es algo más grande: el Pacífico es nuestra puerta hacia Asia.

Cuando Nariño piensa su futuro hacia la agenda 2054 no puede hacerlo exclusivamente desde una perspectiva occidental. Podemos aprender de Europa y Estados Unidos, por supuesto, pero también debemos estudiar a Japón, China y otras sociedades asiáticas. Japón, por ejemplo, supo aprender de instituciones occidentales sin dejar de ser Japón. Incorporó conocimientos externos, los adaptó y construyó su propio modelo. Esa debería ser también nuestra aspiración: aprender del mundo sin dejar de ser Nariño.

Pero tampoco necesitamos buscar todos nuestros referentes afuera. Uno de ellos está en el propio Pacífico. José Pino representa el tipo de historia que necesitamos multiplicar. Un joven que aprendió sistemas de manera autodidacta, sin pasar inicialmente por el camino universitario tradicional, y que consiguió desarrollar conocimientos especializados hasta alcanzar reconocimiento internacional por su trabajo relacionado con la seguridad de empresas. Necesitamos más José Pino en el Pacífico.

Durante demasiado tiempo hemos reducido el talento del Pacífico al fútbol, el baile, el folclor o la música. Todos ellos constituyen una extraordinaria riqueza, pero el Pacífico es mucho más. También produce conocimiento, ciencia, tecnología, investigación, emprendimiento e innovación. Existen investigadores provenientes del Pacífico, como Ricardo Torres, que se han convertido en referentes académicos en asuntos tan importantes como el agua. Esas historias deberían ser conocidas por nuestros niños y jóvenes. La región geográfica, los prejuicios y nuestras propias barreras culturales muchas veces nos han impedido reconocer ese talento.

Los ilegales entendieron antes el territorio. Existe además una paradoja dolorosa que hemos señalado anteriormente: los ilegales avanzan más rápido que los legales. Los grupos armados y las economías ilegales han comprendido perfectamente el valor estratégico de los corredores, los ríos, el oro, la coca, las fronteras y la salida al océano. Mientras ellos construyen corredores y redes económicas, el Estado deja proyectos inconclusos. Tenemos que invertir esa ecuación. No podemos acostumbrarnos a obras a medias, inversiones truncadas y proyectos estratégicos que pasan décadas sin concluirse. Las experiencias de infraestructura inconclusa en diferentes lugares de Nariño deben servirnos de advertencia. Un departamento no se desarrolla inaugurando pedazos de proyectos. Se desarrolla terminándolos y conectándolos alrededor de una visión territorial.

El Pacífico también obliga a discutir seriamente nuestra economía. Necesitamos formalizar y legalizar la explotación del oro para que los recursos permanezcan en el territorio y, al mismo tiempo, fortalecer la presencia estatal para enfrentar el enorme daño ambiental producido por la minería ilegal. Pero formalizar el oro no puede significar profundizar indefinidamente un modelo extractivo. La propuesta debe ser mucho más ambiciosa: utilizar las rentas provenientes de nuestros recursos naturales para financiar educación, ciencia, tecnología y conocimiento. Transformar una riqueza agotable en capacidades permanentes.

En ese sentido, Nariño necesita superar una discusión fiscal demasiado pequeña. No podemos pensar eternamente nuestras rentas únicamente alrededor del licor, el cigarrillo y los impuestos tradicionales.Tenemos oro. Tenemos biodiversidad. Tenemos mar. Tenemos conocimiento. Debemos pasar progresivamente de las rentas del oro a las rentas del conocimiento; de la extracción a la innovación; de depender de recursos naturales a producir ciencia, tecnología y sistemas. Ese debería ser uno de los grandes propósitos de Nariño hacia 2054.

Pesca, economía azul y emprendimiento. El océano tampoco puede seguir siendo simplemente paisaje. Necesitamos estudiar seriamente la vocación económica de nuestro territorio, el futuro del puerto, la pesca y las posibilidades de la economía azul.

También debemos reconocer experiencias que ya existen. La Escuela Taller de Tumaco y la Cámara de Comercio de Tumaco han contribuido a sostener procesos de emprendimiento, cualificación y fortalecimiento empresarial. Productos provenientes de nuestra biodiversidad, como el naidí, demuestran que existe una economía posible alrededor del conocimiento y aprovechamiento sostenible del territorio.

No tenemos que comenzar siempre desde cero. Hay que identificar lo que funciona, fortalecerlo y multiplicarlo. Educación para derribar las fronteras internas

La integración tampoco se construye solamente con carreteras, puertos o ferrocarriles. Se construye con personas. Necesitamos intercambios permanentes entre estudiantes y profesores de la sierra y el Pacífico. Jóvenes de Pasto, Ipiales o Túquerres deberían conocer Tumaco, Barbacoas y otros municipios costeros, y jóvenes del Pacífico deberían tener mayores posibilidades de conocer y apropiarse del resto del departamento.

Resulta paradójico que durante años existieran nariñenses que vivían relativamente cerca del océano y nunca habían conocido el mar. La pandemia produjo, incluso, un fenómeno interesante: después de experimentar tan de cerca la fragilidad de la vida, muchas personas comenzaron a recorrer más su propio territorio. Algunos descubrieron que el mar estaba mucho más cerca de lo que imaginaban.

Conocer también es integrar. Y aquí aparece un problema que no podemos ocultar: en Nariño existe racismo. La mejor herramienta para combatirlo es la educación. No mediante discursos abstractos, sino haciendo que nuestros niños conozcan otras culturas, compartan con ellas y comprendan que la diferencia no constituye una amenaza.

Descentralizar también a Pasto. Existe además una discusión incómoda que debemos dar. Criticamos con frecuencia el centralismo bogotano, pero hemos reproducido dentro del departamento nuestras propias formas de centralismo. También existe centralismo pastuso. Buena parte del poder político, administrativo, económico y de las oportunidades se concentra en la capital. Si queremos construir verdaderamente región, debemos descentralizar.

Hay que gobernar también desde la provincia y desde el Pacífico. Las instituciones departamentales deben tener presencia permanente en los territorios y no aparecer únicamente cuando existe una emergencia. La integración debe funcionar en doble vía. No se trata de que Pasto le diga al Pacífico qué necesita. Tampoco de desconocer los intereses comunitarios. Se trata de construir mecanismos que permitan conciliar los intereses locales con los grandes intereses regionales.

Por lo anterior, propongo cinco principios para una nueva relación con el Pacífico.

Primero: la diferencia nos hace más fuertes.
Nuestra diversidad geográfica, cultural y étnica debe convertirse en una ventaja y no en una razón para dividirnos.

Segundo: la educación derriba fronteras.
Es nuestra principal herramienta para combatir el racismo, reconocer al otro y construir identidad regional.

Tercero: el futuro de Nariño mira hacia el Pacífico.
El océano no es nuestro límite. Es nuestro camino hacia nuevas oportunidades, particularmente hacia Asia-Pacífico.

Cuarto: debemos transformar recursos naturales en conocimiento.
El oro, la biodiversidad, la pesca y las demás riquezas deben financiar educación, ciencia, tecnología e innovación para las próximas generaciones.

Quinto: hay que descentralizar el poder.
No podemos combatir el centralismo nacional mientras reproducimos un centralismo departamental. Nariño también debe gobernarse desde sus provincias y desde el Pacífico.

Finalmente, esta transformación no depende únicamente del Estado. Cada nariñense puede convertirse en un agente de cambio modificando su manera de relacionarse con el Pacífico. Conocerlo. Recorrerlo. Escucharlo. Consumir sus productos. Reconocer sus emprendimientos. Valorar su cultura. Aprender de sus comunidades. Defender su ambiente. Reconocer el talento de sus jóvenes. Pero esa relación debe ser de doble vía y estar fundada en algo elemental: la dignidad de cada persona.

No podemos construir región desde la discriminación por el origen territorial, la forma de pensar, la religión, la identidad, la cultura o la posición económica. La política y la ideología no pueden terminar destruyendo aquello que debería unirnos como sociedad. La historia de Nariño se construye con cada historia individual: con el joven que aprende sistemas desde un computador en el Pacífico; con quien crea una empresa; con el pescador; con el investigador; con el artista; con el agricultor; con el docente; con quien protege un río; con quien genera un empleo.

Los desastres y las tragedias suelen recordarnos algo que después olvidamos rápidamente: somos capaces de ser solidarios y de reconocernos como parte de una misma comunidad. No deberíamos necesitar una tragedia para hacerlo. Tenemos que reconstruir una identidad nariñense capaz de reconocer nuestras propias injusticias, pero también nuestras enormes fortalezas.

Durante mucho tiempo nuestra condición de territorio particular y diferente nos permitió construir una mirada propia. No todo estuvo equivocado. Lo que necesitamos ahora es ajustar esa mirada a los desafíos de las próximas generaciones. Porque llegará un momento en que ellas nos preguntarán qué hicimos cuando todavía era posible cambiar el rumbo. Que no tengan que decir que no lo intentamos. Que puedan decir que una generación decidió nuevamente mirar hacia el mar. Que Nariño comprendió finalmente que el Pacífico no estaba en su periferia. El Pacífico estaba en el centro de su futuro.

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