Nariño en voz alta: nos quejamos, pero aguantamos.

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Pablo Emilio Obando A.
En Nariño somos expertos en quejarnos.
Del político.
Del alcalde.
De la carretera.
Del recibo.
Del abandono.
De la corrupción.
Nos quejamos en la tienda, en el taxi, en la esquina y ahora también en las redes sociales.
Pero llega la hora de preguntar algo incómodo:
¿Cuánto de aquello que criticamos seguimos permitiendo?
Protestamos contra el mal servicio, pero aceptamos el maltrato.
Denunciamos la corrupción, pero buscamos la recomendación.
Exigimos transparencia, pero cerramos los ojos cuando el beneficiado es un amigo.
Pedimos mejores gobernantes, pero a veces elegimos por simpatía, parentesco o conveniencia.
El problema no siempre está allá arriba.
A veces también está aquí abajo.
En nuestra indiferencia.
En nuestro silencio.
En esa peligrosa costumbre de decir:
“¿Para qué meterse en problemas?”
Tal vez Nariño no necesita más indignación.
Necesita ciudadanos dispuestos a convertir la indignación en carácter.
Porque quejarse es fácil.
Lo difícil es no acostumbrarse.
NARIÑO EN VOZ ALTA
Hoy la pregunta no es qué están haciendo mal los demás.
La pregunta es: qué estamos dispuestos a dejar de tolerar nosotros.

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