Por Tirso Benavides Benavides
Estaba en el séptimo piso de un edificio en Pasto, en plena reunión de trabajo, cuando el suelo dejó de comportarse como suelo. Al principio fue apenas un balanceo, el tipo de mecida que uno aprende a ignorar cuando ha crecido a la sombra del Galeras. Pero este no se detuvo. Se estiró, ganó fuerza, y terminó por sacarnos del edificio en fila, contando escalones, calculando en silencio cuánto más iba a durar. En Pasto uno cree conocer el lenguaje de la tierra, pero el mensaje de esta mañana hablaba en un dialecto distinto, más largo y más hondo que cualquiera de los que recordábamos.
A las 7:34 de la mañana, un sismo de magnitud 7,4, con epicentro en el municipio de San José del Palmar, en las entrañas del Chocó, y una profundidad cercana a los 96 kilómetros, sacudió con crudeza las estructuras físicas y emocionales de Colombia. El balance que hoy le duele al país contabiliza 111 fallecidos, decenas de heridos, edificaciones reducidas a escombros en Pereira, Manizales, Cali y Quibdó, y un toque de queda decretado en la capital vallecaucana ante el temor a los saqueos.
Mientras los cuerpos de rescate removían toneladas de concreto buscando sobrevivientes, en el plano digital se desplegaba un espectáculo aún más desolador: la instrumentalización maquiavélica e inmediata de la tragedia por parte de los extremos políticos. En lugar de un silencio respetuoso o de una solidaridad orgánica, la conversación pública se convirtió de inmediato en trinchera. De lado y lado, el cálculo proselitista le ganó la partida a la más elemental decencia.
Por un lado, el dogmatismo ilustró el tamaño de su ignorancia analítica. Fanáticos del petrismo salieron a culpar al neoliberalismo por el movimiento telúrico, olvidando que la geología planetaria opera desde los orígenes de la Tierra, mientras que la corriente económica que aborrecen apenas nació en 1938. En el mismo saco de desatinos, otros señalaron al fracking como causa del desastre, una práctica dañina, sí, pero que jamás se ha implementado en la selva chocoana. La urgencia por encajar la naturaleza en el libreto del enemigo de clase terminó bordeando el ridículo.
Desde la otra orilla, la insensibilidad alcanzó niveles igual de lamentables.
Con la furia propia de una tigresa digital, la joven activista Jerome Sanabria publicó un mensaje feroz evocando a Javier Milei: “zurdos hdp, tiemblen”, relacionando burlonamente la sacudida sísmica con el pulso político del país. A la par, cuentas radicales difundieron montajes falsos generados con inteligencia artificial que mostraban la supuesta caída del monumento de Puerto Resistencia en Cali, celebrando el derrumbe ficticio de un símbolo social, mientras miles de ciudadanos reales buscaban a sus familiares bajo escombros de verdad.
Ninguno de los dos bandos tiene la razón. Ambos se equivocan de la misma manera. Esta no es forma de afrontar una tragedia ni la crisis que conlleva. No es momento de buscar culpables ideológicos ni de cobrar cuentas de orilla a orilla, sino de articular soluciones en las que se sienta que somos una sola nación.
Esta ceguera moral no es nueva, pero hoy resulta imperdonable. Ya lo advertía Albert Camus en La Peste: convertir la catástrofe colectiva en argumento ideológico para aplastar al rival no es más que un crimen contra la condición humana misma. Susan Sontag, en Ante el dolor de los demás, describió algo parecido: la contemplación de la desgracia ajena, cuando se filtra por el sesgo militante, deja de apelar a la compasión y se convierte en trofeo dentro de una guerra de relatos.
Ojalá este golpe y esta tragedia colectiva nos sirvan para reflexionar como sociedad. Es necesario que abramos los ojos ante el grado de mezquindad y deshumanización al que la polarización política ha arrastrado a Colombia. Si el crujir de la tierra, la devastación en varias ciudades y la pérdida de más de un centenar de vidas no bastan para pausar el odio y hacernos sentir un mismo pueblo, habremos cruzado un punto de no retorno.
Porque el terremoto más peligroso que hoy amenaza a Colombia no se mide en la escala de Richter. Es el terremoto de la polarización, y ese no avisa con réplicas ni se anuncia en los boletines del Servicio Geológico. Lleva años acumulando presión bajo la superficie, y cada post cruel de estos días es una grieta más en el terreno que sostiene lo poco que nos queda en común.
Los edificios se pueden reconstruir. Las víctimas se pueden honrar. Lo que no sé si tiene arreglo -tristemente- es un país en donde ni siquiera 111 muertos son suficientes para ser empáticos, para pensar en el otro sin sesgos, sin odios infundados. Ese, y no otro, es el verdadero desastre nacional.




