Escuchando nota
Por: José Arteaga
(X-Twitter: @jdjarteaga)
Mi padre no suele tener miedo de los temblores. De hecho, entre más nerviosa se pone la gente a su alrededor, más tranquilo se torna él como si quisiera contravenir las normas establecidas y las creencias populares sobre lo que se debe y no se debe hacer cuando la tierra tiembla.
En general, los pastusos solemos tener fama de ser bastante tranquilos frente a los temblores, aunque cada miembro de cada familia guarde con temor el recuerdo de algún temblor y terremoto que lo marcó. Mi abuelo solía persignarse cuando le mencionaban La Chorrera, quizás porque se salvó de milagro en aquel fatídico enero de 1936, y porque ese día se hundió el caserío donde había nacido cerca de Túquerres: Chananrro (hoy Chanarro).
Yo, en cambio, guardo en mi mente dos sucesos que afectaron a Pasto de diferente manera. El primero porque se sintió muy fuerte la noche del 12 de diciembre de 1979. La lámpara del techo se movía y todas las estanterías sonaban a tintineo de copas a punto de caerse. Mi madre me sacó corriendo para ver como toda la Avenida Boyacá estaba en pijama, asustada y nerviosa. 7,9 fue la medición de la Escala de Richter aquella noche, con epicentro a 40 millas náuticas de la costa de Tumaco y a 33 kilómetros de profundidad, cuyo maremoto consecuente la arrasó. Recuerdo las grietas en las viejas paredes de adobe de las casas viejas de Pasto, incluyendo una en el Colegio Javeriano, porque hubo clase al día siguiente.
Y recuerdo que me impactó la historia de Bartolo, un músico ciego que tocaba maracas en una esquina de una calle de Tumaco, mientras al puerto se lo tragaba el mar. Fue lo más parecido a los músicos del Titanic, quienes tocaban durante su hundimiento.
El segundo no se sintió tanto en la ciudad. Para Pasto fue un eco lejano, pero para la historia de Colombia fue una tragedia. Sucedió el 31 de marzo de 1983 cuando un terremoto de 5,5 acabó con medio Popayán. Ese mismo día se pedía por la radio y por megafonía que quienes quisieran ayudar, se subieran a una caravana de camionetas que iba para allá con alimentos, herramientas y medicinas. Varios amigos y conocidos salieron para allá y a la vuelta contaban historias que no salían en las noticias: Gonzalo Rodríguez Gacha “El Mexicano” repartiendo fajos de billetes; las tapas de los ataúdes saltando y los cadáveres al aire libre en el cementerio; las carpas enviadas por Estados Unidos que se perdieron y nunca llegaron a su destino…
Pero lo que más me impactó y me hizo comprender la vocación heroica del periodismo, fue la historia del diario El Liberal, el único que había en el Cauca. Su director organizó un comité de emergencia, y sus redactores, con máquina de escribir en mano, se pusieron a trabajar a pie de calle. Las hojas, tal cual iban saliendo, se metían en sobres de manila, junto a los rollos de fotos, y un mensajero los llevaba a Cali para que se levantara e imprimiera un tabloide de carácter extraordinario en las rotativas del diario El Caleño.
Si, cada persona tiene algo que contar cuando ocurre un temblor o un terremoto. Todos dejan huella, sobre todo una región tan proclive a los movimientos telúricos. Según la Red Sismológica Nacional se puede llegar en Colombia a 2.500 sismos al mes, y aunque la mayoría no se siente, una gran parte acontece en Nariño. La historia sísmica de Pasto es constante debido a su ubicación tan peculiar, en el Nudos de los Pastos, al pie de un volcán, cerca de otros, con el mar no muy lejos, sobre una placa tectónica sensible.
Historiadores como Luis Alberto Martínez Sierra o Benhur Cerón-Solarte han detallado ese largo historial, haciendo hincapié en los sismos más importantes: el de 1827 en Popayán (7,7); el de 1834 en Santiago, Putumayo (7,0); el de 1906 en Tumaco (8,6); el de 1923 en el Cumbal (6,2); el de 1935 en Tangua (5,8); o el que ya hemos dicho de La Chorrera (7,0), del que guardo varias fotos (mi abuelo era aficionado a la fotografía y andaba con una camarita Kodak Baby Brownie para todo lado).
Allí se puede apreciar la magnitud de los aludes que siguieron al temblor, tierra y lodo que cubrió toda vida; las casas refugio de madera sobre pilotes; las carpas para afectados que se levantaron en la plaza de Túquerres; los niños huérfanos acogidos por las madres franciscanas; las haciendas caídas por primera vez en Guaitarilla (habría otro terremoto en 1953); y las casas derrumbadas por segunda vez en Carlosama, pues ya habían sido reconstruidas tras el sismo de 1923.
Hay libros maravillosos sobre las vivencias y las emociones humanas en la literatura universal. “Nada, nadie: las voces del temblor”, de Elena Poniatowska, es una crónica extraordinaria sobre el terremoto de 1985 en Ciudad de México. Su lectura es tan subyugante como aterradora: “Una enfermera que se niega a dar su nombre salió de turno en pediatría momentos antes del temblor. Detenida en la calle vio cómo se precipitaban al vacío, por las ventanas reventadas, varias cunas con bebés adentro”.
“Después del terremoto”, de Haruki Murakami, es un recuento de relatos sobre el terremoto de Kobe de 1995. Su escritura entrelaza episodios vividos con reflexiones y creencias. “Gusano vive en las entrañas de la tierra. Es una lombriz enorme. Cuando se enfada, provoca terremotos, dijo Rana. Y ahora está lleno de ira”.
Julián Bastidas Urresti hace justamente una reflexión sobre los sismos y las creencias populares y la fe religiosa en su obra “Historia Urbana de Pasto”. Bastidas escribía que el temor De Dios y la ira divina acompañaban a la comunidad en esos momentos; y cuenta cómo el padre Francisco de la Villota “había vaticinado el tremendo sismo que casi borra del mapa a la ya histórica ciudad de Pasto” en 1834. Cita también al padre Aristides Gutiérrez Villota, quien escribe sobre las averías que deja el temblor: “esto se conservará en lo futuro como recuerdo de lo que Dios sabe castigar los pecados de los hombres conforme su voluntad”.
Los sismos dejan huella en las personas, en las casas y en la fe, porque son como películas de Suspense que nunca terminan, pues las réplicas se convierten en temores constantes.
El 15 de julio de 1947 hubo un terremoto en Pasto de 6,0 grados. Sufrió la iglesia de La Merced y los edificios aledaños, incluida la plaza de mercado. Mucha gente durmió esa noche en camiones y buses por si tocaba irse con rapidez de la ciudad.
El 19 de enero de 1958 hubo un maremoto en Esmeraldas, Ecuador, de 7,6 grados. Cuando empezó el temblor, lo primero que hicieron los habitantes de Tumaco fue ir a la iglesia y sacar en andas a la Virgen de las Mercedes, tal y como habían venido haciendo desde 1906.
Historias y temores estuvieron en la ciudad en marzo de 1987 cuando tembló en Santa Rosa de Quinos, Napo, Ecuador (7,0); en noviembre de 1991 cuando tembló en Chocó (7,1); en marzo de 1995 cuando rugió el Galeras (5,0); en febrero de 2013 cuando tembló en Yacuanquer (7,0); y en junio de 2018 cuando tembló en los alrededores del volcán (4,5).
Seguiremos así, no hay más remedio. Quizás en el futuro haya herramientas que permitan anticiparse lo más posible a estos sucesos, y la construcción anti-sísmica se haya perfeccionado. Por ahora hace parte de nuestros recuerdos más profundos.




