El balón también reconstruye

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Pablo Emilio Obando A.
Una calamidad no destruye únicamente casas, calles y paredes. También puede estremecer el mundo interior de un niño. Después del miedo, llega el silencio; después del silencio, la incertidumbre. Por eso, en medio de una tragedia, un balón puede parecer poca cosa.
Pero para un niño puede significar muchísimo.
Jugar es volver, aunque sea por unos minutos, a la vida de antes. Es correr cuando todo alrededor parece detenido. Es reír cuando el miedo todavía permanece en la memoria. Es compartir cuando la tragedia amenaza con aislarnos. El juego no es un lujo: es una necesidad de la infancia.
La psicología reconoce en el juego una poderosa herramienta de expresión y recuperación emocional. Los niños muchas veces no saben explicar lo que sienten, pero saben jugarlo.
Un balón puede convertirse en una puerta hacia la normalidad perdida. Puede ayudar a recuperar confianza, vínculos, imaginación y esperanza.
Naturalmente, ningún juguete reemplaza la alimentación, la vivienda o la atención psicológica.
Tampoco sustituye la seguridad ni la responsabilidad de las instituciones. Pero una cosa no excluye la otra. Podemos atender las necesidades materiales y, al mismo tiempo, cuidar el alma de nuestros niños.
Por eso resulta preocupante que hasta la alegría infantil termine convertida en una disputa política.
No todo gesto debe ser juzgado por el color político de quien lo realiza. Podemos discrepar profundamente de una persona y reconocer, al mismo tiempo, una acción positiva. La infancia debería estar por encima de nuestras trincheras ideológicas.
Colombia necesita aprender que reconstruir después de una tragedia también significa reconstruir emocionalmente. Y para ello hacen falta psicólogos, maestros, familias, espacios seguros y oportunidades para jugar. Necesitamos más parques, mejores canchas y verdaderas zonas lúdicas en nuestros barrios. Espacios dignos donde la infancia pueda correr, imaginar, crear y volver a sentirse protegida.
Después de una tragedia, no basta con levantar paredes: hay que levantar esperanzas. No basta con reconstruir viviendas: hay que reconstruir sonrisas. Un niño que vuelve a jugar está diciendo, sin palabras, que la vida continúa. Tal vez los adultos necesitamos aprender nuevamente de ellos. Porque mientras nosotros discutimos quién tiene la razón, ellos solo quieren volver a ser niños.
Que nunca nos avergüence entregarles un balón cuando necesitan esperanza. El verdadero desafío no es escoger entre ayuda material y alegría: es garantizar ambas.

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