Laura: más voz que corona, la historia de una reina que hizo de su autenticidad una forma de liderazgo

2 visitas

Compartir artículo en:

Detrás de la corona hubo una mujer que durante años tuvo miedo de su propia voz, una niña enamorada del Carnaval, una arquitecta que encontró en las redes sociales una manera de contar la historia de su tierra y una hija que siente que, de alguna forma, su madre fallecida también vivió junto a ella el año más especial de su vida. Laura terminó su reinado con una certeza que resume su historia: “Yo ahora me siento con más voz que con la corona”.

Salir a caminar por Pasto después de haber sido reina tiene para Laura un significado diferente. La gente la reconoce, la saluda, se acerca. Muchos son completos desconocidos para ella, aunque Laura siente que, de alguna manera, ya los conoce.

“Muchas veces me dicen: ‘¿Los conoces?’, y yo les digo no, pero yo siento que sí”, cuenta.

Durante un año recibió mensajes, comentarios, palabras de respaldo y manifestaciones de cariño de personas que probablemente nunca había visto. Laura procuraba leerlas, incluso cuando hacerlo significaba terminar tarde sus actividades.

Lo que para alguien podría ser simplemente un saludo en la calle, para ella representa algo más profundo: “Es como esa intimidad que se creó entre lo que es Laurita y lo que es la ciudad”.

Esa relación ayuda a explicar un reinado que terminó trascendiendo la corona.

“Para mí ser reina es ser mujer”

Cuando se le pregunta qué significa ser reina, Laura no comienza hablando de vestidos, pasarelas, maquillaje o reconocimientos.

Su respuesta es mucho más sencilla:

“Para mí es ser mujer”.

Después profundiza: “Para mí ser reina puede ser mujer en el máximo esplendor”.

El reinado se convirtió en una plataforma desde la cual pudo mostrar su liderazgo, pero también las razones por las cuales se siente orgullosa de Pasto y de Nariño. Lo inesperado fue descubrir que ese orgullo podía contagiarse.

“Ellos también empezaron a sentirse orgullosos de lo que son”, recuerda.

Para Laura, ser reina terminó significando amar, vivir, liderar procesos y, especialmente, tener una voz.

Paradójicamente, esa voz se hizo todavía más fuerte cuando terminó el reinado.

“Yo ahora me siento con más voz que con la corona”.

Sin las obligaciones propias del título, siente mayor libertad para respaldar causas, ayudar y movilizar personas. Lo comprobó durante la emergencia provocada por el terremoto. Estaba fuera del país y la imposibilidad de ayudar directamente le produjo impotencia. Entonces comprendió que podía hacerlo de otra manera: conectando personas, consiguiendo transporte y articulando apoyos.

El reinado le había dejado algo que no se entrega junto con la corona: una red.

Ser pastusa y nariñense: “ser bien única”

Si algo atravesó su año como reina fue la identidad.

“Para mí ser pastusa y ser nariñense es ser bien única”, afirma.

Laura reivindica la amabilidad, la lealtad y la manera particular como los nariñenses se relacionan con los demás. Incluso cuestiona uno de los estereotipos más repetidos sobre los pastusos: que son callados, tímidos o introvertidos.

“El pastuso lo que está haciendo es pensando”.

Para ella, esa capacidad de observar también explica por qué los nariñenses pueden relacionarse fácilmente con otras personas: saben escuchar y entender.

Su manera de reivindicar esa identidad fue, precisamente, mostrarse como era.

Al comienzo tuvo miedo.

Sabía que exponerse públicamente implicaba aceptar que también podían juzgarla. Por eso puso una condición: no quería libretos que la obligaran a representar a alguien que no era.

“A mí, por favor, no me vayan a pasar un guion, que así no me sale”.

La respuesta de la gente terminó liberándola.

“Cuando yo me di cuenta que eso le gustó a la gente, yo me relajé. Yo no estaba trabajando de reina, yo lo estaba viviendo”.

La niña que pensó que hacía demasiado ruido

Esa autenticidad tenía detrás una historia mucho más íntima.

Laura recuerda que cuando era niña se sentía juzgada por ser inquieta, creativa y extrovertida. En ocasiones llegó a pensar que ser “bullosa” era un defecto.

El reinado produjo una reconciliación con aquella niña.

Las características que alguna vez la hicieron sentirse diferente terminaron siendo precisamente aquellas que le permitieron conectarse con miles de personas.

“Fue un momento también de decirme: ¿sabes qué, mujer? Eres perfecta tal cual eres, con tus buenas, con tus malas, con tu bulla, con tu inquietud”.

La corona terminó funcionando como una afirmación personal.

“Nunca estuviste mal, simplemente eras niña”.

El Carnaval apareció por un error

Curiosamente, convertirse en reina no había sido el gran sueño de su infancia.

El Carnaval, en cambio, sí.

Desde los 12 o 13 años quería participar en la senda. Le interesaba especialmente la dimensión artística: ayudar con una carroza, una comparsa, pintar, crear y formar parte de la fiesta.

Su vínculo con el Carnaval nació, además, de una historia casi accidental.

Cuando estudiaba en el colegio, los niños debían desarrollar un “plan de vida”, una meta colectiva que ejecutarían durante el año. Ellos querían algo mucho más sencillo: una fiesta de Carnaval con música, comida, espuma y baile.

Pero redactaron mal la propuesta.

El colegio entendió que los estudiantes estaban proponiendo organizar un carnavalito.

Lo que comenzó como un error infantil terminó convirtiéndose en un proyecto. El padre de Laura apoyó el componente histórico y empezó a contarle con mayor profundidad las historias del Carnaval.

La iniciativa fue tan exitosa que el colegio terminó participando y la tradición continuó durante años.

“Un niño la embarró por no saber escribir, pero a fin de cuentas nos dio el mejor regalo”, recuerda Laura.

Un padre paisa que le enseñó a amar Nariño

Hay otra paradoja en su historia.

Buena parte de ese profundo amor por Pasto y Nariño se lo transmitió su padre, quien no nació en la región.

Él es paisa, pero se enamoró de esta tierra y decidió echar raíces aquí después de casarse con una pastusa.

Desde pequeña le habló a Laura sobre la ciudad, el departamento, su historia y su Carnaval.

Años después, cuando ella comenzó a crear contenido para redes sociales, recordó aquellas conversaciones.

Si su padre había sido capaz de explicarle a una niña de diez años una historia que podía parecer compleja, ella también podía contarla de una manera sencilla a través de TikTok.

Así comenzó.

Publicó historias sobre aquello que la hacía sentirse orgullosa y descubrió que podían despertar ese mismo sentimiento en otras personas. El contenido fue creciendo hasta encontrarse naturalmente con el Carnaval.

Sin proponérselo inicialmente, estaba construyendo una marca personal.

La chaqueta que pintó durante todo el reinado

Hay un objeto que resume buena parte de esta historia: una chaqueta.

Laura expresa muchas cosas con las manos. Cuando comenzó su candidatura llevó una hoja de vida completamente intervenida por ella. Hizo un collage y hasta decoró con colibríes pintados a mano la bolsa en la cual la entregó.

Pero todavía tenía emociones que necesitaba sacar.

“¿Qué pinto?, ¿cómo desahogo todo esto que estoy sintiendo?”, se preguntó.

Entonces apareció la chaqueta.

Comenzó a pintarla durante la candidatura y continuó haciéndolo durante el año de reinado. Poco a poco se convirtió en una especie de diario visual de aquella experiencia.

Por eso, cuando llegó el momento de grabar el video de despedida, tuvo claro que debía aparecer con ella.

“Yo quiero salir en ese video con mi chaqueta, porque ese es el cierre”.

La candidatura había comenzado con aquella chaqueta y simbólicamente también debía terminar con ella.

La voz que alguna vez no quiso escuchar

Si la chaqueta representa su creatividad, la voz representa quizá su transformación más profunda.

De niña, Laura tenía complejos con su voz.

“A mí me daba miedo hablar”.

Una exposición en el colegio podía convertirse en motivo de pánico. No era necesariamente por su acento; simplemente no le gustaba escuchar cómo sonaba.

Las redes sociales comenzaron a cambiar esa relación consigo misma.

Crear contenido no consistió únicamente en encender una cámara. Hubo detrás un proceso interno. Laura tuvo que escucharse una y otra vez hasta que ocurrió algo inesperado: comenzó a gustarle aquello que decía.

Comprendió entonces que el valor de una voz no depende solamente de su tono.

“Una voz, lejos de cómo suene o la lírica que tenga, te transmite algo”.

Y ella quería transmitir amor, cariño y respeto por su territorio.

“Siento que a través de la voz logré empoderarme y empoderar también al resto de nariñenses que en algún momento dudaron de ellos”.

La niña que sentía pánico de hablar terminó haciendo de su voz una de sus principales herramientas de liderazgo.

Álvaro Leyton: una reina a la que no había que inventarle un personaje

Álvaro Leyton acompañó de cerca el proceso y aporta otra mirada sobre las razones que explican la conexión de Laura con la ciudadanía.

El trabajo, explica, partió de estudiarla a ella: sus características, estructura, personalidad y manera de proyectarse. El propósito era construir una propuesta estética que la hiciera lucirse sin borrar quién era.

“La vitrina de ella es única. Es Carnaval, ella es reina del Carnaval una vez en la vida”, señala Leyton.

A su juicio, Laura alcanzó un nivel especial de aceptación y encuentra una explicación fundamental: la naturalidad.

“Con Laura pasó algo bien importante, que fue que mostró una naturalidad. De pronto eso era lo que queríamos ver”.

El maquillaje fue suave; el vestuario buscó respetar sus características y no se construyó un personaje artificial.

“Nunca se dijo a Laura: ‘Tienes que hablar así, tienes que hablar de esta manera’. Jamás”.

Según Leyton, los resultados terminaron respaldando esa apuesta. Laura recibió reconocimientos del Concejo, la Cámara de Comercio, su colegio y la Asamblea Departamental de Nariño.

Además, su elección tuvo un componente significativo: se produjo mediante elección popular después de varios años.

Posteriormente llegó otra oportunidad. Hernán Zajar, quien había participado como jurado, quedó cautivado por su naturalidad y la invitó al desfile realizado en el marco de los 500 años de Santa Marta.

Laura tuvo entonces que pasar rápidamente del desenvolvimiento propio de una reina a prepararse para una pasarela nacional.

Para Leyton, fueron hechos que marcaron un año excepcional.

El miedo a que solo vieran una mujer bonita

Pero detrás de la seguridad que proyectaba existía un temor que Laura expresa de manera directa.

Le preocupaba profundamente lo que podía significar el estereotipo de “reina”.

“Yo tenía pavor, susto, que solo pensaran que era una niña bonita que podía sexualizar la gente y que era tonta”.

No quería pasar un año reproduciendo esas ideas.

Quería demostrar que detrás de la belleza había una mujer con conocimiento, criterio, historia y capacidad de liderazgo.

“La mujer pastusa tiene conocimiento, tiene patrimonio y lo puede compartir ante el mundo”.

La moda y la marca personal debían servir precisamente para comunicar eso, no para convertirla en un objeto.

Laura considera que lo consiguió.

“Siempre me trataron con dignidad y con respeto”.

Y resume aquella experiencia con una frase:

“Cómo te ves, cómo te tratan. Y a mí siempre me trataron como una mujer, como una dama”.

Los vestidos que decidió dejarle a Pasto

Hay una decisión que lleva esa concepción del reinado un paso más allá.

Laura decidió donar sus vestidos al Museo del Carnaval, algo que, de acuerdo con lo expresado durante la entrevista, ocurre por primera vez.

La idea comenzó a tomar forma después de hablar con antiguas reinas.

Laura les hacía una pregunta:

“¿Dónde tienes guardados tus vestidos?”.

Las respuestas la inquietaban.

“No, yo los tengo en una cajita debajo de mi cama”, le decía alguna. Otra los conservaba colgados en el clóset.

Laura miraba entonces sus propios vestidos y pensaba que ese no podía ser su destino.

“No es el lugar donde se merecen estar estos vestidos. La historia y la profundidad que tiene el diseño tiene que ser visto permanentemente”.

Sus trajes, además, no habían sido concebidos únicamente para lucirse durante unas horas. Existía detrás de ellos una investigación y una narrativa.

Estaban inspirados, entre otros elementos, en los cien años del Corso de Flores y recuperaban referentes de los años veinte: plumas, corsé y una ornamentación cuidadosamente construida.

Por eso, después de mantenerlos durante algunos meses cuidadosamente colgados para evitar que se deterioraran, tomó una decisión y se la comunicó a su padre:

“Papi, yo los quiero donar”.

La razón vuelve a conducir a la misma idea que atravesó todo su reinado: compartir la identidad.

“Las personas que vengan de afuera tienen que entender qué era el Corso de Flores y cómo se refleja a través de estos vestuarios”.

Una donación para reconocer también a quien crea

Para Laura existe otra razón, incluso más importante, para que los vestidos permanezcan en el Museo del Carnaval: reconocer el trabajo de quienes están detrás de ellos.

“Uno siempre tiene que valorar el trabajo a mano de la investigación”.

Por eso insiste en que los vestidos no pueden exhibirse como piezas anónimas.

“Esos trajes no son solamente para que estén en una senda y la gente se olvide quién los hizo, para nada”.

Las piezas deben estar acompañadas por su reseña y por el nombre de Álvaro Leyton, porque detrás de cada una hubo investigación, diseño, creatividad y muchas horas de trabajo.

“Así como a veces exponen las carrozas, hay que exponer esto, porque también es una expresión artística, lleva el nombre de nuestra región y lleva la historia de la región”.

La donación adquiere así una dimensión diferente. Laura no entrega simplemente la ropa que utilizó durante su reinado: entrega unas piezas que considera parte de la memoria cultural de Pasto.

Álvaro Leyton: llevar el ADN de Nariño sobre el cuerpo

La intervención de Álvaro Leyton permite entender todavía mejor el significado de la decisión.

El diseñador recuerda que durante mucho tiempo el vestuario de las reinas se elaboraba sin una dirección cultural suficientemente definida.

“Dejábamos escapar esa parte tan importante que es nuestra riqueza cultural”.

Para Leyton, Nariño tiene una riqueza artesanal que incluso ha llegado a las grandes vitrinas de la moda colombiana.

“Somos ricos culturalmente, este departamento es demasiado rico culturalmente, artesanalmente”.

Menciona a diseñadores como Mercedes Salazar, Johanna Ortiz, Hernán Zajar y Alfredo Barraza, cuyos trabajos han tenido relación con piezas elaboradas por artesanos nariñenses.

Leyton pone como ejemplo el trabajo con la iraca y la cadena de saberes que conecta territorios como Linares y Sandoná con importantes escenarios de la moda.

La pregunta era entonces inevitable: si el talento artesanal de Nariño podía alimentar grandes propuestas del diseño nacional, ¿por qué la propia reina del Carnaval no debía llevar consigo ese patrimonio?

A partir del trabajo desarrollado con la administración del Carnaval, explica Leyton, comenzó a modificarse la concepción del vestuario.

La premisa pasó a ser clara: hacer vestidos pensados en la reina, pero con un componente cultural y con un ADN artesanal propio de Nariño.

Incluso algo aparentemente sencillo cambió: los vestidos comenzaron a tener nombre y concepto.

Ya no se trataba únicamente de plumas, lentejuelas o una prenda visualmente atractiva. Cada pieza debía contar algo.

El 5 de enero también debía vestirse de identidad

Leyton destaca otra transformación: la institucionalización de un traje especial para el 5 de enero, una fecha que considera esencial dentro de la identidad del Carnaval.

Desde 2021 comenzó a fortalecerse esta propuesta.

El vestido utilizado por la reina ese día debía estar inspirado precisamente en elementos relacionados con la jornada y con la identidad de Pasto. En diferentes años se incorporaron referentes locales, entre ellos el escudo de la ciudad y sus leones.

Así, la reina deja de ser únicamente quien porta un vestido.

Se convierte también en portadora de una narración cultural.

Y eso permite comprender por qué la donación de Laura tiene una dimensión mayor.

Si cada traje fue investigado, diseñado y elaborado para contar una historia, guardarlo indefinidamente debajo de una cama significaría, de alguna manera, guardar también esa historia.

Laura decidió hacer lo contrario: exhibirla.

El secreto está en agradecer

Cuando se intenta identificar los pilares de su liderazgo aparecen tres conceptos: agradecimiento, creatividad y voz.

El primero probablemente explica buena parte de los otros dos.

Laura reconoce que también tiene días tristes. Su alegría no significa desconocerlos. Lo que intenta es no convertirlos en el estado permanente de su vida.

Su secreto parece sencillo: agradecer.

“Cuando uno agradece, uno se siente la persona más afortunada del universo”.

Y no habla necesariamente de grandes acontecimientos.

Agradece un café. El sol. Una lluvia bonita. Poder saludar a su padre. Despedirse de su esposo. Esos pequeños acontecimientos que suelen pasar inadvertidos.

“Esas cositas le dan sentido a la vida”.

El regalo más grande fue la cara de su papá

Cuando Laura habla de su padre, el reinado vuelve a adquirir otra dimensión.

Él vivió intensamente el cariño que recibió su hija. En ocasiones eran las personas quienes lo reconocían en la calle y le expresaban directamente la admiración que sentían por ella.

Durante enero y febrero llegaba a la habitación de Laura para mostrarle los mensajes que continuaban llegando.

Ella intentaba responder.

“Una persona se toma el tiempo de escribirme, yo también me debo tomar el tiempo de leerlo”.

Pero ningún reconocimiento institucional, vestido o pasarela supera para Laura una imagen.

“El regalo más grande, más grande que me ha dado a mí la ciudad es verle la cara a mi papá”.

Su padre siempre le había expresado orgullo por sus logros. Pero esta vez fue distinto.

“El orgullo que yo le vi este año y esa carita, porque llorábamos en conjunto, y ver a mi familia fue un regalo enorme”.

Y estaba mamá

La conversación llega entonces a su punto más íntimo.

La madre de Laura falleció hace diez años.

Había estado vinculada a los reinados, fue modelo y publicista. En algún momento también intentó estudiar arquitectura, pero la carrera resultó demasiado difícil y decidió retirarse para dedicarse a la publicidad.

Con los años, Laura comenzó a descubrir coincidencias.

Ella terminó estudiando arquitectura. Llegó al reinado. Entró al modelaje. Construyó una presencia en redes y aprendió sobre comunicación y marca personal.

De alguna manera estaba recorriendo caminos que también habían formado parte de la vida o de los sueños de su mamá.

Laura recuerda una conversación que tuvo con Dios siendo todavía muy joven, después de perderla:

“Diosito, ¿sabes qué? Si mi mami se quedó con algún pendiente, a mí no me importa. Yo te presto mi cuerpo y te presto mi vida para que lo viva a través de mí”.

Por eso interpreta de una manera muy personal todo lo ocurrido durante su reinado.

“Para mí, ella también vivió lo que yo viví este año”.

Laura habla de “diosidades”: acontecimientos que parecían encajar de una forma difícil de explicar racionalmente.

Y tiene una interpretación íntima para ellos:

“Para mí la explicación es que era mi mamá”.

El año terminó dedicado a ella.

¿Qué queda después de la corona?

Laura no cree demasiado en los planes rígidos.

“Los planes, las líneas rectas en la vida real no funcionan”.

Prefiere hablar de metas.

“Porque la meta, independientemente por el camino que cojas, vas a llegar”.

Tiene tres.

La primera es reencontrarse con su profesión. Es arquitecta y durante el reinado prácticamente dejó de ejercer. Quiere regresar, especialmente al diseño interior, y contempla continuar estudiando.

La segunda está relacionada con aquello que la acompañó desde niña: la cultura y el empoderamiento de otras personas.

Ha comenzado a dictar talleres sobre creación de contenido orgánico y marca personal, especialmente para quienes trabajan alrededor de la artesanía y la cultura. Su experiencia le dejó una convicción: una marca puede posicionarse desde aquello que realmente es una persona, sin necesidad de construir personajes.

Incluso frente a la inteligencia artificial plantea una advertencia: es una herramienta extraordinaria para determinadas tareas, pero no debería reemplazar aquello que hace auténtica a una persona.

Su tercera meta es la más personal: continuar creciendo como mujer.

“Para mí siempre, siempre, siempre en la vida lo más importante sí va a ser la paz y ser feliz”.

La corona fue un año; la historia puede quedarse

El modelaje tampoco está descartado. Laura reconoce que todavía tiene mucho que aprender, pero siempre sintió fascinación por la moda, los vestidos y los grandes reinados.

Durante años vio concursos como Miss Universe preguntándose qué se sentiría estar allí: escuchar a la gente, recibir ese cariño, caminar frente a un público y sentirse bonita.

Ahora puede responderse.

“Yo eso ya lo cumplí”.

También sueña con viajar, continuar creciendo y, más adelante, formar una familia. No existe afán. Antes quiere alcanzar otras metas y, como ella misma dice, tiene “ganas de comerse el mundo”.

Quizá por eso Laura insiste en que la vida no puede dibujarse como una línea recta.

Su propia historia se lo ha demostrado.

Una fiesta infantil mal redactada terminó acercándola al Carnaval. Una niña que temía escuchar su voz terminó hablando ante una ciudad. Una afición por contar historias en redes terminó construyendo una comunidad. Una chaqueta que comenzó a pintar para canalizar lo que sentía terminó convertida en símbolo de su reinado. Una arquitecta llegó a las pasarelas. Una hija terminó recorriendo algunos de los caminos que alguna vez recorrió —o quiso recorrer— su madre.

Y ahora ocurre algo más.

Los vestidos que podían terminar en una caja o en el fondo de un clóset pasarán al Museo del Carnaval. Allí dejarán de ser solamente los vestidos de Laura para convertirse en piezas desde las cuales podrá contarse una parte de la historia del Corso de Flores, del diseño, de los artesanos y del Carnaval de Pasto.

Es quizá la mejor metáfora para cerrar su reinado.

Laura recibió de Pasto una corona, el cariño de la gente y una plataforma desde la cual encontró su propia voz.

Al terminar, decidió devolver algo.

La corona fue suya durante un año. Su voz sigue siendo suya. Y los vestidos decidió dejárselos a Pasto.

Comentarios de Facebook

SOBRE EL AUTOR

Compartir en:

NOTICIAS RECIENTES