Escuchando nota
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Pablo Emilio Obando A.
Cuando las ideologías enceguecen, los partidos dividen y los insultos reemplazan las ideas, la democracia pierde su sentido más noble: elegir con libertad y responsabilidad el destino de nuestros pueblos.
En consecuencia se presenta un interrogante que los nariñenses deberíamos hacernos antes de depositar nuestro voto: ¿qué departamento queremos construir y qué clase de liderazgo necesitamos para conseguirlo? No es una simple y forzosa pregunta como algunos puedan creer. En ella se encuentran nuestras esperanzas, nuestras frustraciones históricas y la posibilidad de romper con ese círculo de dificultades que, durante décadas, ha condicionado el desarrollo de nuestra región.
Nariño necesita mucho más que una contienda electoral. Necesita una conversación seria sobre su presente y su futuro. Necesita ciudadanos capaces de mirar más allá de las banderas partidistas, de los colores políticos y de las lealtades ideológicas para examinar, con serenidad y espíritu crítico, la trayectoria, la preparación, las propuestas y los compromisos de quienes aspiran a dirigir los destinos del departamento.
En Colombia hemos convertido, con demasiada frecuencia, el ejercicio de la política en una disputa de identidades. Votamos por el partido, por el color, por la consigna o por la tradición familiar. En ocasiones, incluso, defendemos una candidatura por simple disciplina política, sin detenernos a examinar sus antecedentes, sus realizaciones o sus propuestas. Y podemos llegar al extremo de descalificar a un adversario sin haber escuchado siquiera sus argumentos.
La democracia, sin embargo, no es un acto de obediencia. Es un ejercicio de discernimiento. La militancia política no debería anular la capacidad de pensar, ni la simpatía por un candidato convertirse en una venda que nos impida reconocer los méritos ajenos. La verdadera convicción democrática consiste, precisamente, en conservar la libertad de juicio, incluso cuando nuestras preferencias personales son puestas a prueba.
Por eso resulta saludable que en Nariño comiencen a abrirse espacios de debate público, particularmente en las redes sociales, alrededor de quienes aspiran a la Gobernación. Allí han encontrado lugar simpatizantes, seguidores y ciudadanos interesados en expresar sus opiniones, confrontar argumentos y discutir el rumbo que debería tomar nuestro departamento.
Estos escenarios pueden convertirse en una oportunidad extraordinaria y única para la deliberación ciudadana. Pero también entrañan un riesgo: que la discusión sobre el futuro termine convertida en una batalla de agravios, descalificaciones y resentimientos. Que la palabra, en lugar de iluminar, se transforme en arma; que la diferencia, en vez de enriquecer, se convierta en motivo de enemistad.
No podemos aspirar a construir un departamento distinto si seguimos practicando las mismas formas de intolerancia que tanto daño le han hecho a nuestra convivencia.
Debatir no significa agredir. Cuestionar no equivale a ofender. Defender una candidatura no exige destruir la reputación de otra persona. Podemos discrepar profundamente, cuestionar decisiones, examinar resultados y exigir explicaciones sin renunciar a la cordialidad ni al respeto. La firmeza de una idea no se mide por el volumen del grito, sino por la solidez de sus argumentos.
Que se discutan los modelos económicos, las políticas educativas, la infraestructura vial, la salud, la seguridad, la generación de empleo, el desarrollo rural, la protección ambiental, la ciencia, la cultura y las oportunidades para nuestros jóvenes. Que se pregunte o cuestiones cómo aprovechar nuestras potencialidades productivas y cómo convertir las riquezas naturales, humanas y culturales de Nariño en bienestar colectivo.
Que se examine la relación entre el departamento y el Gobierno nacional. Que se hable de inversión, de regalías, de gestión institucional, de transparencia y de capacidad para formular proyectos que respondan a las necesidades reales de nuestros municipios. Que cada aspirante explique qué propone, cómo piensa hacerlo, con cuáles recursos y bajo qué mecanismos rendirá cuentas a la ciudadanía.
Y, sobre todo, que se examine la trayectoria de cada aspirante. Sus actuaciones públicas, su experiencia, sus realizaciones verificables, su relación con la comunidad y la coherencia entre lo que ha defendido y lo que hoy promete. Las hojas de vida no deben reemplazar las propuestas, pero las propuestas tampoco pueden desligarse de la historia de quienes las presentan.
No se trata de proclamar anticipadamente vencedores ni de señalar perdedores. Se trata de ofrecerle al ciudadano elementos para decidir con autonomía, sin presiones, sin fanatismos y sin renunciar a su propio criterio. El cargo de gobernador no es un trofeo partidista: es una responsabilidad pública que exige compromiso ético, respeto por la institucionalidad, capacidad de gestión y vocación de servicio.
Nariño conoce demasiado bien el costo de sus dificultades. Las brechas entre el campo y la ciudad, las limitaciones de infraestructura, las necesidades educativas, la fragilidad de muchas economías familiares y las barreras que enfrentan numerosos emprendimientos no pueden seguir esperando mientras nosotros consumimos nuestras energías en disputas estériles. Cada insulto que sustituye una propuesta es una oportunidad perdida para pensar colectivamente. Cada discusión que termina en enemistad nos aleja de la posibilidad de construir acuerdos sobre aquello que debería unirnos.
Lo anterior no significa que debamos ocultar nuestras diferencias ni guardar silencio frente a los errores. Una sociedad democrática necesita crítica, oposición y controversia. Lo que no necesita es convertirlas en odio. La tolerancia no es indiferencia, y la cordialidad no significa renunciar a las convicciones. Significa comprender que el otro también tiene derecho a pensar, preguntar, disentir y participar.
A los nariñenses nos corresponde elevar el nivel ideológico y democrático de esta conversación. Que las redes sociales sean plazas públicas para el encuentro de las ideas y no trincheras desde las cuales nos disparamos palabras cargadas de desprecio. Que los seguidores de una candidatura puedan escuchar a quienes respaldan otra sin considerar esa diferencia una traición. Que tengamos la grandeza de reconocer una propuesta valiosa, venga de donde venga, y la valentía de cuestionar una equivocada, incluso cuando proceda del sector político con el que simpatizamos.
El futuro de Nariño no pertenece exclusivamente a un partido, a un dirigente ni a una candidatura. Nos pertenece a todos: a quienes viven en Pasto y a quienes habitan los municipios más apartados; a los campesinos, los estudiantes, los docentes, los empresarios, los trabajadores, los artistas y las comunidades que esperan oportunidades para vivir con dignidad.
Por eso, antes de preguntarnos quién debe ganar una elección, preguntémonos qué necesita Nariño para avanzar. Antes de defender un color, examinemos las ideas. Antes de repetir una consigna, pidamos argumentos. Y antes de atacar a quien piensa diferente, recordemos que, terminada la contienda, seguiremos compartiendo el mismo territorio, las mismas necesidades y la misma esperanza de un mañana mejor.
La política debería ser el arte de encontrar caminos para vivir juntos, no la práctica de aprender a odiarnos por pensar distinto.
Lo reiteramos: Nariño no necesita que todos pensemos igual. Necesita que, aun pensando diferente, seamos capaces de construir juntos. Ese sería un primer paso para transformar nuestra historia: elegir con conciencia, debatir con altura y comprender que el verdadero triunfo electoral no consiste únicamente en alcanzar el poder, sino en convertirlo en una oportunidad para servir.
No olvidemos que os colores políticos pasan, las campañas terminan y los discursos se olvidan. Pero las consecuencias de nuestras decisiones permanecen en la vida de nuestros pueblos.
Y Nariño merece que, esta vez, pensemos en su futuro antes que en nuestras trincheras




