La nueva música clásica

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Por: José Arteaga
(X-Twitter: @jdjarteaga)
Se cumplió hace poco una nueva edición de PastoJazz: Músicas del Mundo y se prepara una nueva edición de la obra periódica periodística “Fuego del Volcán”, con un capítulo dedicado a la historia de la salsa en Pasto. Pero, ¿qué tienen en común un evento de jazz y un escrito de salsa? Bueno, salsa y jazz han ido de la mano durante muchas décadas y han alimentado estilos en ambos géneros. Nariño ha dado grandes músicos que han tocado tanto jazz como salsa. La lista es enorme.
En 1987, por ejemplo, Javier Martínez Maya creó un grupo llamado Cámara Jazz, cuyo estilo estaba inspirado en el Post-Bop, el Free Jazz y el Flamenco Jazz, pero que acogió en su seno a músicos que se habían dedicado a la salsa como Eduardo Maya o Álvaro Moreno. Es decir, es un asunto de ida y vuelta con mucha conveniencia para ambas. La salsa le aporta al jazz un gran influjo rítmico y el jazz le aporta a la salsa mayores recursos armónicos. De eso se desprende que para tocar tanto uno como otro género hay que haber estudiado música.
Ernesto Sábato se hacía una pregunta vital en su ensayo de 1963 “El Escritor y sus Fantasmas”: ¿el escritor nace o se hace? Y su respuesta era que en la escritura hay un ejercicio académico, pero que es el resultado de un compromiso existencial y visceral con su propio interior. Pues lo mismo vale para la música. Cuando se descubre el talento, se va a la academia y allí surge un aprendizaje que permite liberar esos fantasmas existenciales.
El problema está en descubrir el talento, porque muchas veces las condiciones no permiten vislumbrarlo. Se me viene a la cabeza “Billy Elliot”, la película de Stephen Daldry en la que un chico de clase obrera quiere hacer ballet. Se me viene también a la cabeza la Fundación Sonidos de Libertad, que dirige Luis Adrián Eraso, y que busca ofrecer protección en Nariño a los menores afectados por delincuencia y violencia, y permitirles acceder a programas donde descubran las bondades y virtudes de la música.
En realidad, la formación musical nació de esa forma. Los conservatorios surgieron en Nápoles en 1537 como una opción para salvaguardar a los niños de la vida sin rumbo en la calle. Los clérigos les enseñaban oficios varios, entre éstos la música, dejándolos participar en ceremonias religiosas. Pero con el paso del tiempo la música pasó a ocupar un papel preponderante y el conservatorio dejó de ser un asilo para ser una escuela. En 1795 ya se hablaba de la misión del conservatorio: salvaguardar las tradiciones del arte dramático y musical.
La enseñanza de la música pasó por varios estadios que fueron de la mano de los grandes músicos. Es decir, en la medida en que un compositor hacía una innovación y ésta alcanzaba una trascendencia social, se incorporaba al pensum académico. En 1795 el Conservatorio de París estableció que los oratorios de Georg Friedrich Händel fueran la base pedagógica obligatoria para el análisis y la formación técnica de los alumnos. Así, cada compositor aportó algo.
La obra de Johann Sebastian Bach se estudia por su profundidad en el contrapunto y la polifonía. De hecho, la teoría musical está basada en sus aportes al manejo de la tonalidad, entre otras destrezas. La obra de Ludwig van Beethoven se estudia por la técnica instrumental y el desarrollo técnico y expresivo. La obra de Frédéric Chopin se estudia por la expresividad y el repertorio del piano, que es considerado el instrumento más completo.
Pero en 1941 sucedió un hecho inusual. La New School for Social Research de Nueva York ofreció un curso de historia del jazz que daba créditos académicos formales. Lo impartieron Leonard Feather, padre de la crítica de jazz, y Marshall Stearns, padre de la historiografía musical. Hasta ese momento el jazz había sido rechazado en la enseñanza clásica por sus raíces callejeras. En 1945 se fundó en Boston la Berklee School of Music, por la que han pasado artistas pastusos como Javier Martínez o Vivi Guerrero (aunque ésta en la sede Abu Dhabi).
En Berklee se vio que el jazz potenciaba aspectos naturales como lo lúdico y la expresividad. Así se empezó a conocer la obra de Duke Ellington, Miles Davis o Thelonious Monk, y su influencia empezó a ser notoria en lo técnico. Un caso fue el de John Coltrane, que permitió entender mejor el sistema tritónico y las formas de división de la escala o la llamada progresión de círculo de quintas. Coltrane creía que la música y la geometría comparten leyes universales, uniendo la improvisación del jazz con un orden estructural abstracto.
Con esta música nacieron las orquestas de jazz de las academias, lo cual es hoy algo tan habitual como necesario. Parte esencial de la programación anual del festival PastoJazz es hacer un recorrido por las escuelas de música en Nariño.
Pero llegó la música latina y Tito Puente, uno de los reyes del mambo, comenzó a demostrar que hay otros patrones de excelencia y que estos se pueden incorporar al manejo de la interpretación. Puente decía: “todas estas orquestas de jazz que hay en Estados Unidos están hambrientas de algo nuevo; por eso el jazz latino se ha vuelto muy popular ahora. Combina el jazz con lo latino, no pierde autenticidad, por el contrario mantiene la concepción, el conocimiento de la armonía para que el músico se interese en ejecutar solos”.
El pianista panameño Danilo Pérez, encargado del Berklee Global Jazz Institute, dice por su parte: “Esta música rompe con la rutina, es inmediata, es como vivir cada segundo íntegramente… El jazz latino le permite a las personas explorar su creatividad”.
Y referente al departamento que dirige, anota: “Básicamente, Global Jazz para mí, es la música inclusiva y acogedora de todas las nacionalidades, instrumentos indígenas, música folclórica, diversidad de géneros combinados con el jazz, como nuestra base de fundamento, donde se crea un lenguaje que promueve música con ese puente virtual… Nosotros como latinoamericanos tenemos variaciones de tantas perspectivas, tan bellas, como decía Dizzy Gillespie: “ustedes son el futuro de esta música porque mantienen las tradiciones vivas, culturales, la relación del baile, el canto y los instrumentos”.
Y ahí entra la salsa, que se ha ido convirtiendo poco a poco en el nuevo jazz, venciendo las mismas reticencias que tuvo el jazz ante la música sinfónica. Lo decía Juancho Valencia, director de Puerto Candelaria, en la presentación del libro Salsa en Colombia, editado por Sergio Santana (que tiene un capítulo dedicado a Pasto, por cierto): “Hacer salsa no es fácil. Hay que crear un formato, hacer arreglos, orquestar, e interpretar con una serie de elementos que necesitan conocimiento musical y dominio del tema”.
Quizás por ello, muchísimos músicos acuden a la salsa como fuente de aprendizaje o consolidación del mismo. No hay un género musical que ofrezca tanta riqueza al integrar folclor, afro, jazz, Caribe urbano y tradición antillana; eso sin contar las fusiones y mezclas, o la adaptación de estándares. Para músicos recién egresados de la academia, tocar salsa hoy es como tocar jazz hace 50 años: una forma de adquirir experiencia en todos los frentes. El problema es que esa experiencia aún no está metida en los conservatorios.
Las escuelas privadas de música sí que tienen agrupaciones específicas a modo de especialidad. En la Manhattan School of Music de. Nueva York, por ejemplo, Bobby Sanabria (egresado de Berklee), dirige la Afro-Cuban Jazz Orchestra, que ha grabado varios álbumes con mucho éxito. Pero a los conservatorios les está costando entrar de lleno en este cambio, aunque si valoran la salsa y lo latino desde la etmusicología y bajo el paraguas de Música Moderna.
Ver a la salsa así es mantenerla en lo teórico, lo cual viene de lejos. Jorge Duany escribió en 1984 el ensayo “Popular Music in Puerto Rico: Toward an Anthropology of Salsa”, obra de consulta clave en la Universidad de la Florida. Yo mismo escribí el libro “La Salsa” en 1990 a partir de un estudio de carácter antropológico dentro de la comunicación social en la Universidad Javeriana.
Justificaciones para estos estudios hay varias.
Nelson Gómez, de la Universidad Javeriana de Bogotá, dice: “Más que como un género musical, la salsa se debe abordar como una experiencia sociocultural similar a la literatura: una manifestación artística que establece una narrativa sobre la identidad cultural de cada territorio, que comprende la transformación de las ciudades y sus poblaciones”.
César Augusto González, de la Universidad Central de Bogotá, manifiesta: “La salsa es una música plenamente digna de estudio académico y, de hecho, ya cuenta con un campo consolidado de investigación conocido formalmente como los ‘Estudios de la Salsa’ dentro de las ciencias sociales y las humanidades”.
Xavier Fàbregas, de la Universidad Autónoma de Barcelona, agrega: “La música salsa presenta una transversalidad histórica que la conecta con distintos estilos y géneros musicales iberoamericanos anteriores y también posteriores a su aparición. Si ampliamos la salsa a la música caribeña, antillana, cubana, afrocubana, puertorriqueña, venezolana, colombiana, panameña, peruana (o de otros países), latina, tropical, afroamericana, indígena, étnica, latin music o folklore, podemos llegar hasta el jazz latino y otras músicas que no son salsa”.
Por todo esto pienso que quizás estamos en la etapa de Leonard Feather y Marshall Stearns en 1941, cuando el jazz era tema de conferencias, pero aún no de estudios musicales técnicos formales.
Pero mientras le llega su momento de convertirse en el nuevo jazz o en la nueva música clásica, la salsa mantiene la idea de ayuda social. Y eso también viene de lejos.
El factor vocacional de ayuda y acogida fue el sello que caracterizó la primera institución de enseñanza salsera conocida. En 1972 el músico Johnny Colón creó en Nueva York la East Harlem Music School. “Veía a jóvenes holgazaneando en la esquina, sin nada que hacer más que vagar, beber y tal vez drogarse. Pero también los veía marcando el ritmo y tocando con cualquier cosa que tuvieran a mano. Eso sí que es una muestra de talento, de una herencia especial que llevamos en la sangre, y no debía desperdiciarse. Así que escribí una propuesta, muy emotiva, pidiendo financiación para mi proyecto. No pasó gran cosa hasta que mi disco (“Boogaloo Blues”) se convirtió en un éxito, y entonces alguien que conocía mi música, y que además tenía una posición influyente, me ayudó a sacar adelante el proyecto”.
En otras músicas dicho factor es el que impulsó al músico Carlinhos Brown a fundar una escuela de música en Candeal, problemático barrio de Salvador de Bahía, Brasil, y cuya gesta fue inmortalizada en el documental “El Milagro de Candeal”, de Fernando Trueba. Y también es el factor que llevó a Alejandra Fierro Eleta (Gladys Palmera) a crear La Escuelita del Ritmo, en Portobelo, Panamá; “un conservatorio gratuito… un lugar para fortalecer la herencia cultural negra al tiempo que les ofrece una salida a los jóvenes”. Lo interesante en este último caso es que los chicos más talentosos han podido llegar a Berklee School of Music en Boston.
En Colombia hay casos. La Comuna 1 (Popular) de Medellín cuenta con la nueva Escuela de la Red de Escuelas de Música de Medellín, ubicada en el Parque Biblioteca Santo Domingo Savio. “Trombones por metralletas” fue el lema durante un buen tiempo.
Bien, pero volviendo al tema, hay avances concretos con la salsa de conservatorio en San Juan, pues el Conservatorio de Música de Puerto Rico ofrece un Bachillerato y un Diploma en Ejecución del Jazz y Música Caribeña, además, por supuesto del certificado en etnomusicología caribeña. También en Santo Domingo, pues el Conservatorio Nacional de Música de República Dominicana tiene un departamento de Música Folklórica y Popular.
En Venezuela, que es tan particular, los estudios de música y conservatorios se organizan principalmente a través del Sistema Nacional de Orquestas y de instituciones recientemente transformadas como la Universidad de la Música José Antonio Abreu (que sustituyó al antiguo Conservatorio de Música Simón Bolívar en Caracas). Curiosamente la salsa no está todavía en el pensum, aunque se interpreta como parte de talleres, experimentos y trabajos de grado.
Quedan los conservatorios regionales y ahí está el caso de Colombia, donde cada departamento puede ofrecer avances en materia de música popular local. Por supuesto, la Escuela de Música de la Universidad del Valle tiene en su pensum de ciclo básico la cátedra Historia de la Música Latinoamericana y, sobre todo, una enorme facilidad para que el lenguaje de la salsa interactúe en la formación con otras músicas más clásicas.
Pero fíjense que todo este mundo nuevo ha vuelto a Europa. La Fundació Conservatori Liceu, de Barcelona, ofrece un Grado Superior en la especialidad de Interpretación de Jazz y Música Moderna, que cuenta con un notable enfoque en la percusión latina y ensambles latinos. Allí se analiza e interpreta la salsa de manera formal.
Y el Conservatorio de la Ciudad de Luxemburgo, donde estudian cerca de 4.000 estudiantes, tiene un Departamento de Música Latina, donde se enseña: instrumentos latinos, canto latino, combo, sección de ritmo, lectura musical latina, ritmos para no-percusionistas y ensamble de folclor latino.
El panorama educativo global ha evolucionado en la música y la alta complejidad técnica que tiene la salsa acabará por convertirla definitivamente en el nuevo jazz del siglo XXI.

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