Por Tirso Benavides Benavides
Pasar una historia de Mariana Enríquez al formato audiovisual parecía una empresa peligrosa. En sus cuentos, la puerta de una casa puede abrirse al pasillo de siempre y, sin aviso, allí está un muerto. Lo sobrenatural no llega con truenos ni con música de susto: se sienta en la cocina, fuma, espera y termina haciendo parte de la rutina. Esa mezcla entre realidad y espanto, tan propia del gótico latinoamericano y del terror social contemporáneo, resulta fácil de explicar y muy difícil de filmar.
Mis muertos tristes, la miniserie de cuatro episodios disponible en Netflix, acepta el riesgo y convierte el duelo, la violencia y el abandono social en materia sobrenatural. Pablo Larraín no traslada un cuento de manera literal. Toma el relato que le da nombre como columna vertebral y le injerta personajes, escenas y motivos de Julie, Un lugar soleado para gente sombría y Cuando hablábamos con los muertos. Es una operación de montaje literario: cuatro piezas distintas terminan viviendo bajo el mismo techo. Mariana Enríquez participó en la adaptación, y eso se nota en algo fundamental: la serie conserva la idea de que lo verdaderamente aterrador no siempre viene del más allá, sino de aquello ante lo que la sociedad prefiere hacerse la que no ve.
La protagonista es Ema, interpretada por Mercedes Morán, una médica de sesenta años recién jubilada del Hospital de Clínicas. Desde niña puede ver, oír y hablar con los muertos. ¿Don o condena? Depende del día y del fantasma. Ella ha aprendido a convivir con esa condición con la misma disciplina con la que un médico aprende a soportar el dolor ajeno: escucha, pone límites y procura no perder la cabeza. Su retiro laboral coincide con una pérdida más íntima. Su madre acaba de morir, aunque para Ema la muerte no significa precisamente una ausencia: la señora sigue allí, con quejidos constantes de un dolor físico que aún la aqueja y ocupando su cama, su sillón de la sala, sus espacios.
Mientras espera que su nueva vida de pensionada se acomode económicamente, Ema vuelve a la casa familiar y deja en alquiler su departamento en un barrio de más estrato. La vivienda queda junto al complejo Piedrabuena, en Villa Lugano, al sur de la ciudad de Buenos Aires. El barrio no es un decorado intercambiable. Sus bloques, su gran tanque de agua, sus corredores elevados y sus callejones componen otro personaje.
Larraín ha señalado que esos conjuntos fueron alguna vez emblemas de progreso y luego quedaron relegados al patio trasero de la ciudad. Enríquez suele encontrar el terror justamente allí: en los lugares que el poder abandona y la memoria oficial borra.
Por eso sería un error reducir la serie a una historia de apariciones. Piedrabuena está atravesado por la precariedad, la violencia y la desconfianza. Muchos de sus muertos tuvieron finales brutales: jóvenes asesinados, habitantes de calle, consumidores de drogas y pequeños delincuentes sobre quienes otros ejercieron justicia por cuenta propia. Son vidas marginales incluso después de terminadas. En este universo, la muerte no iguala a nadie; las diferencias de clase también consiguen cruzar la frontera.
El equilibrio aparente en la vida de Ema se rompe con la llegada de Julie, su sobrina. Sus padres han vuelto de Estados Unidos y pretenden internarla en una institución psiquiátrica porque también se relaciona con los muertos. Julie es una joven sometida al acoso y al desprecio por su cuerpo en una sociedad dominada por un ideal de belleza en donde el sobrepeso no tiene cabida. Entre los vivos encuentra burlas, vigilancia y diagnósticos que no comparte, entre los fantasmas descubre deseo, aceptación y placer. Sus encuentros eróticos con espectros de hombres y mujeres no están puestos solamente para provocar. Invierten la lógica del rechazo. El cuerpo que la sociedad humilla es celebrado por quienes ya no pertenecen a ella.
Tía y sobrina comparten una facultad, pero no una manera de ejercerla. Ema evita a los muertos siempre que puede, consciente de que basta hablarle a alguien invisible para recibir el rótulo de loca. Julie se entrega a ellos porque la dureza de sus vínculos reales ha hecho del otro mundo un lugar más hospitalario. Julie se esfuma, y la desaparición de la joven se vuelve el centro de la trama y obliga a Ema, a buscarla en una zona donde la medicina, la policía y el sentido común sirven de muy poco.
Entretanto ocurre algo que nadie puede explicar del todo. Muchos vecinos comienzan a escuchar a sus propios muertos. No alcanzan a verlos, pero reconocen las voces, los reproches y las súplicas. Entonces acuden a la doctora. Ema, buena galena aun después de jubilarse, termina atendiendo pacientes que ya no respiran. No puede curarlos, intenta darles descanso; apenas escucha, negocia y acompaña. Es una bella variación sobre el oficio médico: cuando ya no queda cuerpo que sanar, todavía puede quedar una historia por reconocer.
En el elenco también está Carolina, la hija de Ema, interpretada por Dolores Fonzi. Es fotógrafa y cineasta, y mantiene con su madre una relación intermitente, llena de afectos que no saben expresarse sin convertirse en reproche. Carolina busca lugares marcados por la muerte y los registra con su cámara, ella solo ve espacios vacíos, Ema en cambio, puede ver en la pantalla de la Canon a los muertos que han caído en el lugar.
Allí aparece uno de los dilemas de llevar a Enríquez a la pantalla. En la literatura, buena parte del miedo nace de lo que apenas se sugiere. El lector construye el rostro que falta. Larraín debía escoger una forma concreta para los fantasmas y optó por figuras borrosas, borradas a medias y por momentos semitransparentes. El recurso funciona, aunque no es especialmente novedoso. Al volver visible lo incierto, la serie pierde algo de la ambigüedad de los cuentos, pero gana una imagen reconocible, esos muertos parecen recuerdos mal revelados que se resisten a desaparecer.
Larraín tenía antecedentes para asumir el encargo. El director chileno de No, El club, Jackie, Spencer, El Conde y Maria ha filmado varias veces personajes perseguidos por la historia, el poder o su propia imagen pública. En El Conde convirtió a Pinochet en vampiro, aquí no necesita transformar a la política en monstruo porque la violencia social ya hizo ese trabajo. Su dirección evita el sobresalto fácil y prefiere la incomodidad lenta, los silencios largos y las conversaciones familiares en las que una frase puede ser más cruel que una aparición.
El reparto sostiene esa apuesta. Mercedes Morán interpreta a una Ema seca, cansada y compasiva sin sentimentalismo. Dolores Fonzi hace visible la distancia entre una hija que quiere acercarse y una madre acostumbrada a defenderse. Alejandra Flechner, como Lidia, aporta el nervio de quien confunde protección con control; Luz Jiménez consigue que la madre muerta sea presencia familiar antes que efecto sobrenatural. Y Carolina Álvarez convierte a Julie en la revelación del conjunto: sensual, herida, desafiante y mucho más compleja que el estereotipo de la joven gorda y atormentada.
La unión de cuatro cuentos no siempre resulta invisible. En algunos momentos la serie subraya explicaciones que la prosa dejaba flotando, y ciertas ramificaciones conservan el aire de historias que nacieron separadas. Sin embargo, Ema funciona como centro emocional y Piedrabuena como territorio común. Esa fidelidad profunda importa más que repetir cada página. La serie cambia tramas y parentescos, pero preserva la pregunta de Enríquez. ¿Qué hacemos con los muertos cuando no regresan para asustarnos, sino para exigir que recordemos la injusticia que los mató?
Mis muertos tristes confirma que una buena adaptación no copia un libro: conversa con él. La serie traduce la prosa en cuerpos, edificios, ruido de ascensores, fotografías y apariciones; a cambio, sacrifica parte de ese misterio que cada lector fabricaba en silencio.
El resultado conserva lo esencial. En la obra de Mariana Enríquez la vida ya es bastante complicada. Siempre hay duelos, familias rotas, abandono estatal y violencia, Y todo se complica cuando intervienen quienes ya se han ido.




