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El próximo 31 de octubre se cumplirán 131 años del asesinato en Popayán de Tomás Hidalgo Calvache, el joven intelectual pastuso que murió a los 28 años, cuando apenas comenzaba a desplegar una obra destinada a rescatar la memoria histórica del sur colombiano. Su muerte, ocurrida en 1895, no solo truncó una existencia consagrada al estudio y las letras; también privó a nuestra región de una de las inteligencias que comprendieron, desde muy temprano, la necesidad de contar su propia historia.
Recordarlo hoy tiene un significado que trasciende la conmemoración. Su pensamiento, sus inquietudes y su compromiso con la memoria de su tierra encuentran una resonancia particular en la discusión contemporánea sobre el futuro de Nariño: la necesidad de abandonar las narrativas que nos reducen a nuestras dificultades y empezar a reconocernos desde nuestras capacidades, nuestra diversidad y nuestras posibilidades de transformación.
En mi artículo “Nariño: una nueva narrativa por contar”, publicado recientemente en mis redes sociales y próximo a aparecer en Página10.com, propuse precisamente esa reflexión: ¿por qué hemos permitido que tantas veces sea la carencia, la marginalidad o la distancia respecto de los centros de poder lo que defina nuestra identidad, cuando poseemos una riqueza geográfica, cultural, humana y productiva que merece otra mirada?
La respuesta exige revisar nuestra historia. Y en esa tarea aparece, con singular dignidad, Tomás Hidalgo Calvache.
Un hombre que quiso contar la historia de su tierra
Nacido en Pasto en 1867, Hidalgo Calvache recibió formación en Humanidades, Filosofía y Teología con los padres filipenses, y posteriormente adelantó estudios de Jurisprudencia en el Colegio Académico de Pasto. Su inquietud intelectual abarcó la historia, la etnología, las lenguas y la literatura. No era un simple recopilador de acontecimientos: aspiraba a comprender la trayectoria de su pueblo y a reivindicar su lugar en la historia nacional.
Su proyecto más ambicioso fue Pasto antiguo y moderno ante Colombia, una obra que buscaba reconstruir el pasado de la región meridional, examinar sus pueblos, sus transformaciones sociales y sus protagonistas, y demostrar que el sur poseía una historia digna de ser conocida más allá de sus fronteras.
En 1893 publicó en Ipiales un Ensayo de una historia, bosquejo de aquella empresa intelectual, con el propósito de conseguir apoyo para llevarla a la imprenta. Su empeño revela una convicción que conserva plena vigencia: una comunidad que desconoce su historia difícilmente podrá comprender su presente y construir conscientemente su futuro.
Hidalgo Calvache también intervino en debates historiográficos de su tiempo. Su aproximación a la historia regional buscaba superar las simplificaciones con las que se había juzgado a Pasto y a sus habitantes. Quería mostrar la complejidad de nuestra experiencia histórica y rescatar los nombres de quienes habían contribuido a ella.
Su proyecto quedó inconcluso. En busca de apoyo para publicar su obra, viajó a Popayán, donde murió asesinado el 31 de octubre de 1895. La pérdida de sus manuscritos agravó la tragedia. Una parte importante de aquella memoria intelectual desapareció, dejando a las generaciones posteriores la tarea de recuperar sus huellas.
La historia de Tomás Hidalgo Calvache es, por eso, también la historia de una deuda cultural. No basta con pronunciar su nombre en una fecha conmemorativa. Es necesario estudiar su pensamiento, localizar y preservar sus escritos, divulgar sus aportes y devolverle el lugar que merece en la memoria intelectual de Nariño.
El decimista mártir y la autonomía regional
La figura de Hidalgo Calvache adquiere otra dimensión cuando se examina el horizonte histórico en el que vivió. Su interés por reivindicar a Pasto y al sur colombiano formó parte de un ambiente intelectual y ciudadano en el que maduraron las aspiraciones de reconocimiento y autonomía administrativa que finalmente condujeron a la creación del departamento de Nariño en 1904.
Hidalgo Calvache murió nueve años antes de que ese proyecto se concretara jurídicamente. No sería riguroso atribuirle, de manera exclusiva, la creación del departamento ni confundir su trabajo intelectual con la acción política de quienes hicieron posible la Ley Primera de 1904. Pero sí resulta legítimo reconocerlo dentro de una tradición de hombres y mujeres que contribuyeron, desde distintos escenarios, a construir conciencia regional.
Julián Bucheli Ayerbe, Manuel María Rodríguez y otros protagonistas de aquella época participaron en un proceso colectivo que no fue una concesión gratuita del poder central. Fue el resultado de gestiones, voluntades y aspiraciones acumuladas durante años.
En ese horizonte, Tomás Hidalgo Calvache representa una dimensión fundamental: la convicción de que un territorio necesita reconocerse a sí mismo para reclamar su lugar en el país. Antes de ser una delimitación administrativa, una región es una comunidad de memorias, aspiraciones, conocimientos y proyectos compartidos.
Por eso lo hemos denominado el decimista mártir: un hombre cuya vida quedó ligada a esa búsqueda de reconocimiento y cuya muerte violenta interrumpió una empresa intelectual de enorme importancia para el sur colombiano.
Tres documentos, una misma pregunta por el futuro
La reflexión sobre Hidalgo Calvache adquirió una actualidad inesperada a raíz de la publicación de Nariño: una nueva narrativa por contar. Después de leer el artículo, recibí una llamada del gobernador del departamento, doctor Luis Alfonso Escobar, quien encontró en sus planteamientos elementos de interés para los ámbitos administrativo, cultural y educativo.
Agradezco al mandatario esta deferencia, así como la oportunidad de conversar ampliamente sobre una inquietud que considero esencial para el presente y el futuro de nuestra región.
Durante el diálogo encontramos puntos de contacto entre tres referentes que, aunque pertenecen a épocas distintas, pueden ayudarnos a pensar un mismo desafío: la Ley Primera de 1904, mediante la cual se creó el departamento; el Plan de Desarrollo Departamental 2024-2027, Nariño Región País para el Mundo; y el artículo Nariño: una nueva narrativa por contar.
No se trata de documentos equivalentes ni de atribuirles idénticos propósitos. La ley es el fundamento jurídico de nuestra existencia departamental; el plan de desarrollo es un instrumento de gobierno que establece prioridades, programas y metas para el presente; y el artículo constituye una invitación a revisar las ideas con las que interpretamos nuestra realidad. Su punto de encuentro está en una pregunta: ¿cómo convertir la conciencia de lo que somos en una fuerza capaz de transformar lo que podemos llegar a ser?
La Ley Primera de 1904 dio forma institucional a una aspiración histórica. El plan departamental vigente propone proyectar a Nariño hacia Colombia y el mundo, reconociendo la diversidad de sus territorios y las posibilidades que ofrece su articulación. La nueva narrativa, por su parte, invita a comprender que ningún proyecto de desarrollo será plenamente transformador si no está acompañado de una conciencia clara de nuestras capacidades y de una visión compartida del futuro.
Durante nuestra conversación, el gobernador expresó su interés en impulsar ante la Asamblea Departamental un proyecto de ordenanza que permita fortalecer la presencia de la historia en la orientación del desarrollo regional. La iniciativa, según lo conversado, buscaría que la memoria y el conocimiento del pasado contribuyan a fundamentar una política pública de largo alcance.
La propuesta merece reflexión. Si llega a concretarse, su importancia dependerá de que logre traducirse en acciones verificables: investigación histórica, preservación documental, fortalecimiento de archivos y bibliotecas, enseñanza de la historia regional, divulgación del patrimonio y articulación entre instituciones educativas, universidades, entidades culturales y administraciones públicas.
La historia no puede convertirse en una decoración del discurso oficial. Debe ser una herramienta para comprender el territorio, reconocer los errores del pasado, valorar las experiencias colectivas y orientar las decisiones del presente.
Nariño: de la geografía a un proyecto de región
El nombre del actual Plan de Desarrollo, Nariño Región País para el Mundo, plantea una perspectiva que invita a mirar más allá de las fronteras administrativas. Nuestro departamento reúne territorios andinos, amazónicos y del litoral Pacífico, con ecosistemas, culturas, conocimientos y posibilidades productivas de enorme diversidad. Esa condición constituye una oportunidad, pero también una responsabilidad de planificación.
La existencia de una costa sobre el océano Pacífico, la conexión con el sur del continente, la riqueza de los suelos, la biodiversidad, la producción agropecuaria, las expresiones culturales y el talento de sus habitantes pueden convertirse en factores de desarrollo si se articulan mediante infraestructura, educación pertinente, investigación, innovación, sostenibilidad ambiental y oportunidades económicas.
No basta con enumerar riquezas naturales ni proclamar que somos una región potencial. Es necesario construir las condiciones para que esas ventajas se traduzcan en bienestar, empleo digno, mejores servicios públicos, oportunidades para los jóvenes y una vida más justa para las comunidades rurales y urbanas.
Aquí la historia vuelve a ser fundamental. Los hombres y mujeres que trabajaron por la autonomía regional no pensaron únicamente en una delimitación territorial: defendieron la posibilidad de que el sur tuviera mayor capacidad para orientar sus asuntos y decidir sobre su destino.
La autonomía administrativa conquistada en 1904 no representa un punto final. Es una responsabilidad que cada generación debe renovar con sus propias respuestas a los desafíos de su tiempo.
Hoy esa responsabilidad exige integrar las distintas realidades de Nariño, reconocer las voces de sus comunidades, superar las distancias internas y construir una visión de futuro que no dependa exclusivamente de los periodos de gobierno. La región necesita proyectos que trasciendan los calendarios electorales y conviertan la educación, la cultura, la ciencia, la producción y el cuidado de la naturaleza en pilares de una transformación duradera.
La deuda con nuestros sabios
Hay algo profundamente revelador en el destino de Tomás Hidalgo Calvache. Mientras él intentaba reunir recursos para publicar su historia, la precariedad amenazaba con condenar sus investigaciones al olvido. Más de un siglo después, todavía nos corresponde recuperar, estudiar y divulgar su legado.
¿Cuántos documentos permanecen sin investigar en nuestros archivos? ¿Cuántos personajes regionales aguardan una biografía rigurosa? ¿Cuántos aportes científicos, literarios, sociales y políticos desconocemos porque nunca hemos construido una política sostenida de investigación y divulgación de nuestra memoria?
Estas preguntas deberían formar parte de cualquier discusión seria sobre el desarrollo cultural y educativo de Nariño.
Recordar a Hidalgo Calvache implica, entre otras tareas, fortalecer la investigación histórica, apoyar a los escritores e investigadores, proteger el patrimonio documental y acercar a las nuevas generaciones a quienes contribuyeron a construir nuestra identidad. Significa comprender que el conocimiento del pasado no es un lujo reservado a los especialistas, sino una herramienta de ciudadanía.
La gratitud que expreso al gobernador Luis Alfonso Escobar por haber acogido esta reflexión no impide reconocer que una iniciativa de esta naturaleza debe ser colectiva, institucional y abierta al debate. Su eventual desarrollo requiere participación académica, discusión pública, rigor documental y mecanismos que garanticen continuidad. Una política de memoria debe pertenecer a la sociedad nariñense y no agotarse en una administración particular.
Una nueva narrativa por contar
El próximo 31 de octubre, cuando se cumplan 131 años del asesinato de Tomás Hidalgo Calvache, tendremos una nueva oportunidad de preguntarnos qué hemos hecho con el legado de quienes imaginaron un sur capaz de reconocerse y proyectarse por sí mismo.
Quizá el mejor homenaje no sea solamente una ceremonia, una placa o una evocación solemne. Quizá consista en recuperar su obra, investigar su pensamiento y hacer de su preocupación por la historia regional una tarea compartida.
La Ley Primera de 1904 nos recuerda que Nariño fue una aspiración antes de convertirse en departamento. El Plan de Desarrollo nos plantea el desafío de proyectar esa realidad hacia el país y el mundo. Y una nueva narrativa nos invita a cambiar la manera en que nos pensamos, sin negar nuestras dificultades, pero sin permitir que ellas oculten nuestras capacidades.
Los tres referentes pueden encontrarse en una convicción: el futuro de Nariño no debe improvisarse ni construirse desde el desconocimiento de su trayectoria. Necesita memoria, visión, decisiones y trabajo colectivo.
Agradezco al doctor Luis Alfonso Escobar la llamada, la lectura atenta de mi artículo y la disposición para conversar sobre estos asuntos. Más allá de la deferencia personal, valoro que la reflexión sobre la historia regional encuentre un espacio de interlocución con la institucionalidad departamental.
Porque Nariño necesita contarse de otra manera, pero también necesita conocerse mejor, reconocerse en su diversidad y actuar con mayor confianza en sus posibilidades.
Tomás Hidalgo Calvache murió sin ver publicada la obra que soñaba entregar a su tierra. Que su memoria nos comprometa a no dejar perder nuevamente el conocimiento que nos pertenece. Que su vocación por la historia nos recuerde que ninguna región está condenada a vivir bajo una narrativa ajena, y que la dignidad de un pueblo también se construye cuando decide investigar, preservar y contar su propia historia.
El futuro de Nariño no está escrito. Pero para construirlo con dignidad debemos aprender a leer nuestra historia, reconocer nuestras capacidades y atrevernos a escribir, entre todos, una nueva narrativa regional.




