Escuchando nota
Pablo Emilio Obando A.
«La capacidad de crear y compartir ficciones permitió al Homo sapiens cooperar en grandes grupos y transformar el mundo».
YNH.
Yuval Noah Harari expresa que existen pueblos que terminan pareciéndose a las historias que cuentan sobre sí mismos. Si durante generaciones se repiten que son pobres, olvidados, incapaces de transformar su destino y condenados a permanecer en la periferia de la historia, esas palabras pueden convertirse en una forma de entender el mundo, de tomar decisiones y de imaginar el futuro. No porque las palabras creen carreteras, generen empleo o construyan hospitales por sí solas, sino porque determinan, en buena medida, aquello que una sociedad considera posible. Nariño necesita revisar la historia que se cuenta y atreverse a escribir una nueva.
Una lectura de “De animales a dioses”, del historiador y escritor israelí Yuval Noah Harari, nos ofrece una perspectiva extraordinaria para comprender este desafío. Harari, doctor en Historia por la Universidad de Oxford y reconocido por sus investigaciones sobre la evolución de la humanidad, ha alcanzado una amplia proyección internacional con sus reflexiones sobre el pasado, el presente y el futuro de nuestra especie. Su obra Sapiens: De animales a dioses propone una interpretación fascinante de la trayectoria humana: nuestra capacidad para imaginar y compartir realidades colectivas fue decisiva en la expansión del Homo sapiens.
Harari identifica en la llamada revolución cognitiva, ocurrida hace aproximadamente 70.000 años, una transformación fundamental. El ser humano no se limitó a desarrollar herramientas, aprender a cazar o adaptarse a las condiciones naturales. También adquirió una extraordinaria capacidad para construir relatos, compartir creencias, transmitir símbolos y organizarse alrededor de realidades que existían, ante todo, en la imaginación colectiva. El lenguaje dejó de ser solamente un instrumento para comunicar necesidades inmediatas y se convirtió en una herramienta para crear comunidades, establecer acuerdos y emprender proyectos comunes.
Las religiones, las naciones, las leyes, el dinero y las instituciones son ejemplos de realidades sociales cuya existencia depende, en gran medida, de que los seres humanos compartan determinadas creencias y acepten sus reglas. Un billete, por sí mismo, es apenas un pedazo de papel; adquiere valor porque millones de personas reconocen y aceptan su significado. Una nación no es solamente un territorio delimitado: también es una historia compartida, una memoria, unos símbolos y la voluntad de pertenecer a una comunidad.
No significa que todo sea una mentira ni que las condiciones materiales carezcan de importancia. Significa que las sociedades tienen la capacidad de construir acuerdos, instituciones y propósitos comunes mediante las narrativas que comparten. Y aquí aparece una lección que merece nuestra atención: las historias pueden movilizar a los pueblos, pero también pueden inmovilizarlos.
La explicación de Harari sobre el éxito evolutivo del Homo sapiens frente a otros grupos humanos, incluidos los neandertales, debe entenderse como una interpretación de procesos complejos, no como una certeza absoluta de que estos últimos carecieran de lenguaje, pensamiento simbólico o capacidad de cooperación. Lo esencial de su planteamiento es la dimensión de la imaginación compartida: la posibilidad de cooperar con numerosos desconocidos alrededor de una idea común.
Traslademos esta reflexión a nuestro departamento y preguntémonos: ¿Cuál es la historia que Nariño ha contado sobre sí mismo?
Durante décadas, nuestro discurso colectivo ha estado marcado por palabras como abandono, aislamiento, pobreza, atraso y olvido. Tenemos razones históricas para explicar muchas de estas realidades. La infraestructura insuficiente, las dificultades de conectividad, las brechas rurales, las limitaciones de inversión y la débil articulación con los grandes centros económicos del país no son invenciones. Son problemas concretos que exigen respuestas públicas, recursos y decisiones políticas. El Banco de la República ha estudiado, precisamente, el peso de la ruralidad y el aislamiento geográfico en la economía departamental.
Sin embargo, el problema comienza cuando el diagnóstico se convierte en destino; cuando la denuncia, necesaria para reclamar derechos, termina reemplazando la imaginación de soluciones; cuando la memoria del abandono ocupa todo el espacio disponible y no deja ver las posibilidades de transformación.
Nariño no es solamente un departamento que necesita ayuda. Es un territorio que tiene mucho que ofrecer y que todavía no ha conseguido convertir buena parte de sus ventajas en bienestar, competitividad y oportunidades para su población.
Tenemos una geografía extraordinaria: Andes, volcanes, páramos, valles, piedemonte amazónico y litoral Pacífico. Nuestra diversidad de ecosistemas constituye un patrimonio de enorme valor en un mundo que comienza a comprender la importancia estratégica del agua, la biodiversidad y la sostenibilidad ambiental. Contamos con una posición geográfica que conecta el interior del país con el océano Pacífico y nos aproxima a Ecuador, abriendo posibilidades comerciales, culturales y logísticas que debemos desarrollar con inteligencia.
Poseemos una tradición agrícola que sostiene miles de familias y ofrece posibilidades de transformación agroindustrial. El café de especialidad ha ganado reconocimiento por su calidad y sus características singulares. La producción de cacao, papa, leche, caña panelera, frutas, hortalizas y otros productos representa una base económica que puede generar mucho más valor si dejamos de limitarnos a producir materias primas y avanzamos hacia la investigación, la transformación, la comercialización y la conquista de nuevos mercados. La pesca del Pacífico y el potencial de una bioeconomía responsable amplían este horizonte.
Las cifras de la propia Gobernación muestran la dimensión de esa oportunidad: su información sobre la caficultura departamental registra más de 40.000 familias caficultoras y una actividad con posibilidades de fortalecer el empleo, las exportaciones y el turismo. No estamos hablando de una riqueza imaginaria, sino de capacidades productivas que necesitan organización, innovación, inversión y visión de futuro.
También están nuestras artesanías, el barniz de Pasto, los saberes ancestrales, la música, la gastronomía, el Carnaval de Negros y Blancos, los templos, los paisajes y la riqueza de nuestras expresiones culturales. Ipiales y el santuario de Las Lajas, la Laguna de La Cocha, nuestros volcanes, las rutas cafeteras y los territorios del Pacífico pueden integrar una oferta turística de alcance nacional e internacional. La cultura no debe ser considerada un adorno de la economía: puede convertirse en una fuente de empleo, identidad, innovación y reconocimiento mundial.
Y tenemos, sobre todo, el talento humano. Campesinos que conocen la tierra, artesanos que conservan técnicas centenarias, investigadores, empresarios, estudiantes, docentes, artistas y emprendedores que, muchas veces sin grandes recursos, demuestran que la creatividad no es patrimonio exclusivo de las regiones más poderosas.
Entonces, ¿por qué seguimos narrándonos principalmente desde la carencia? Quizá porque hemos aprendido a explicar con mayor facilidad nuestras dificultades que nuestras posibilidades. Porque resulta más sencillo enumerar lo que nos falta que construir acuerdos sobre lo que podemos hacer. Porque algunas dirigencias han convertido las necesidades de la región en un discurso recurrente, pero no siempre en compromisos sostenidos de transformación. Y porque nuestras instituciones educativas, empresariales y culturales todavía tienen el desafío de articular el conocimiento con un proyecto compartido de desarrollo territorial.
No se trata de abandonar la crítica ni de sustituir la realidad por una propaganda triunfalista. Una narrativa nueva no consiste en afirmar que somos ricos mientras persisten la pobreza y la exclusión. Consiste en reconocer nuestras dificultades sin permitir que definan por completo nuestra identidad; en comprender que la denuncia debe conducir a la propuesta y que la memoria del pasado debe ayudarnos a construir el porvenir.
Nariño necesita una revolución mental, una nueva manera de pensarse, reconocerse y proyectarse. Esa transformación debe comenzar en la educación. Nuestras universidades están llamadas a investigar las potencialidades del territorio, estudiar sus mercados, desarrollar tecnologías apropiadas, fortalecer la innovación agrícola, explorar las posibilidades de la biodiversidad y formar profesionales capaces de convertir el conocimiento en soluciones. La escuela debe enseñar a las nuevas generaciones a conocer su región, pero también a imaginarla distinta. No basta con transmitir la historia de nuestras dificultades: debemos enseñar a formular preguntas, emprender proyectos y construir respuestas.
Los gobiernos departamental y municipales, las cámaras de comercio, los empresarios, las organizaciones sociales y las instituciones culturales deben compartir una visión de largo plazo. Necesitamos una narrativa que se traduzca en políticas públicas, infraestructura, ciencia, emprendimiento, educación pertinente, cooperación internacional y oportunidades para los jóvenes. Una historia compartida solo adquiere fuerza cuando se convierte en acción colectiva.
Debemos pasar de la pregunta «¿por qué nos han olvidado?» a otra igualmente legítima, pero mucho más fértil: «¿qué podemos construir con nuestras capacidades y qué necesitamos exigir para conseguirlo?». No son preguntas excluyentes. Podemos reclamar las inversiones históricamente aplazadas y, al mismo tiempo, desarrollar iniciativas propias; exigir mejores vías y diseñar cadenas productivas; denunciar las desigualdades y crear empresas, centros de investigación, proyectos culturales y redes de cooperación.
Las grandes transformaciones empiezan cuando una sociedad deja de considerar inevitable aquello que durante años aceptó como destino. Los relatos no reemplazan las obras, pero ayudan a decidir qué obras necesitamos. No sustituyen los presupuestos, pero pueden orientar las prioridades. No eliminan las desigualdades, pero pueden convocar las voluntades necesarias para enfrentarlas.
Nariño tiene una historia que merece ser (re)contada, pero también un futuro que todavía está por (re)escribirse. No podemos continuar presentándonos ante Colombia y el mundo únicamente como el territorio que espera, reclama y resiste. Debemos aprender a presentarnos como una región que produce, investiga, crea, conserva, emprende y propone; como una comunidad capaz de transformar su diversidad geográfica y cultural en una ventaja para el desarrollo humano.
Quizá esa sea nuestra propia revolución cognitiva: comprender que la identidad de un pueblo no está condenada a repetirse eternamente, que el lenguaje puede abrir horizontes y que una generación tiene el derecho y la responsabilidad de revisar las creencias heredadas.
Ha llegado la hora de cambiar las palabras que repetimos, las preguntas que formulamos y los sueños que compartimos. Ha llegado la hora de que nuestros niños y jóvenes crezcan escuchando que Nariño tiene dificultades, sí, pero también capacidades extraordinarias; que el lugar donde nacieron no determina los límites de lo que pueden alcanzar y que su territorio no es una periferia sin destino, sino una región con posibilidades reales de contribuir al país y al mundo.
Los pueblos se levantan cuando modifican la historia que se cuentan. Y el futuro de Nariño no está escrito. Pero debemos dejar de escribirlo con las palabras de la resignación y comenzar a construirlo con el lenguaje de la inteligencia, la confianza, el conocimiento y la acción colectiva.
Nariño necesita una nueva narrativa por contar. Y esa historia no puede esperar a que otros la escriban por nosotros




