Por Tirso Benavides Benavides
En los años ochenta, cuando yo era niño, Condorito entraba a mi casa junto con los periódicos. Mi papá los compraba donde doña Bertica, una insigne voceadora de prensa que tenía su puesto en plena Plaza de Nariño. Llegaban El Tiempo, El Espectador, El Derecho, cuando todavía existía, y después Diario del Sur. Cada quince días, inevitablemente, aparecía también un ejemplar de la historieta chilena. No hacía falta preguntar si lo iba a comprar; venía incluido en el ritual familiar de informarse sobre el mundo y, aunque entonces yo no lo sabía, en mi propia formación como lector.
Este fin de semana, mientras revisaba una de las bibliotecas de la finca en Yacuanquer, encontré cientos de aquellos ejemplares. El papel envejecido, las portadas y los colores me devolvieron de golpe a esa época. No fue solamente nostalgia. Comprendí que Condorito había sido una de mis primeras lecturas, una ajena a las obligaciones escolares, sin cuestionarios al final de la página y sin un adulto preguntando qué había querido decir el autor. Los leía por placer.
El personaje había nacido varias décadas antes. René Ríos Boettiger, Pepo, nació en Concepción en 1911. Empezó a publicar caricaturas cuando era niño, estudió medicina y la abandonó, pasó por la Escuela de Bellas Artes y en 1932 ingresó a Topaze, revista en la que se destacó como caricaturista político. Antes de crear a su personaje más famoso ya había trabajado en publicaciones deportivas, infantiles y picarescas. Condorito no fue, por tanto, una ocurrencia afortunada de principiante, fue la creación de un dibujante que llevaba años observando cómo se mueve, se viste, presume, bebe, trabaja y fracasa la gente.
Su nacimiento también fue una respuesta cultural. En Saludos amigos, la película de Disney de 1942, Chile aparecía representado por Pedrito, un pequeño avión temeroso que debía cruzar con dificultad la cordillera para llevar correspondencia a Argentina. A Pepo aquella imagen le pareció insuficiente, casi una ofensa. Buscó entonces en el escudo chileno y eligió al cóndor; lo bajó de los Andes, le puso ojotas y lo mezcló con el huaso pobre y el campesino recién llegado a la ciudad. Frente a la mirada de Disney, respondió dibujando. Condorito fue, desde el origen, una manera de decir: así no nos vemos nosotros.
La primera historieta apareció el 6 de agosto de 1949 en el número inaugural de la revista Okey, de la editorial Zig-Zag. En 1955 tuvo su primera publicación propia, ya a todo color. El personaje inicial era más ave y más campesino: llevaba manta, tenía el pico largo y conservaba mayor cantidad de plumaje. Poco a poco se humanizó hasta adquirir la apariencia que se volvió inconfundible: camiseta roja, pantalón negro arremangado, ojotas, cuerpo ocre y una expresión capaz de pasar de la picardía al desconcierto en una sola viñeta.
Formalmente, Condorito apostó por la claridad. El dibujo es limpio, los colores son planos y reiterativos, los escenarios se reconocen con rapidez y los gestos sustituyen cualquier explicación larga. Las primeras historias solían desarrollarse en una página de diez u once viñetas; con el tiempo se hicieron más breves. Casi todas avanzan como un mecanismo sencillo, un guión establecido: situación, equívoco y remate.
Ese remate merece capítulo aparte. En el último recuadro, la respuesta inesperada deja a Condorito, a sus amigos o a todos los presentes patas arriba y sobre la caída aparece el célebre “¡PLOP!”. La palabra no describe exactamente un golpe, representa el derrumbe ante el absurdo, la sorpresa o la fuerza del chiste. Ese término termino saliéndose de la historieta y entró en el habla de varias generaciones, que usaron el “plop” cuando algo las dejaba sin palabras. En otras ocasiones Condorito no cae. Mira indignado y reclama “¡Exijo una explicación!”, otra frase que los lectores adoptaron para esos momentos en que una historia, una cuenta o la vida misma no terminan de cuadrar. Entre el “¡PLOP!” y la explicación exigida, Pepo consiguió que sus criaturas hablaran fuera del papel, algo reservado a pocos dibujantes.
Condorito representaba al hombre popular de Chile y, muy pronto, al de buena parte de Latinoamérica. Tiene poco dinero, vive alcanzado, acepta el trabajo que aparezca y conserva la misma ropa que se vuelve pate de su identidad. Sin embargo, Pepo le concedió la libertad que permiten las historietas y la imaginación. En una página puede estar desempleado y en la siguiente ser abogado, cirujano, periodista, juez, bombero o astronauta. Puede aparecer como gladiador, como cristiano arrojado a los leones, o como aquel “piel roja” de los viejos códigos del western. Condorito no obedece a una biografía cerrada. Es un actor disponible para todos los papeles.
Su verdadera patria es Pelotillehue, el pueblo ficticio situado entre Cumpeo y Buenas Peras, su eterna rival. Allí cabe cualquier ciudad pequeña de nuestro continente: el bar, la iglesia, la cárcel, el periódico local, la cancha, el restaurante barato, el compadre que presta dinero, el borracho conocido por todos y el rico que necesita recordar su riqueza. Pelotillehue tiene acento chileno, pero su arquitectura humana es latinoamericana. Quizá por eso la revista pudo viajar tanto, cada país se reconoció en sus trazos.
La mayor riqueza está en los personajes. Don Chuma encarna el compadrazgo, esa amistad que en Latinoamérica puede ser casi un parentesco y que se resume en su generoso “No se fije en gastos, compadre”. Garganta de Lata es el borrachito habitual del bar El Tufo; Pepe Cortisona, el rival presumido que exhibe dinero, músculos y una sonrisa demasiado perfecta; Huevo Duro camina con una cabeza idéntica a un huevo cocido sin que nadie considere necesario pedir una explicación; Comegato parece llevar su oficio o su fama escritos en la cara; y Ungenio González demuestra que Pepo podía construir un personaje completo desde un juego de palabras.
Yayita es la novia eterna, hermosa, joven y voluptuosa, disputada por Condorito y Pepe Cortisona. Sus padres completan un conflicto también reconocible: don Cuasimodo Vinagre no tolera al pretendiente; doña Tremebunda representa esa relación recíproca en la que la suegra no quiere al yerno y el yerno no encuentra razones para querer a la suegra.
Resulta difícil explicar por qué una mujer como Yayita permanecía enamorada de un cóndor pobre, informal y poco confiable. Pero pedirle realismo a Pelotillehue sería tan inútil como preguntar por qué nadie se sorprende ante la cabeza de Huevo Duro, ni el pico y garras del protagonista de la tira cómica.
Además de los personajes los lugares también retratan lo cotidiano. El diario El Hocicón era “pobre, pero honrado”; los amigos bebían en El Tufo; se comía en El Pollo Farsante; existía un hotel llamado Dos se van tres llegan y una gaseosa cuyo anuncio prometía: “Tome Pin y haga ¡Pum!”. El chiste no se limitaba a los diálogos. Podía encontrarse en un letrero, en el nombre de un negocio, en un grafiti del fondo o en el perro Washington haciendo algo que nadie miraba.
Cuando necesitó historias infantiles, el universo se reprodujo en miniatura. Coné es una versión más pequeña, traviesa y panzona de Condorito; Yuyito prolonga a Yayita; Genito González hereda algo de Ungenio; también aparecen Huevito, Gargantita y Comegatito. Más que crear una infancia completamente distinta, Pepo les quitó años a sus arquetipos. El recurso es simple, incluso descarado, pero funciona porque Pelotillehue no está construido sobre psicologías complejas sino sobre figuras que el lector identifica en segundos.
Ese sistema de arquetipos explica tanto el éxito como los problemas que la historieta presenta cuando se la mira desde el presente. Condorito nació en una época con menos filtros editoriales y con una sensibilidad distinta frente a la raza, el género o la discapacidad. Don Jacobo, comerciante avaro de nariz exagerada, reproducía el viejo estereotipo judío y terminó transformado en Máximo Tacaño. Titicaco condensaba en un personaje boliviano varios clichés sobre el mundo altiplánico. Cortadito, que no tenía brazos ni piernas y aun así jugaba fútbol, nadaba o realizaba cualquier actividad, desapareció cuando aumentó la conciencia sobre la forma en que el humor representaba la discapacidad.
No todo cambio puede llamarse censura. A veces una sociedad aprende a reconocer que cierto chiste estaba construido sobre la humillación de alguien. Eso no obliga a borrar a Condorito ni a leerlo con la superioridad moral de quien cree haber nacido en una época sin prejuicios. Permite algo más interesante: entender que una obra popular conserva las virtudes y las limitaciones del tiempo que la produjo. Las páginas antiguas hacen reír, pero también documentan aquello que antes se consideraba normal.
La representación de las mujeres merece la misma mirada. Yayita y casi todas las jóvenes dibujadas por Pepo tienen cinturas diminutas, senos grandes, escotes pronunciados y una disposición permanente a ser admiradas. Hay que decirlo sin falsa inocencia: fueron la fantasía de muchos preadolescentes latinoamericanos. Hoy esa imagen puede leerse como la proyección de un deseo masculino y como una representación estereotipada y sexualizada de la mujer.
Se suele comparar a Condorito con Mafalda. La diferencia es evidente. Quino puso a sus personajes a discutir la guerra, el poder, la desigualdad y el destino del mundo; Pepo prefirió el bar, la suegra, la falta de plata, el empleo ocasional y el equívoco doméstico. Pero sería inexacto concluir que Condorito carece de contenido social o político. Su propio nacimiento respondió a una representación extranjera de Chile. Pelotillehue registra la migración del campo a la ciudad, la pobreza, el trabajo informal, las diferencias de clase y la llegada de nuevas tecnologías. La política rara vez ocupa el primer plano, pero la sociedad está dibujada en todas partes.
Esa combinación explica su expansión continental. Para circular por otros países se moderaron algunos chilenismos y referencias locales, pero no se perdió el mundo de Pelotillehue. La historieta llegó a periódicos y revistas de toda América e incluso apareció en lugares tan lejanos como Estados Unidos y Japón. Lo paradójico es que mientras más latinoamericano se hizo, menos necesitó dejar de ser chileno. Su autenticidad local fue precisamente la puerta hacia lo universal.
Al volver a encontrar aquellos ejemplares en Yacuanquer pensé que las primeras lecturas no siempre llegan con pasta dura, prólogos prestigiosos o nombres que después aparecen en los manuales. A veces llegan impresas en papel barato, compradas cada quince días junto al periódico, y terminan con alguien cayéndose de espaldas. Mi papá seguramente creía que llevaba a casa información y entretenimiento. También estaba alimentando una biblioteca. En esas páginas de Condorito, sobre Pelotillehue y compradas en la Plaza de Nariño, empezó a formarse el lector que ahora soy. ¡PLOP!




