Escuchando nota
Por: José Arteaga
(X-Twitter: @jdjarteaga)
Había pasado tanto tiempo sin noticias de su existencia, que la llegada de la Biblioteca Departamental de Nariño a la Casona de la Catedral, se asume como una novedad, no como un problema que debía ser solucionado. La biblioteca había cerrado en 2007 por falta de recursos, lo cual es bastante común. La dependencia presupuestal es un problema endémico de las bibliotecas, y no porque deba aislarse del sistema administrativo, sino porque no tienen un tratamiento prioritario. Si bien la lectura es eje de muchas acciones gubernamentales, los espacios que albergan escritos no tienen una capacidad formal de resistencia económica. Y esa percepción generalidad de que las bibliotecas son un gasto prescindible, las hace vulnerables ante cualquier circunstancia.
Ahora bien, ningún país del mundo está exento de debates presupuestarios. El primer paso de cada nuevo gobierno es entrar en las administraciones públicas y pedir informes presupuestales y previsión de gastos. Luego viene la gestión. Así funciona Colombia, pero también Argentina, España, Estados Unidos o Alemania. Precisamente Hella Klauser, de la Asociación Alemana de Bibliotecas, hacía caer en cuenta de este peligro en el forum de NAPLE (National Authorities on Public Libraires in Europe): “Sabemos que otros países apoyan más a las bibliotecas públicas que nosotros, y utilizamos estas comparaciones internacionales para que lo sepan quienes toman las decisiones. Pero en Finlandia, la tradición bibliotecaria y la relación con los responsables políticos son mucho más sólidas. Finlandia también cuenta con una ley de bibliotecas, algo que nosotros no tenemos a nivel nacional”.
Miremos un instante este caso. En Finlandia hay una biblioteca por cada 8.000 habitantes (en Colombia, cada 37.000), pero esos espacios son imprescindibles para la comunidad porque fomentan la cultura del préstamo. Finlandia es un país nórdico con unos inviernos que duran medio año y, aunque no lo parezca, tiene una mentalidad campesina, de confiar en el vecino cuando se le presta algo. No está tan arraigado el concepto de consumo y propiedad, y si algo puede ser útil para varias personas, se entrega a quien lo pueda gestionar. De esta forma, las bibliotecas no sólo prestan libros, sino discos, aparatos electrónicos, y, según cuenta Katri Vänttinen, directora de servicios bibliotecarios de Helsinki, hasta máquinas de coser.
De acuerdo con la BBC, “el 55% de los finlandeses visita las bibliotecas al menos una vez al mes. Los datos del Ministerio de Cultura y Educación muestran que los finlandeses utilizan la biblioteca 9,1 veces al año”. En otras palabras, las bibliotecas están integradas en la sociedad como un taller, una estación de autobuses o un banco. Sería impensable para un finlandés no tener bibliotecas, así como resulta impensable que los demás países sean como Finlandia. En Estados Unidos, los últimos informes oficiales hablan de 766 bibliotecas cerradas a lo largo de diez años.
¿Quiere decir esto que en Colombia nos debemos dar por bien servidos? Pues no. Lo que podría hacer nuestro país es seguir el ejemplo nórdico. La Ley de Bibliotecas de Finlandia, dice que las bibliotecas públicas deben promover la democracia, la libertad de expresión y la ciudadanía activa. “En 2025 el país destinó casi 430 millones de dólares a sus bibliotecas públicas”. Es lógico que las necesidades de Finlandia no son las mismas que un país latinoamericano y que el presupuesto en Colombia tiene que atender otros fines importantes, pero hay varios factores que hacen especialmente necesaria esta ley. Uno de ellos es el de la inclusión.
Según la Agencia de la ONU para Refugiados (ACNUR), en Finlandia hay 96.872 refugiados registrados. Todos ellos han hecho de las bibliotecas su centro de aprendizaje y ampliación del conocimiento. En Colombia los refugiados oficialmente reconocidos son más bien pocos: 1.473 más 17.421 solicitudes de asilo. Pero hay 7 millones de desplazados internos y cerca de 3 millones de venezolanos, de acuerdo con las cifras de Migración Colombia. Las bibliotecas como algo transversal en todos los campos.
Esto nos remite a un tema que se había tocado en esta columna anteriormente y es el de las bibliotecas itinerantes. Lo resumo: Se sabe que las bibliotecas ayudan a preservar las 64 lenguas maternas que hay en Colombia, justamente uno de los países donde existen más lenguas ancestrales vivas. En el caso de Nariño, la lucha constante por sembrar paz en zonas de conflicto, tiene que tener un punto tangible al que aferrarse. Las bibliotecas pueden ser el equivalente a lo que han sido en las comunas de Medellín con su política de libros en lugar de ametralladoras. Pero, ¿cómo llegar a esas zonas? Las bibliotecas itinerantes son una respuesta excelente y es el resultado de un programa que desarrolla el Ministerio de Cultura bajo el lema “bibliotecas sin muros”.
Para ello es importante la dotación, la renovación, el préstamo y el intercambio. Todo esto nació por una convocatoria a la que se adhirieron cinco bibliotecas de Nariño: las bibliotecas públicas municipales de Aldana, Cumbitara y San Pablo, y las públicas de Colón (Génova) e Ipiales. Estas llevan una maleta con 60 libros y un kit con materiales audiovisuales a las veredas de El Chorrillo, Pizanda, El Alto Llano, David Bajo y Sucumbíos, respectivamente.
Volviendo a hoy, afortunadamente y con Vladimir Hernández al frente sigue la marcha de la modernización de 31 bibliotecas públicas municipales, renovando la Red Departamental de Bibliotecas Públicas que tanto motivo de orgullo le ha dado a la región, como aquel (ya lejano) Premio Nacional de Bibliotecas que se le dio a la Biblioteca Pública Cocuyos de Samaniego en 2016.
Anotaba cuando se lo dieron que a pesar de su pasado tan violento, Samaniego es foco de cultura gracias al empeño de gente como Zenón Montero, Manuel Martínez Álvarez o Fidencio Melo. Este último detenta en su poder gran parte del archivo histórico del municipio. El lo salvó de que lo botaran a la basura y lo cedió a Cocuyos para rescatarlo del olvido. Mis amigos historiadores Rosa Zarama y Álvaro Trujillo coinciden en señalar que uno de los grandes males de Pasto es no haber conservado tantas bibliotecas valiosas que han existido en la ciudad.
Cocuyos tiene otra cosa interesante y es que esta biblioteca surgió en 1921 cuando tres jóvenes bachilleres del Colegio San Luis Gonzaga de Túquerres (Luis Bastidas Bastidas, Otoniel Ibarra Andrade y Augusto Eraso Otero), tuvieron la ocurrencia de crear este espacio como grupo de estudio y lugar de tertulias. Pero necesitaban un nombre y lo sometieron a concurso, y ganó Cocuyos, que era como decir minacuro, que era como decir luciérnaga, que era como decir linterna viva, que era como decir luz.
Y eso empata con la política finlandesa citada al comienzo y en la que, también afortunadamente coincide el director de la Biblioteca Departamental, Álvaro Gonzalo Reyes: las bibliotecas son Multi-espacios que ofrecen actividades más allá de la consulta. “No es sólo un lugar de lectura, sino un escenario para la danza, la música, la oralidad y la creación cultural en el departamento”.
Bien, hasta aquí los buenos propósitos. Pero una gestión cultural implica mirar más allá de las fronteras naturales. Nariño es región, pero es una región que crece en un mundo cada vez más globalizado y en los inicios de la Era digital. Lo que sucede fuera de Nariño no debe ser ajeno. Cada vez hay más pastusos viviendo fuera y no sólo escribiendo (sus obras deberían estar en esta biblioteca por obligación, digo yo), sino haciendo labores culturales en otros países. Son ellos el engranaje que enlaza a esta biblioteca departamental con otras instituciones de preservación de archivos.
Es muy importante saber que sucede al interior de la Asociación de Estados Iberoamericanos para el Desarrollo de las Bibliotecas Nacionales (ABINIA), aunque posiblemente a través de la Biblioteca Nacional de Colombia. Es importante saber como avanza el desarrollo tecnológico en la Red Europea de Documentación e Información sobre América Latina (REDIAL). Es importante saber cómo crece el Fondo de Hispanoamérica de la Biblioteca Nacional de España (BNE), y como Nariño puede figurar allí. Recordemos que la BNE, aparte de archivos y recursos, ofrece acceso digital, fomenta exposiciones y organiza muestras culturales conjuntas.
Ahora bien, ¿que estos convenios de cooperación se dan porque hablamos el mismo idioma? No necesariamente. Recordemos que la Biblioteca del Congreso de Estados Unidos (Library of Congress) mantiene una estrecha relación con Colombia a través de la preservación de su memoria histórica, la investigación legislativa y el intercambio cultural. Sus fondos son enormes y sus posibilidades de colaboración bilateral son grandes también.
Las bibliotecas son hoy por hoy la mejor cara de Colombia ante el mundo y en el caso de Nariño no sólo son un lugar para leer, sino para hacer vida y para enseñar. Por eso algunas están asociadas a la independencia alimentaria, a los proyectos de salud y al hacer eco de las necesidades puntuales de ciertas comunidades. En sus salas se construyen debates y se definen proyectos. Son espacios culturales, soportados con cientos o miles de volúmenes literarios. En la humildad se han creado metodologías de enseñanza como Feeling, inspirada en El Principito, de Antoine de Saint Exupéry; o Design Thinking, originada en la Universidad de Stanford.
Nariño es café, es barniz, es música, es artesanía, pero también es cuna de proyectos lindísimos en bibliotecas que deberían conocer otras regiones y otros países. Esto es un viaje de ida u vuelta. Lo mejor que le puede pasar a un libro es que pase de mano en mano y que no se quede eternamente en una estantería. Lo mejor que le puede pasar a una iniciativa es que se conozca y se aplique. Nariño y Finlandia entablando diálogos bibliotecarios. Imagínense eso. Potencia la cultura.
Ojalá las leyes sean capaces de acompañar estos ideales.



