Nariño tiene algo que el mundo necesita

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Por Xiomara Erazo

Si mañana tuviera diez minutos para presentar a Nariño ante un grupo de empresarios, diplomáticos e investigadores internacionales, no gastaría ocho minutos hablando de nuestros paisajes. Empezaría por algo mucho más interesante: explicar por qué este territorio puede convertirse en un socio estratégico para quienes buscan alimentos de origen, soluciones ambientales, nuevas oportunidades económicas y expresiones culturales con identidad.

Porque las relaciones internacionales también tienen una regla que conocemos bien en los negocios: el poder de negociación aumenta cuando sabemos reconocer el valor de lo que ofrecemos.

Y Nariño tiene más valor del que hemos aprendido a proyectar.

Nuestra ubicación entre los Andes, el Pacífico y Ecuador nos conecta con dinámicas comerciales, ambientales y culturales de enorme relevancia. Pero la geografía es apenas el punto de partida. Lo verdaderamente interesante es lo que podemos construir desde ella.

El comercio exterior ofrece una primera señal. Según Analdex, en un trimestre reciente, el café sin tostar y el aceite de palma en bruto concentraron conjuntamente más del 90 % de las exportaciones de bienes del departamento. La cifra demuestra nuestra capacidad exportadora, pero también revela una oportunidad: ampliar la transformación productiva, diversificar nuestra oferta y participar en actividades que permitan capturar mayor valor.

Lo he pensado especialmente a propósito de China. En una conversación para PODEROSAMENTE con Diana de los Ríos, gerente ejecutiva de Invest Nariño, abordamos las posibilidades que representa el mercado asiático. Su experiencia articulando acercamientos entre empresarios del café de especialidad y compradores en Hong Kong muestra un camino interesante: llegar a mercados internacionales con productos diferenciados, relaciones comerciales y una propuesta de origen.

Pero la siguiente conquista debe ser más ambiciosa. Que Nariño no solamente exporte café, sino que fortalezca sus marcas, participe en la transformación del producto, incorpore tecnología y consiga mejores condiciones de negociación para sus productores.

El gran negocio no está únicamente en vender lo que tenemos, sino en desarrollar todo lo que somos capaces de producir alrededor de ello.

Esa lógica también puede transformar nuestra relación con la ciencia y el medioambiente.

Mientras el mundo busca respuestas a la crisis climática, Nariño reúne ecosistemas, conocimientos ancestrales y experiencias comunitarias que pueden aportar a la investigación sobre biodiversidad, agua, energías sostenibles y adaptación ambiental. Aquí existe una posibilidad extraordinaria para establecer alianzas con universidades, centros científicos y organismos de cooperación.

Nuestra riqueza natural merece protección, pero también investigación, innovación y oportunidades para las comunidades que la conservan. El conocimiento territorial debe ser reconocido y sus beneficios compartidos justamente.

Hay, además, un capital internacional que merece una mirada empresarial mucho más decidida: nuestra cultura.

El Carnaval de Negros y Blancos, el Barniz de Pasto, la música, la creación audiovisual y el arte contemporáneo constituyen expresiones de identidad, pero también pueden abrir circuitos internacionales de formación, circulación artística, derechos de autor y comercialización.

Nuestros artistas necesitan algo más que aplausos cuando conquistan escenarios internacionales. Necesitan una industria que les permita vivir de su talento, proteger sus creaciones y ampliar sus mercados.

Y nuestra condición fronteriza con Ecuador ofrece posibilidades para fortalecer redes empresariales, académicas, turísticas y de servicios, mientras que la proyección hacia el Pacífico invita a pensar en conectividad, logística e integración regional con una perspectiva de largo plazo.

En medio de estas oportunidades hay un elemento que considero decisivo: el papel de las mujeres en las relaciones internacionales.

Una política exterior feminista cobra valor cuando las mujeres dejan de participar exclusivamente como beneficiarias y comienzan a ser reconocidas como negociadoras, inversionistas, investigadoras, empresarias y protagonistas de las decisiones.

Imagino a nuestras productoras negociando directamente con compradores extranjeros; a las artesanas protegiendo el valor económico de sus creaciones; a investigadoras construyendo redes científicas y a lideresas indígenas participando en acuerdos que comprometen los conocimientos y recursos de sus territorios.

Porque la participación internacional también es una forma de ejercer poder, y ese poder debe abrirse a quienes históricamente han encontrado mayores barreras para acceder a él.

Me interesa pensar en un Nariño capaz de sentarse a las grandes conversaciones internacionales con propuestas, conocimiento y objetivos claros. Un territorio que no renuncie a sus desafíos, pero tampoco permita que sus dificultades sean lo único que lo defina.

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