Escuchando nota
Por: José Arteaga
(X-Twitter: @jdjarteaga)
La reciente Vuelta a Nariño y las noticias del ciclismo colombiano allende las fronteras, hacen crecer la expectativa por ver en acción a los nuevos talentos deportivos. El ciclismo cambia de piel cada vez más joven. Los héroes de ayer (caso Nairo Quintana), se despiden de las carreteras con 36 años. Las futuras figuras (caso Juan Diego Quintero), llegan a equipos World Tour con 19 años.
No quiere decir esto que Quintero vaya a destacar de inmediato. El joven vallecaucano correrá en el equipo de desarrollo del INEOS Grenadiers, y según como vayan saliendo las cosas en la primera escuadra y en esta división juvenil, se verá si debuta como profesional. Es lo que sucedió con Juan Felipe Rodríguez, cundinamarqués, aunque éste con 22 años, cuando pasó abruptamente del equipo de desarrollo del EF Education-EasyPost a debutar en la Vuelta a España.
Cuatro ciclistas de 20 años o menos estuvieron en la Vuelta a España, dos lo hicieron en el Giro de Italia, y uno lo hizo en el Tour de Francia. Pero ¡vaya ciclista!, Paul Seixas, uno de los precoces talentos llamados a tomar el relevo de Tadej Pogačar. En las 18 clásicas del calendario World Tour hubo muchos jovencitos, destacando Seixas, Jakob Ormzel, Albert Philipsen, Adriá Pericas y Matthew Brennan, un portento de la velocidad que conquistó, además, cinco etapas en la última Vuelta a España.
El caso es que las nuevas estrellas surgen muy pronto, mucho más pronto que hace diez o veinte años y ni hablar del siglo XX. En tiempo de Lucho Herrera se pensaba que un ciclista llamado a ser estrella no debía debutar en el profesionalismo hasta no haber alcanzado la madurez física y emocional suficiente. Y esto es, 25 años. Pero a partir de entonces el asunto empezó a cambiar y los debuts fueron cada vez más prematuros, aunque varios no lograran brillar precisamente por el factor mental y de adaptación cultural.
La entrada de la sociedad en la Era Digital determinó una serie de cambios. Por un lado, viajar y ponerse en contacto con otros mundos se volvió habitual. Nos globalizamos y esa adaptación mental se hizo más fácil en el deportista (con excepciones, todo hay que decirlo). Y por otro lado, la tecnología se desarrolló hasta tal punto de casi llegar a controlar una actividad deportiva extrema como es el ciclismo.
Surgió un boom en tecnología de datos y el podómetro, inventado en Japón en 1965, pasó a ser una pieza obligatoria del equipamiento ciclista. Fitbit comercializó el seguidor de actividad y Garvin el acelerómetro digital. Todo eso se trasladó a las pulseras tipo reloj como referentes que te calculaban distancia, tiempo y frecuencia cardíaca. Y entonces apareció la app Strava, ofreciendo métricas para amateur y profesional, calculando velocidad, rendimiento y desnivel acumulado. Y encima, poniendo un GPS para planificar rutas y competencias. Strava es una palabra sueca que significa esfuerzo, lo que da a entender su filosofía. Y el 50% de las actividades deportivas que ofrece son de ciclismo.
¿Cómo ganar? ¡Ah!, eterna pregunta de cualquier director técnico. Pero hubo un hombre que se planteó responderla desde la tecnología: Dave Brailsford, entrenador galés de la Federación Británica de Ciclismo, quien en 2009 fue contratado por un naciente equipo profesional patrocinado por la empresa de comunicaciones British Sky Broadcasting. La escuadra llegó a dominar las grandes vueltas con una serie de corredores increíbles: Bradley Wiggins, Chris Froome, Geraint Thomas y Egan Bernal; pero eso lo consiguieron con un trabajo tecnológico superlativo.
Su sistema de entrenamiento se basó en los métodos que tenía la escuadra McLaren para la Fórmula 1. Se reconstruían situaciones atmosféricas y se medía el esfuerzo para enfrentarlas al milímetro. Y en carrera, cada corredor cumplía con unas pautas establecidas desde semanas atrás. Cuando Froome ganó sucesivamente tres de cuatro Tours se hablaba de la dictadura del Sky, del ritmo demoledor del Sky, del control de carrera del Sky, porque Brailsford estaba dando indicaciones precisas por audio y los monitores de sus bicicletas marcaban el ritmo en cada tramo de carretera.
De esas innovaciones beben hoy todos los grandes equipos World Tour: Visma, UAE, Bora, LiDL Trek, e incluso Ineos, que viene a ser algo así como un Sky nueva generación, pues la empresa química británica Ineos reemplazó a Sky como patrocinador en 2019.
Pero ahí no termina el aporte de Brailsford. Obsesionado por los detalles y con una especialización en educación física y psicología, trabajó mucho en nutrición, modificando el consumo de carbohidratos y fomentando diferentes tipos de azúcares como glucosa y fructosa. Brailsford no descubrió nada, sencillamente aplicó al ciclismo de gran esfuerzo y resistencia hábitos alimenticios que estaban circunscritos al fisiculturismo y al trabajo de gimnasio.
Con la llegada de los hidrogeles (tubos de consumo rápido con biopolímeros y carbohidratos), la alimentación deportiva pasó de ser algo prioritario de la salud para convertirse en factor de rendimiento. Y como las grandes marcas de Fitness y de bebidas energéticas trabajaban en la misma idea, el ciclismo adoptó la nueva nutrición por defecto.
Ahora bien, sumemos a todos estos cambios, una modificación de costumbres: colchones personalizados para optimizar el sueño, charlas didácticas sobre el contacto con otras personas, ambientes pulcros, pinturas blancas y espacios higiénicos. Y un nuevo trabajo de asistencia en salud con fisioterapeutas especializados en rendimiento, prevención y biomecánica. Con todo ello tenemos un deportista de élite. Pero también una bomba de relojería si ese joven ciclista no está preparado psicológicamente para asumir una vida tan alejada de la cotidianidad.
El portal Ciclismo Internacional publicó hace un reportaje de Nahuel Londeix donde entrevista a varias promesas deportivas a las que le pudo la presión. Lo cito:
“En los últimos años cada vez más los ciclistas se retiran a una temprana edad, producto del mayor profesionalismo y presión, y la llegada anticipada a la élite, en ocasiones en demasiado exceso. Múltiples analistas advirtieron de este fenómeno que quedó visto esta semana con el retiro del profesionalismo de dos ciclistas de Lotto y de Decathlon: Robin Orins, de 24 años, y Louic Boussemaere, de 20. El primero con apenas dos años en el profesionalismo, mientras que el segundo ni siquiera había llegado al WorldTour todavía.
El belga Orins, prometedor contrarrelojista, acabó teniendo ataques de pánico y tuvo que ser medicado. El chico admitió que había perdido las ganas de vivir y en su perfil de Instagram escribió: “No volveré a contar esa parte de mi historia, pero me llevó a un momento muy oscuro y me hizo darme cuenta de que la vida es mucho más que andar en bicicleta. Termino antes de lo previsto, pero sin arrepentimientos”.
El también belga Boussemaere, corredor apto para todas las disciplinas, sintió que su cuerpo no era capaz de rendir en condiciones extremas. Durante una temporada de entrenamiento acabó en la UCI con un ritmo cardiaco demasiado elevado. Fue la gota que rebasó el vaso de su capacidad. “El ciclismo me ha dado mucho y siempre tendrá un lugar especial en mi corazón. Pero mentalmente, las cosas se han vuelto difíciles, y el amor y la pasión por el deporte ya no son lo mismo”, diría luego.
Así mismo, el kazajo Alexandre Vinokurov Jr. se retiró a los 23 años al no poder superar las secuelas psicológicas de un accidente. Y en Colombia está el caso del campeón panamericano de contrarreloj Robinson Rincón, un chico de Casanare que hacía sus pinitos en Europa vinculado al Team Polti VisitMalta de Alberto Contador. De un día para otro Rincón decidió no seguir en el ciclismo profesional.
Es verdad que presión tenemos todos en nuestra vida: al entrar al colegio, a la universidad, al servicio militar, al primer trabajo, y que a veces un cambio repentino de vida provoca la huida. Pasar de un pueblo colombiano a una ciudad europea o estadounidense no es nada fácil. Pero también es verdad que el ciclismo de élite se ha ido convirtiendo en un lugar muy exigente. El sacrificio personal para llegar alto es grande, tanto en hombres como en mujeres.
La ciclista francesa Océane Mahé, del equipo Ma Petite Entreprise, declaraba hace poco con crudeza y honestidad que sufría de amenorrea, debido al desgaste físico extremo y al síndrome de deficiencia energética que afecta a este y otros deportes. “No he tenido la regla desde hace tres años”, declaró.
Y claro, junto a la exigencia siempre está el miedo.
Hace dos años, el accidente sufrido en la Vuelta al País Vasco, la Itzulia, por las estrellas Primoz Roglic, Remco Evenepoel y Jonas Vingegaard, opuso sobre el tapete la exigencia constante que se le hace a los ciclistas durante una competencia. Recordemos que ellos iban al frente del pelotón y cayeron juntos, lesionándose gravemente porque esa es una de las características del ciclismo moderno, que los buenos tienen que estar adelante y que no pueden descuidarse.
En su momento citaba al respecto al periodista especializado Javier Ares: “El famoso pinganillo (auricular que conecta al técnico con los ciclistas) exigiendo permanentemente a los corredores que estén adelante en cualquier momento”. Marc Madiot, ex ciclista y comentarista, decía: “Manejan la bicicleta mirando la pantalla que marca sus vatios, sus latidos, sus kilómetros, como maneja el auto un conductor de Uber que no conoce el camino, mirando la pantalla del Waze en vez de estar mirando al frente”. Mi amigo Luis Fernando Acosta argumentaba: “Ahora ya no corren sino que vuelan, nadie quiere dar un centímetro de ventaja, todos quieren ir adelante. Y poner a 150 corredores en 200 metros cuadrados en una no muy buena carretera, era crónica de una muerte anunciada”.
El comentario anterior nos mete en la presión añadida de la televisión y la publicidad, cuando todos los patrocinadores de equipos quieren que sus ciclistas luzcan sus logos estando al frente. El peligro es constante y el miedo a caerse también. Lo explica la web Brújula Bike: el miedo a caerse es “algo que suele ser más habitual cuanto más tarde se ha iniciado esa persona en el ciclismo. Quién monta asiduamente desde niño ha pasado esa época en la que no se teme a nada y que le ha servido para ganar un dominio técnico de la bici y una experiencia en lo que son las caídas que suele hacer que no cuenten con ese miedo sino que asuman las caídas como parte del juego de montar en bici”.
Esto se suma a las muchas justificaciones para montar equipos profesionales más jóvenes. Pero no es bueno generalizar. No todos los ciclistas jóvenes tienen porqué atenuar el miedo durante su formación. Depende cada uno. Pero como dice, Marc Figueras, de El Sello Ciclista: “Impulsada por la urgencia de descubrir al próximo Tadej Pogačar o Remco Evenepoel, la transición de las categorías inferiores directamente a la élite mundial se ha acelerado de forma drástica”.
Es indudable que el deporta acaba por adaptarse a estas exigencias y que en breve tiempo veremos brillar al chico italiano Lorenzo Finn, campeón mundial sub 23 en 2025 y del Tour del Porvenir en 2026, o el chico español Benjamín Noval, bicampeón mundial junior en los últimos campeonatos de Montreal. Pero también veremos más deserciones. Reducir la tasa de edad tiene esa consecuencia.
Según un estudio de las universidades Pablo de Olavide y de Huelva, el abandono deportivo general solo en España durante la adolescencia ronda el 40%, y el ciclismo es una de las disciplinas más afectadas por dinámicas extremas de agotamiento prematuro. Es lo que se conoce como Burnout, el síndrome de desgaste profesional por agotamiento físico, mental y emocional. No está registrado como enfermedad, pero puede derivar en problemas de salud como ansiedad y depresión.
En fin. Todo lo anterior es un acopio de elementos para un balance de este nuevo ciclismo forzado a acelerar la promoción al profesionalismo, pero sin mirar las consecuencias para que este paso sea firme, duradero y permita a nuestro deporte no perderse a ningún talento por el camino. Sinceramente, lo ideal sería, como dice Álvaro García, de Ciclismo a Fondo, “un proceso más prolongado para mostrar su nivel”. Pero todo apunta a que esta realidad no va a cambiar.




