Acerca del artículo: “Primer homenaje a la mujer: Pasto, 10 de mayo 1815” de la Fundación Estanislao Merchancano

Hace varios meses que la Fundación Estanislao Merchancano viene publicando una serie de artículos referentes a la historia del departamento de Nariño, más específicamente, y siguiendo la costumbre de la historia regional nariñense, la de Pasto, que generalmente se considera que es la misma, sin que realmente sea así, sobre todo en un territorio multicultural, donde tiene asiento los Andes, la Amazonía y el Pacífico. Son artículos realmente bien documentados, fruto de un trabajo concienzudo y de análisis del rico y vasto archivo histórico de su fundador y director, Isidoro Medina. En hora buena por los trabajos que buscan sacar las historial locales de los entramados empolvados de las academias, de donde emana, generalmente, la historia oficialista de las regiones y del país.

            Respecto al artículo en cuestión, se ambienta en las celebraciones que las elites pastusas hicieron después de la derrota que le infringieron al Ejército de Cundinamarca bajo la dirección de don Antonio Nariño, hechos harto reconocidos y publicitados, razón por la cual no haremos una detención específica de los mismos, recordando que la mujer pastusa tuvo una parte activa en el enfrentamiento militar y no solamente cumpliendo los entonces deberes domésticos. Es este el pretexto, sin embargo, para que consideren que a solicitud del Cabildo de Pasto al Obispo de Quito y a la Real Audiencia, se permitiera conmemorar el 10 de mayo como recuerdo de dicha victoria, el cual se celebró desde 1815 a 1822, fecha en que el Ejército Patriota somete, aunque no totalmente, a la rebelde Pasto.

 

 

            Dice el articulista:

 

Lo más interesante de esta festividad es que, de hecho, se realizaba en honor de la participación de la mujer pastusa, Y POR PRIMERA VEZ EN EL MUNDO EN HOMENAJE DE LA MUJER EN GENERAL, puesto que con ella fue posible derrotar a Nariño y salvar a la ciudad de las llamas, tal como este general lo había expresado en una carta amenazante que había dirigido al Cabildo de Pasto (Fundación Merchancano, 2013).

 

            Se anota que se autorizó la celebración de misas y en la tarde fiesta de toros y celebración popular, además de procesión de la Virgen de las Mercedes, patrona de la ciudad, acto dirigido por las mujeres de la ciudad, en recuerdo a la actitud tomada por ellas y que ayudó indiscutiblemente a la victoria, pero además, se recalca que en dicha festividad se reconocía tanto a la mujer pastusa como a todas las mujeres presentes en el distrito de Pasto, “así no sean originarias o residentes del mismo”.

 

            Continúan afirmando que la mujer pastusa había logrado, como algo excepcional, una posición igualitaria respecto al hombre en el manejo y protagonismo de las actividades socio-económicas, además de poder acceder a la banca local, reseñando la creación de la misma por parte de las monjas concepcionista desde 1591. Es de resaltar que esta excepcionalidad que se remarca en el texto no es tal, en la medida que obedece al rol que la mujer castellana desempeñó tanto en la península como en las colonias, obviamente se habla de la mujer de élite, la misma que recibía una dote al momento de casarse, cuyo coste dependía del esposo escogido por sus padres, y cuyos dineros garantizaban la salvaguarda del resto de los bienes gananciales, la cual debía ser reintegrada cuando ocurriere el deceso o la disolución del vínculo marital, además, a las viudas les era dado manejar los negocios familiares, hasta el punto que muchas fueron exitosas comerciantes, prestamistas y hasta industriales (De la Pedraja, 1984), las mismas que no fueron la excepción en Pasto, ya que ese era el acontecer socio-jurídico en todas las colonias españolas.

 

            Ferro y Quirós (1994) hablando de la situación socio-económica de la mujer en la Colonia, anotan al respecto:

 

La fuerza económica que lograron las mujeres en la época de la colonia y el poder que esto conlleva invalida el mito de que las actividades de las mujeres se circunscribían al ámbito de la reproducción,  espiritual, educativa o moral. La forma más frecuente por la que llegaban a tener posesión de bienes y tierras era por dote o herencia de sus padres o de sus esposos. Otras formas, menos frecuentes, eran por legado de la madre, compra directa o por su propio desempeño (p. 21).

 

 Sin embargo, hay que resaltar que el modelo social familiar es el patriarcal y que esas excepcionalidades son eso, no hablan por tanto de la generalidad, dependiendo de la complejidad social, sobre todo en sus componentes y en su formación, puede éste comprenderse (Romero, 2001), es de recordar que Pasto, aunque relativamente pequeña para entonces, era la cuarta población en el Virreinato de la Nueva Granada, precedida por Santa Fe de Bogotá, Cartagena y Popayán. Además, la élite pastusa generó una endogamia que no permitía que sus caudales fuesen a parar a manos de advenedizos, por eso la mujer detentó un poder económico, así como lo detento la élite en Quito o Lima, por citar sólo dos ejemplos.

 

            Renglón seguido, sin caer en cuenta de la contradicción respecto a la celebración que supuestamente era para todas las mujeres, “pastusas o no”, se señala que también en Pasto existió una exclusión de la mujer mestiza, indígena y esclava, como lo existió en todas las colonias españolas, y porque no decirlo, en el mundo occidental en donde se impuso una casta, la blanca sobre el resto de pueblos, una religión, la católica sobre las demás creencias, y un sistema productivo, el capital, en contra de cualquier otra forma económica. Tal vez el documento cuando habla de “mujer”, remite precisamente al concepto occidental, excluyendo de facto a quienes no encuadraban en los preceptos sociales de la época. Además, en épocas de miedo, como para entonces, ante las invasiones de los quiteños, ayudados por demás por los pueblos del Sur, como Ipiales y Túquerres, la posterior avanzada caleña y el temor que se cernía ante la inminente independencia de España, es lógico y casi seguro que las amas manden a sus esclavas negras y criadas indígenas a luchar por lo que creen es lo mejor para resguardar sus propiedades y sus creencias, seguidas, como es de esperarse, por las mujeres de la gleba, es decir mestizas que juzgaban mejor seguir con un modelo tradicional que enfrentar un cambio que, como lo anotaban insistentemente las élites, no convenían, tal y como se presentó en Santa Marta y Cuenca, también realistas.  Y así como existieron nuestras Gualumbas (Muñoz, 2011), también en el ejército patriota existían las mujeres que marchaban a la par de sus maridos e hijos, llamadas las Soldaderas o Voluntarias (Rodríguez, 2010).

 

            Se invita, entonces a que se entronice el día para celebrar a la mujer en todo el mundo en razón a “ser el primero de todos los de su género y por resaltar el papel protagónico que puede ejercer toda mujer en cualquier sociedad y cultura, es, más allá de sesgos matriarcales o partidistas, el DÍA MUNDIAL DE LA MUJER propiamente dicho” (Fundación Merchancano, 2013), no se sabe hasta qué punto ciertamente sea este el primer acto de público reconocimiento a la mujer. Se afirma que es la celebración más antigua en tal sentido, además de constituirse en un evento colectivo, consensuado, que surge de parte de los hombres para “regocijo y regalo de las mujeres”. Lastimosamente el documento es ilegible en el medio digital, pero queda la sensación, por lo dicho y anotado, que lo que se pide es celebrar una fiesta religiosa en donde se agradece a la advocación de la Virgen de las Mercedes el triunfo de Pasto sobre el ejército que comandaba don Antonio Nariño.

 

            Pese al interés de la Fundación, quiero resaltar que desde la antigüedad el hombre ha reconocido permanentemente el papel que ha desempeñado la mujer en la historia de la sociedad. Y quizá, aun más importante, el propio reconocimiento que hace la mujer de sí misma, sin esperar dádivas ni regalos, como se propone ingenuamente, sino amparadas en el afianzamiento de sus diferencias en el plano de la dignidad humana independientemente del género. Chaves Chaves (1949) hace un recorrido acerca del papel protagónico de la mujer en las sociedades, tanto desde la producción simbólica como material, desde la antigüedad, cuando se da paso del matriarcado al patriarcado, hasta las luchas reivindicatorias en Europa y en América, hasta el reconocimiento de los derechos en el plano de la igualdad, propio al deseo del medio siglo XX. No sobra recordar que el ilustre congresista ipialeño buscó el reconocimiento pleno del sufragio femenino en el país (Quintana, 1950), y no sobra recordar también a otro ipialeño, el Dr. Gerardo Martínez Pérez, quien como Procurador General de la Nación, avaló para que la mujer tuviera plena igualdad civil para el manejo de sus propiedades, dejando a un lado el tutelaje que sobre esto ejercía el hombre. Esto, simplemente para abonar al deseo de “que el municipio de Pasto llegue a convertirse, en el corto plazo, en modelo nacional e internacional en el cumplimiento de las normas y aspiraciones civiles relacionadas con protagonismo y equidad de la mujer” (Fundación Merchancano, 2013), pero un deseo que debe extenderse a Nariño, la región y Colombia toda.

 

            Por citar sólo algunos ejemplos de reivindicación de la mujer, ya los Egipcios honraban a la mujer, principalmente por el papel desempeñado por la Reina Hachepsut, que gobernó durante 22 años en paz, no sin razón es llamada “La primer gran dama de la historia” (Durant, citado en Uribe, 1963), y a la diosa Nut se invocaba diciendo “Oh, tú, que has dado a las mujeres un poder igual al de los hombres”, es seguro que su festividad era para todas las mujeres en igualdad. Los celtas guerreaban junto a las mujeres, y por eso las veneraban. Las Hetairas en la antigua Grecia podían asistir a los foros y asambleas, inclusive podían opinar y los hombres las celebraban constantemente. Y en cuanto a la búsqueda del reconocimiento de sus derechos, se cita a Cristina de Pisan, Veneciana del siglo XVI, buscó que la educación fuese la misma que la del hombre, en pleno renacimiento.

 

El caso más emblemático, sin duda alguna, es el de Olimpia de Gouges, quién en compañía de otro grupo de mujeres francesas, presentan el 28 de brumario, 20 de noviembre de 1793, los llamados Derechos de la mujer y la ciudadana, que en 17 artículos ponen en plano de igualdad a la mujer frente al hombre. ¿Acaso este acontecimiento no merece realmente ser reconocido como la antesala de un verdadero y sentido día de la mujer a nivel mundial? Aquí no se invocan victorias amparados en la advocación de una Virgen en particular, se invoca es el nombre del pueblo, y cuyo artículo 1º consagraba “La mujer nace igual al hombre en derechos. Las distinciones sociales no pueden ser fundadas sino en la utilidad común” (citado en Cano, 1990). Además, como si fuera esto poco, son las mujeres quienes dirigen la avanzada del 5 de octubre de 1789 y el 10 de junio de 1792 para derrocar a la familia real francesa y para forzar las puertas de las Tullerías. Y más adelante, en 1808, Fourier anota que “el grado de emancipación de la mujer es la medida natural de la emancipación general” (Engels, 1950, p. 60).

 

            No se sabe hasta qué punto estos señalamientos grandilocuentes sobre la historia regional o local sirvan para rastrear el pasado y así comprender el futuro. Es decir, maravilloso que en Pasto en 1815 se haya reconocido a la mujer y se haya instaurado un evento para que este tenga connotaciones públicas, pero ¿Qué connotaciones tuvo en la región, en el país, en las naciones que la rodeaban? Las reivindicaciones femeninas siempre han estado presentes en todo pueblo y nación, basta repasar las historias locales y nacionales para encontrar miles de eventos que así lo confirman. Pero señalar su singularidad con afincado extremismo, no hace sino volver a las endogamias que tanto daño nos han hecho. Para cerrar esta sentida critica, a todas luces constructiva, el texto del psiquiatra Mauro Torres (1997):

 

En nuestro concepto los sucesos del pasado sólo merecen la atención, siempre que, después de someterlos a un trabajo científico de investigación, nos prueben que son útiles para comprender a la humanidad en el presente… Si al registrar aquellos acontecimientos del pasado comprobamos que no contribuyen en nada a enriquecer nuestros conocimientos acerca de los procesos que han intervenido para que la humanidad necesariamente haya llegado a las condiciones en que hoy se encuentra, no los tendremos en cuenta, por importantes que sean en sí mismos, y los abandonaremos para que los recojan los narradores de lo que fue (p. 9).

 

            Consideramos, como el citado autor,  que es necesario mostrar los hechos acaecidos en nuestras comarcas, en nuestros conglomerados sociales, sobre todo frente a un mundo globalizado que impone y generaliza modelos y paradigmas, para así contrarrestar el peso de un oficialismo que, vuelvo e insisto, ha hecho tanto pero tanto daño a la construcción de nuestras propias historias. Toda generalización termina por desconocer las singularidades.

 

Referencias

 

Academia Nariñense de Historia (1997). Mujer, familia y educación en Colombia. Memorias del IV encuentro nacional de historiadores. Pasto: Graficolor.

Cano, G. (1990). Declaración de los derechos de la mujer y ciudadana. Iztapalapa, 19, 77-82.

De La Pedraja, R. (1984, enero). La mujer criolla y mestiza en la sociedad colonial, 1700-1830. Desarrollo y Sociedad, 13, 202.

Engels, F. (1950). La mujer y el comunismo. Antología de los grandes textos del marxismo. Paris: Éditions Sociales.

Ferro, C. & Quirós, A. (1994, septiembre). Mujeres en la colonia: entre la ley y la vida. Ciencias Sociales, 65, 17-24.

Muñoz, L. (2011). Mujeres del Sur en la independencia de la Nueva Granada. Pasto: Graficolor.

Quintana, E. (1950). Por la plenitud de la ciudadanía de la mujer colombiana. Bogotá: Iqueima.

Rodríguez, P. (2010). Las mujeres en la independencia de Colombia. Credencial Historia, 247, 156-160.

Romero, J. (2001). Latinoamérica: las ciudades y las ideas. México: Fondo de Cultura Económica.

Torres, M. (1997). Concepción moderna de la historia universal. El remoto origen de la historia masculina. Bogotá: Tercer Mundo Editores. 

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