Por: Jefferson Sánchez Cifuentes.
Colombia llegó a una de las elecciones más trascendentales de su historia reciente navegando sobre aguas agitadas. No era únicamente una contienda entre candidatos, partidos o proyectos de gobierno. Era, en esencia, una confrontación entre distintas maneras de comprender el país, entre memorias heridas y esperanzas inconclusas, entre el miedo a perder lo conocido y el anhelo de alcanzar aquello que nunca ha llegado para millones de colombianos.
La polarización fue mucho más que un fenómeno electoral. Se convirtió en un estado de ánimo nacional.
Penetró en los hogares, atravesó las mesas familiares, ocupó las plazas públicas y se instaló en las conversaciones cotidianas. Lentamente, el desacuerdo comenzó a confundirse con la enemistad y la diferencia de opinión con la sospecha. Allí radica su mayor tragedia: cuando una sociedad deja de escucharse, empieza a perder la capacidad de reconocerse.
Quizás por eso la pregunta que hoy recorre los caminos de Colombia no sea quién ganó o quién perdió.
La verdadera pregunta es otra: ¿hacia dónde vamos?
Dios permita que el pueblo colombiano no se haya equivocado en su elección. Sin embargo, la historia enseña que ninguna generación conoce de inmediato las consecuencias de sus decisiones. Los pueblos avanzan como los navegantes del Pacífico: guiados por la intuición, la experiencia y la esperanza de encontrar aguas más tranquilas después de la tormenta. El tiempo es el único juez capaz de revelar si el rumbo escogido conducía al puerto correcto.
Mientras el debate nacional continúa atrapado entre las orillas de la confrontación política, el mundo se transforma con una velocidad asombrosa. Estados Unidos sigue siendo una potencia determinante para América Latina y un aliado estratégico para Colombia. Pero más allá del horizonte, sobre las aguas inmensas del océano Pacífico, emergen las grandes economías asiáticas, redefiniendo las dinámicas del comercio, la tecnología y el poder global.
La geopolítica contemporánea parece susurrarle a Colombia una verdad que durante décadas ha preferido ignorar: su futuro también se encuentra mirando hacia el Pacífico.
Y es allí donde surge una de nuestras más dolorosas paradojas.
La región llamada a convertirse en puente natural entre Colombia y Asia continúa siendo una de las más excluidas del desarrollo nacional. El mismo océano que conecta al país con los mercados más dinámicos del siglo XXI baña las costas donde todavía persisten el abandono, la pobreza y las heridas abiertas por el conflicto armado.
Desde Tumaco hasta El Charco; desde Olaya Herrera, la querida y natal Bocas de Satinga, hasta Barbacoas y Roberto Payán, sobreviven comunidades que conocen demasiado bien el lenguaje de la ausencia. Ausencia de oportunidades, de inversión sostenida, de infraestructura adecuada y, muchas veces, de la presencia efectiva del Estado.
Allí, donde el manglar hunde sus raíces en las aguas salobres para resistir los embates de la marea, también resiste la dignidad de un pueblo que se niega a desaparecer.
Las secuelas de la violencia todavía recorren los esteros como una sombra silenciosa. Habitan en las memorias de quienes fueron desplazados, en las historias de quienes perdieron seres queridos y en los sueños interrumpidos de generaciones enteras. Sin embargo, el Pacífico nariñense no puede definirse únicamente por sus dolores.
Sería una injusticia histórica.
Porque entre el rumor de los ríos y el canto profundo de la marimba florece una cultura extraordinaria. Una cultura que ha aprendido a convertir la tristeza en arrullo, la adversidad en resistencia y la esperanza en una forma cotidiana de supervivencia.
Quizás Colombia tenga mucho que aprender de esa sabiduría ancestral.
Los pueblos del Pacífico conocen una verdad que la política suele olvidar: ningún río avanza preguntando por las diferencias de las aguas que lo componen. Todas terminan fundiéndose en una misma corriente. Del mismo modo, ninguna nación puede construirse sobre el resentimiento permanente ni sobre la negación del otro.
La polarización es una tormenta; la nación es el río.
Y los ríos, aunque encuentren piedras, remolinos y crecientes, jamás renuncian a su destino.
Hoy Colombia necesita menos trincheras y más puentes. Menos consignas y más diálogo. Menos fanatismos y más humanidad. Porque ningún proyecto político será verdaderamente exitoso si no logra traducirse en dignidad para quienes habitamos los territorios históricamente olvidados.
El desarrollo del Pacífico colombiano no debe entenderse como un acto de caridad estatal, sino como una obligación histórica y una apuesta estratégica para el futuro del país. Allí, donde confluyen la riqueza ambiental, la diversidad cultural y la ubicación geográfica más privilegiada de Colombia frente al mundo asiático, se encuentran algunas de las claves para la prosperidad nacional de las próximas décadas.
Quizás haya llegado el momento de que Colombia vuelva la mirada hacia esos territorios que durante demasiado tiempo observó desde la distancia.
Porque desde las aguas de Tumaco, los manglares de Satinga, los ríos de Barbacoas, las selvas de Roberto Payán y los esteros de El Charco surge una misma petición: que la paz deje de ser un discurso y se convierta en realidad; que la justicia social deje de ser una promesa y se transforme en oportunidad; que la democracia deje de ser una disputa permanente y se convierta en un camino común.
Al final, más allá de las ideologías, los gobiernos y las coyunturas electorales, lo que está en juego es la posibilidad de reconciliarnos con nosotros mismos.
Porque las naciones, como los manglares, sobreviven cuando sus raíces permanecen unidas.
Y Colombia, pese a sus fracturas, sigue teniendo la oportunidad de florecer sobre las aguas de su propia esperanza.




