Delacroix en el Bronx de Bogotá

Fotografía: Héctor Favio Zamora

Ahí están, y no se esconden. Hernán y Diana. Armonía y romanticismo, surrealismo y brindis por todo lo alto. Qué más da el calorcito ausente del suelo, la incomodidad, la tragedia encima junto a la frazada. Aquí estamos, nos dicen, y se lo dijeron de paso al presidente Santos en su visita al barrio El Bronx de Bogotá (momento en el que fue tomada la foto por Héctor Favio Zamora, reportero gráfico del periódico El Tiempo), y nos dan un golpe certero, de frente. Knock out apenas el presidente asomó las narices, y a nosotros, apenas vimos la foto. Y si nos quedan dudas y volvemos incrédulos a mirarlos de reojo, nos lo repiten: aquí estamos, somos, fallecemos debajo de esta manta y de este cielo, abrazados, pero también nos besamos, nos amamos.

De Diana y de Hernán no sé nada. Sé que existen, que están, que respiran, que se aman en público con lo que tienen y con lo que no y con eso es suficiente para asociarlos con la libertad, con la vida y con la esperanza.
 
La pareja de enamorados es habitante del barrio céntrico de Bogotá, dos ángeles caídos que ni siquiera a ras del suelo pierden su elocuencia y su belleza.  Por eso apenas vi la foto se me hizo imposible no compararla, guardando las proporciones, con La libertad guiando al pueblo, la pintura de Eugène Delacroix.
 
Reviso el cuadro en la carátula del libro Delacroix de Gilles Néret publicado por Taschen y encuentro a la libertad representada por esa mujer que levanta el brazo derecho agarrando la bandera de Francia y que emerge lúcida entre el hostil y degradante ambiente del desastre de la guerra, igualito que en la foto. Sólo que Diana usa por bandera un beso y no necesita levantarse para poner a brillar su actitud desafiante.
 
Cuando el beso en medio de la guerra es la bandera, acostados significa dando saltos. 
 
Dicen que la mujer-libertad de la pintura de Delacroix, en su época, se salió de la idealización de la belleza, y escandalizó. Y Diana, en la foto de Zamora, un poco más: sí, claro, se sale del ideal de belleza, escandaliza, pero además paraliza, emociona, enamora, causa fiebre.
 
Debe ser durísimo para una mujer débil ver esta foto. Debe darle rabia a un hombre débil ver esta foto, y a los dos, juntos, debe darles miedo.
 
Muchas (y muchos) dirán (temblando): ¿Yo? ¿Así? !Pero cómo! ¿Besando apasionadamente a un hombre (mujer) en público acostada(o) en el suelo? ¿En dónde quedaron los modales?
 
Y se puede responder (preguntando): ¿qué modales, señorita (o)? ¿saber manejar los cubiertos, sentarse en la mesa, poner la pulcritud por encima del beso, de la libertad, de la esperanza?
 
Las circunstancias que condenaron a Diana y a Hernán a vivir en donde viven corresponde a otro capítulo. En este, lo que quiero aplaudir es la actitud, el manifiesto, la postura frente al mundo. 
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Las dos imágenes, la de Delacroix y la de Zamora, muestran un espacio de batalla, una escena de guerra, y eso sí no cambia. No sé cuántos muertos tuvo que poner Francia para alcanzar la libertad, la fraternidad y la igualdad. Ni siquiera sé si Francia alcanzó esos tres ideales, o si se quedó en dos, o en uno, o en ninguno. Pero en Francia se acabó la guerra y en Colombia no, notable diferencia.  Aquí seguimos poniendo muertos cumplidamente como bolitas de Navidad en el árbol cada diciembre: muertos en los ríos, muertos en los campos, muertos en las ciudades, muertos en las calles, muertos en las playas. Muertos, muertos, muertos. Y los vivos, muertos de miedo, todo el tiempo.
 
En Bogotá, el Bronx es un barrio que pese a estar ubicado a pocos metros del centro del poder en la capital colombiana, ha sido tomado por mafias y hasta ahora no ha sido posible recuperarlo pese a los muchos intentos por lograrlo. Y entre sus habitantes que lo han perdido casi todo y que a diario siguen perdiendo lo poco que les va quedando, hay cosas que no, que no se pudren, que no mueren, que se niegan, como el amor entre Diana y Hernán.
 
Usted qué pensó, señor presidente, ¿que porque estaba visitando el Bronx Diana y Hernán no se iban a besar? ¿Qué iban a pararse a saludarlo, a hacerle la venia? No, señor presidente: cuando el amor hierve no hay presencia que lo enfríe, y menos una presencia tan sin importancia como la suya.

 

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