¿Educamos para el mundo de hoy?

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Por: Pablo Emilio Obando A.
En Colombia hablar de educación es casi que un tabú. Un imposible que termina en conferencias y diálogos entre sordos. En las instituciones educativas el tema es vetado, directivos y docentes evitan abordar un asunto tan crucial. Las aulas son un reflejo del siglo pasado, el currículo un maremagnun de contenidos que hace rato perdieron vigencia. Universidad y normales parecen haberse congelado en términos de conocimiento. El mundo cambia, pero la educación y las instituciones mantienen su status quo.
Un niño y un adolescente deben afrontar el tedioso castigo de siete u ocho materias diarias, fragmentadas, cortadas, aisladas, desconectadas. En espacios de cincuenta minutos que obligan a mirar hacia horizontes diversos sin relación alguna. Niños sentados y de espalda, treinta o cuarenta niños exhibiendo su espalda ante un profesor que recita maquinalmente una clase aprendida en viejos textos escolares.
Y nos negamos a debatir la urgente necesidad de promover y fomentar una REFORMA EDUCATIVA que nos conecte con el mundo y la sociedad contemporánea. Que labore y desarrolle perfiles que se requieren en una sociedad cambiante y competitiva. Estamos atrapados en una caverna pedagógica que impide mirar más allá de las sombras de nuestra propia percepción.
Colombia se llenó la boca durante años hablando de educación como la gran herramienta de equidad. Pero la realidad es mucho más incómoda: no tenemos un sistema educativo, tenemos un sistema de reproducción de desigualdades.
Las cifras no mienten, y cuando lo hacen, es porque aún se quedan cortas. Hoy, más de 725.000 estudiantes repiten el año escolar y las tasas de repitencia se han disparado tras la pandemia . Peor aún: cerca del 45% de los niños que empiezan primero no llegan a grado once . Es decir, la mitad del país se queda en el camino antes de terminar el colegio.
¿Y todavía hablamos de cobertura como si el problema fuera simplemente meter niños al aula? El problema no es que los estudiantes no lleguen. El problema es que no quieren quedarse, porque el sistema no les dice nada. Apenas el 51% de los jóvenes logra cursar la educación media . Y no es casualidad: estamos ofreciendo una educación diseñada para un país que ya no existe.
Seguimos atrapados en un modelo que premia la memoria y castiga el pensamiento. Un sistema que enseña a repetir, no a cuestionar; a obedecer, no a crear. Mientras el mundo avanza hacia la inteligencia artificial, la innovación y el conocimiento aplicado, en Colombia seguimos evaluando con exámenes que miden lo que un estudiante puede olvidar en una semana.
Y la desigualdad es preocupante. No hay un sistema educativo: hay dos países.
Uno privado, bilingüe, conectado con el mundo.
Otro público, precarizado, desconectado y condenado a sobrevivir.
Las brechas son tan profundas que en algunas regiones la repitencia duplica el promedio nacional . No es un problema pedagógico: es un problema estructural, territorial y político.
Pero incluso cuando el estudiante logra sobrevivir al sistema y llega a la universidad, la promesa se rompe. En Colombia, estudiar más no garantiza empleo. El desempleo golpea incluso a quienes tienen educación superior, evidenciando una desconexión brutal entre formación y realidad económica .
Entonces la pregunta es inevitable:
¿para qué estamos educando? Hoy educamos para sostener un sistema, no para transformar un país.
Colombia no necesita más de lo mismo. No necesita más reformas cosméticas ni más discursos sobre cobertura. Necesita una ruptura.
Necesita una educación que forme ciudadanos críticos, no repetidores de contenido. Que conecte con el territorio, no que lo ignore.
Que prepare para la vida real, no para un examen. Que entienda que el conocimiento sin propósito es simplemente acumulación inútil.
Pero, sobre todo, necesita entender algo que incomoda al poder: la educación actual no está fallando por accidente. Está funcionando exactamente como fue diseñada: para mantener las cosas como están. Y ahí está el verdadero problema.

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