Por: Tirso Benavides Benavides
La noticia irrumpió con la fuerza de un titular. El viernes pasado, Caracol Televisión anunció investigaciones internas por acusaciones de acoso sexual contra dos de sus presentadores, sin decir de quienes se trataba. Esta semana, el velo cayó y los nombres propios ocuparon la conversación nacional: Jorge Alfredo Vargas y Ricardo Orrego, personajes que por años han hecho parte de la cotidianidad de los colombianos, fueron separados de sus cargos. Como un eco inevitable, este suceso ha reavivado las denuncias que, por motivos similares, pesan sobre Hollman Morris, actual gerente de RTVC, el sistema de medios públicos.
Estamos ante lo que ya se denomina el Me Too colombiano, una réplica del movimiento global que busca desmantelar las estructuras de abuso que el silencio y el poder habían protegido y normalizado durante décadas.
La diferencia en el manejo de ambos casos es tan marcada como sintomática. Por un lado, la empresa privada optó por la profilaxis institucional, prefiriendo mantener la audiencia. Caracol apartó a los presuntos agresores y delegó la investigación en Catalina Botero, una jurista cuya trayectoria internacional como relatora de libertad de expresión en la OEA, es prenda de garantía. En la otra orilla, el canal oficial ofrece un espectáculo distinto, el gerente de RTVC promueve la firma de un comunicado en su propia defensa, mientras el Gobierno cierra filas para protegerlo, desoyendo incluso el llamado urgente de varias parlamentarias del propio Pacto Histórico que han exigido su salida del cargo.
Como un contrapoder a este inmovilismo oficial, ha surgido la presión de iniciativas civiles y gremiales. Resalta la labor de “Yo te creo, colega”, un canal de denuncias impulsado por comunicadoras para romper el pacto de silencio en los medios. A esto se suma una carta pública, respaldada por decenas de firmas de periodistas y juristas de renombre, que exige la cabeza de Morris como un acto de coherencia mínima con las víctimas y con la gravedad de los testimonios conocidos.
Mantener a Morris en su cargo es una prueba más de que el feminismo en este gobierno es apenas un decorado discursivo. En campaña lucieron la pañoleta verde con orgullo militante, pero en la práctica se han alejado de los preceptos de ese movimiento social. El caso de Morris se suma a una lista de nombres cuestionados, como el de Armando Benedetti y otros que han salido avante gracias al apoyo estatal, a pesar del rechazo frontal de la Vicepresidenta o de exministras como Susana Muhamad. Es una afrenta directa a las mujeres que creyeron en el proyecto, se usaron sus banderas y sus votos para luego ignorar sus reclamos de justicia cuando el señalado es un amigo de la casa.
El acoso sexual en el periodismo no es una novedad, tristemente es una práctica que se había normalizado en las salas de redacción bajo el barniz de la bohemia o la exigencia del oficio. Sin embargo, la Sentencia T-140 de 2021 de la Corte Constitucional marcó un antes y un después. El alto tribunal fue contundente: el acoso no es solo una agresión personal, es una forma de censura que empobrece la democracia. El fallo establece que los medios tienen el deber de debida diligencia, lo que implica crear canales seguros y actuar de oficio, reconociendo que ser mujer periodista en este país conlleva un riesgo adicional que no se puede ignorar.
Que esto pase se vuelve más común en una era donde la noticia se ha vuelto espectáculo, el periodismo termina importando las dinámicas más rancias del show business. Esta es una realidad que traspasa fronteras, incluso ha inspirado canciones que se refieren al tema desde la sátira como el Carnal de las Estrellas de Molotov o como Talento en Televisión, una salsa de Willie Colón que reitera en su coro que la dama en cuestión “no tiene talento, pero es buena moza, tiene buen cuerpo y es otra cosa, muy poderosa en televisión, tiene un trasero que causa sensación”.
Pero no nos engañemos; aunque hoy los focos apunten a los medios, el acoso es un cáncer recurrente en casi cualquier estructura donde la jerarquía es marcada, casi castrense. Lo vemos en el silencio de las fuerzas armadas y también en el sector salud. No es gratuito que ONU Mujeres adelantara un estudio en Nariño, el año pasado identificando este entorno, en el que yo trabajo, como uno de los más reiterativos en estos casos. El viejo cuento de la enfermera y el médico que a veces se romantiza muchas veces solo camufla un acoso.
Para concluir, es necesario precisar que nos falta información y nos sobra confusión: una cosa es el acoso laboral y otra, muy distinta y más profunda, es el acoso sexual.
Al estar al frente del área de Talento Humano en una institución de salud con más de 250 empleados, donde el 75% son mujeres, estas noticias me obligan a una reflexión constante. A menudo me pregunto dónde se dibuja la frontera entre una relación cercana y empática con el equipo, y la transgresión que conduce al abuso. Tras un análisis llego a la conclusión de que la solución no solo reside en protocolos que muchas veces son producto del dañino copiar y pegar, sino en una sola palabra: consentimiento. Sin él, cualquier gesto de confianza es una invasión. El punto clave es entender que el SÍ debe ser libre y el NO debe ser sagrado.




