Falsos mesías y rebaños ciegos, el problema de la política colombiana

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Por Tirso Benavides Benavides

En la política, como en la física, los extremos suelen curvarse hasta tocarse. En Colombia, se ha perfeccionado un fenómeno donde las ideologías parecen antagónicas, pero las formas son idénticas. Si se analiza sin apasionamientos, podemos ver que las figuras de Álvaro Uribe Vélez y Gustavo Petro no son tan diferentes, coinciden como reflejos en un espejo de narcisismo, caudillismo y ansias de poder.

Aunque sus discursos hablen lenguajes distintos —uno desde la seguridad y la tradición, el otro desde el cambio social y la ruptura—, ambos operan bajo la misma arquitectura emocional: el populismo mesiánico. El líder no se presenta como un administrador temporal del Estado, sino como un salvador indispensable. Para el uribismo, el líder fue la mano firme que rescató a la patria, para el petrismo, es el profeta que conducirá al pueblo hacia una tierra prometida de justicia social. Peligrosamente, este mesianismo anula las instituciones y entroniza al individuo. “El Estado soy yo” se convierte en la premisa tácita de quienes creen que su voluntad personal es equivalente a la voluntad popular.

Lo más preocupante de este narcisismo político no es solo la personalidad de los líderes, sino la transformación que operan en sus bases. El seguidor deja de ser un ciudadano crítico para convertirse en un correligionario de una secta en donde está prohibida la autocrítica. En estas sectas ideológicas cualquier cuestionamiento es visto como traición.

Es en esta entrega total donde el uribismo y el petrismo revelan su inquietante parentesco. Son correligionarios de la misma intolerancia, incapaces de admitir argumentos que empañen la imagen de su redentor. Para el uribista radical, los “falsos positivos” y el asedio a las instituciones fueron apenas daños colaterales de una patria rescatada, para el petrista acérrimo, la corrupción que hoy permea las estructuras del Gobierno es una invención de las élites y de los medios tradicionales, un mal necesario para alcanzar la esquiva justicia social. Ambos bandos funcionan como rebaños ciegos que prefieren la infamia propia antes que la razón ajena, cerrándose a cualquier diálogo y aniquilando la posibilidad de un debate en base a argumentos.

Este patrón de comportamiento no es una anomalía local, sino una receta global de control de masas que ha mutado a través de las décadas. Lo vimos en el personalismo de Juan Domingo Perón en Argentina, quien sentó las bases de un movimiento donde la figura del líder se confunde con el Estado, o en la narrativa mesiánica de Fidel Castro en Cuba, que justificó décadas de verticalismo bajo el pretexto de una revolución perpetua.

Sin importar la orilla ideológica, el narcisismo del caudillo siempre reclama el mismo sacrificio: la entrega total de la voluntad ciudadana a los pies de un salvador que no admite críticas ni sombras.

Todo se les perdona a estos falsos mesías bajo el manto de una “causa superior”, una actitud que anula la admisión de argumentos en contra y destruye cualquier puente de comunicación en la sociedad. El daño que estos extremos hacen es incalculable, pues dividen al país en bandos que no buscan un fin común, sino la validación de su líder a toda costa.

Al final, uribistas y petristas terminan siendo las dos caras de una misma moneda de intolerancia. Seguir alimentando estos caudillismos, ignorando las manchas y los delitos de quienes dicen representarnos, es una ceguera peligrosa para la democracia que solo nos conduce a un ciclo eterno de odio y división sin salida.

 

 

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