Por: Tirso Benavides Benavides
Estamos en plena efervescencia electoral y el aire se siente denso. Las encuestas hoy marcan una tendencia clara con Iván Cepeda punteando la intención de voto, un escenario que ha acelerado los motores de la desesperación en las orillas opuestas. En la política criolla, tal como en la guerra, parece que para algunos el “todo vale” se ha convertido en la única estrategia de supervivencia. Cuando los argumentos no alcanzan para subir en los sondeos, aparecen las maniobras de distracción y el ataque personal.
Es en este contexto de agitación donde surge la más reciente y temeraria acusación del expresidente Álvaro Uribe Vélez. El líder del Centro Democrático ha señalado al gobernador de Nariño, Luis Alfonso Escobar, de estar vinculado a la financiación del magnicidio del candidato presidencial Miguel Uribe. Sin embargo, el sustento de semejante afirmación no es una prueba judicial, ni un testimonio bajo juramento, ni un rastro financiero, es una carta anónima, escrita a mano, que por su apariencia evoca más un cuaderno escolar que un documento serio.
Denunciar sin más respaldo que un papel sin firma es un acto que carece de peso jurídico y ético. En la era de la posverdad, cualquiera podría redactar una acusación de ese calibre en una hoja de bloc y lanzarla al ruedo mediático. Pero elevar eso a la categoría de denuncia pública contra un mandatario regional no solo es irresponsable, sino que erosiona la calidad de nuestro debate democrático.
La trayectoria de Luis Alfonso Escobar no es corta y es de conocimiento público. El hoy gobernador se ha labrado un camino desde lo académico, como economista , con una carrera dedicada a entender las dinámicas del desarrollo regional. En lo público, su paso por la Planeación nacional y regional ha sido técnico, lejos de los estruendos de la violencia política que hoy le quieren endilgar. Su perfil ha sido el de un académico volcado a la gestión, no el de un estratega de la sombra.
En política, es bien sabido que no se puede “meter las manos al fuego” por nadie. No obstante, lo que pasó es un exabrupto difícil de ignorar. Más que una búsqueda de justicia, esto huele a una estrategia desde la campaña uribista para intentar golpear, de rebote, al favorito de las encuestas. Al intentar vincular a un aliado o figura de la misma línea política con un crimen de tal magnitud, buscan ensuciar el panorama para nivelar la contienda por lo bajo.
Aquí en el sur, bajo la sombra de nuestro Volcán Galeras, sabemos bien lo que significa vivir con una amenaza de erupción latente. Estamos acostumbrados a los ruidos internos de la tierra y a las fumarolas que a veces solo son vapor. En este caso sucede lo mismo. Mientras no existan pruebas fehacientes, mientras no haya nada más que un papel anónimo, todo esto no pasa de ser “puro bla bla bla”. En el Pasto y en la Nariño que piensa, sabemos que hasta que la lava no queme, esto no es más que ruido electoral para ver si alguien muerde el anzuelo de la desinformación.




