Nariño ha sido reconocido por su vocación rural y agropecuaria. Esa identidad es valiosa y no tenemos por qué renunciar a ella. Pero sí necesitamos ampliar la mirada: hoy, el campo también depende de la tecnología, la investigación, las aplicaciones, la inteligencia artificial y el conocimiento. La pregunta no es si debemos seguir apostándole a la agricultura, sino cómo podemos llevarla a otro nivel.
Un referente, en este tema, para pensar esa transformación es Israel, tal como lo cuentan Dan Senor y Saul Singer en Start-Up Nation: La historia del milagro económico de Israel. El libro relata, entre otros casos, la historia de Simcha Blass, ingeniero nacido en Polonia y creador de Netafim, empresa israelí que llegó a convertirse en uno de los principales proveedores mundiales de sistemas de riego por goteo. La idea surgió cuando Blass observó que un árbol crecía en el jardín de un vecino, aunque aparentemente no recibía agua. Al investigar, descubrió una pequeña fuga en una tubería subterránea. Años después, con la aparición de nuevos materiales plásticos, vio que era posible convertir aquella observación en una solución tecnológica y la patentó.
Esa historia muestra cómo la atención a un problema concreto, la curiosidad y el conocimiento pueden convertirse en innovación y actividad económica. También recuerda que la tecnología no tiene por qué alejarse del campo: puede ayudar a producir mejor y a aprovechar los recursos de manera más eficiente.
Nariño tiene riqueza natural, creatividad y una tradición agrícola que debemos potenciar. Sin embargo, todavía dependemos demasiado de la venta de productos primarios, con poco valor agregado. Necesitamos transformar lo que producimos, crear empresas, generar empleo y abrir oportunidades para que los jóvenes puedan desarrollar sus ideas en la región.
También hace falta actualizar la manera en que contamos quiénes somos. En muchas partes del país persiste una imagen de Pasto como un lugar rural, alejado de la dinámica urbana. Esa mirada no corresponde a la ciudad que existe hoy. No es un insulto reconocer la ruralidad: el problema es reducir a Pasto y a Nariño a una sola característica y desconocer su diversidad, su vida urbana, su capacidad creativa y sus posibilidades productivas.
El Carnaval de Negros y Blancos, las industrias culturales, las artesanías, la música y la creación de contenidos pueden convertirse en actividades económicas con mayor alcance. Tenemos expresiones culturales reconocidas, pero debemos conectarlas con nuevos modelos de negocio, herramientas digitales, promoción nacional e internacional y formación empresarial. La creatividad que ha distinguido a los nariñenses también puede impulsar la producción y generar ingresos.
El café ofrece un ejemplo concreto de ese cambio. En los últimos días, en torno a La Mejor Taza de Nariño, hemos visto a jóvenes y familias que conocen cada vez más sobre variedades, calidad, procesos, preparación y comercialización. El café ya no se entiende solamente como un cultivo: exige conocimiento en cada etapa, desde la producción hasta la marca y la experiencia de consumo. Esa transformación puede inspirar a otros sectores.
La era del conocimiento no significa dejar atrás lo propio. Significa fortalecerlo con ciencia, tecnología e innovación para mejorar la producción y la calidad de vida. Podemos incorporar herramientas digitales al campo, usar drones, explorar la inteligencia artificial, mejorar los procesos y construir productos con identidad y valor agregado. Para lograrlo, hay que acercar a productores, empresarios, universidades, instituciones y jóvenes.
También debemos salir a conocer. En Start-Up Nation, Senor y Singer describen cómo muchos israelíes han recorrido distintos países en busca de oportunidades, experiencias y aprendizajes. Nariño necesita cultivar esa apertura: primero, conocer mejor nuestro país y sus iniciativas; luego, acercarnos al mundo, identificar experiencias que han funcionado y entender qué podemos adaptar a nuestra realidad. Viajar y aprender no significa copiar modelos, sino ampliar la mirada para construir soluciones propias.
La educación tiene un papel decisivo. No basta con ofrecer cursos rápidos ni con mantener el conocimiento dentro de las aulas. Se necesitan procesos de formación profunda que ayuden a leer, investigar, pensar, formular proyectos, crear empresas y aprender también de los errores. La educación debe vincularse con el emprendimiento y con los problemas reales del territorio. El conocimiento cobra sentido cuando encuentra cómo aplicarse y beneficia a la sociedad.
Las universidades, a su vez, están llamadas a relacionarse más con las comunidades y los sectores productivos. Su papel no se limita a formar profesionales ni a participar en los debates públicos: también pueden contribuir a resolver problemas, acompañar iniciativas e impulsar transformaciones. El conocimiento no debe quedarse entre los muros de la academia.
Nariño necesita, además, una apuesta de largo plazo: pensar el departamento a diez años, definir qué sectores queremos impulsar y acordar propósitos comunes que puedan sostenerse más allá de los cambios de gobierno. Para avanzar, hacen falta resultados concretos, participación en escenarios nacionales e internacionales y referentes que inspiren. También necesitamos una alianza entre los sectores políticos, económicos, sociales y académicos, capaz de poner los intereses regionales por encima de las diferencias.
No se trata de copiar modelos extranjeros. Se trata de conocer experiencias de países que transformaron sus economías mediante la educación, la ciencia y la innovación, y preguntarnos qué podemos adaptar a nuestra realidad. Nariño debe construir su propio camino, con sus capacidades, sus prioridades y sus territorios.
La tierra fue durante mucho tiempo el principal factor de riqueza. Hoy también lo es el conocimiento que permite aprovecharla mejor. Si queremos que el campo avance, debemos llevar la innovación al campo; si queremos que nuestras expresiones culturales generen oportunidades, debemos conectarlas con nuevas herramientas y mercados; y si aspiramos a producir más valor, necesitamos formar, investigar y emprender.
El reto es cambiar de enfoque sin desconocer lo que somos. Nariño tiene campo, cultura, talento y creatividad. Ahora debe convertir esas fortalezas en una economía que produzca conocimiento, transforme sus recursos y ofrezca más oportunidades a las nuevas generaciones. Esa es la conversación que necesitamos abrir: cómo pasar de la riqueza potencial a la creación de valor, y cómo construir, entre todos, una región preparada para la era del conocimiento.




