La ciudad perdida de Chitarrán.

Todos los cronistas de indias aciertan en afirmar que el Tahuantinsuyo o gran Estado de los Incas se extendió hasta lo que en la actualidad corresponde al departamento de Nariño, en Colombia. Los límites se precisan en lo que se ha dado en llamar la Ciudad Perdida de Chitarrán, en jurisdicción del municipio de Funes. Para visitar el lugar, el recorrido empieza en este bello municipio después de haber transitado por una moderna vía Panamericana con doble calzada. Luego de tomar un desayuno, salimos con rumbo para la vereda Chapal, a unos 45 minutos del lugar con una imponente vista, que por algo su significado es balcón. En esta zona se encuentra dispuesto un equipo de guías que brinda su servicio para recorrer la finca La Chilidoña, lugar donde se puede apreciar una vegetación en su estado natural, petroglifos y una cascada, como sobresalientes atractivos. En el trayecto que se hace en vehículo 4×4 se puede apreciar importantes vestigios de una cultura ancestral que dejó su testimonio de poderío expansionista. Es un conjunto de murallas, mojones y apachetas que despiertan el enigma de qué fue lo que existió en estos lugares: si eran unas viviendas, centros ceremoniales o terrazas de cultivo, de ello no hay la suficiente certeza.
Después de caminar un mediano recorrido y escuchar anécdotas, mitos y leyendas en voz de nuestro guía, hemos retornado a Chapal para dirigirnos a la Ciudad Perdida de Chitarrán. Encontramos un espacio mágico donde se puede apreciar un paisaje montañoso con unas pendientes que producen vértigo, pero también el espectáculo maravilloso que ofrece la geografía accidentada, donde la altiplanicie se convierte en un balcón con un impresionante vacío natural.

En la Ciudad Perdida de Chitarrán hay un silencio que habla a través de unas rocas que fueron depositadas con la sabiduría ancestral, que permitía erigir magníficas edificaciones para ser utilizadas como depósito de alimentos, en lo que en lengua quichua se le denominó ‘tambos’, como la posta o punto de encuentro de los ‘chasquis’, que descansaban o tomaban su alimento en largas correrías que cubrían decenas de kilómetros.
No solo son los grandes cronistas de indias los que afirman que hasta este lugar, de lo que hoy corresponde a Colombia, llegaron los Incas con su beligerante dominio, imponiendo su cultura y desarrollo militar, también lo expresan los testimonios de unas murallas dispuestas a marcar un territorio o a delimitar un camino. Mirar hacia un lado o el otro es encontrarse con una muralla que comunica un lenguaje por descifrar. Todas apuntan al sol, como saywas que fueron erigidas para rendir el culto solar o medir el tiempo.

Caminar entre caminos fortificados con murallas de más de metro y medio de espesor es beber de la misma sabiduría conque los Incas organizaban a sus pobladores, rendían culto a su dios Inti y su Pachamama, como la representación de lo más sagrado de la fuente nutricia vivificada en hojas, semillas y frutos madurados con el tibio sol. Chitarrán es la mayor expresión de una civilización que su cosmovisión le llevó a ser fuerte. Los cronistas dicen que hasta el río Ancasmayo llegó el Tahuantinsuyo, el país gigante de los cuatro suyos. Y hasta aquí llegaba el Chinchaysuyo, el norte colonizado por Huayna Cápac, e incluso afirman que su hijo Atahualpa fue el gobernante del territorio norte. La vegetación tiene sepultadas muchas historias, testimonios de un modo de vida, los modos de cultivo; aquí se da apertura al Qhapaq Ñan o camino del Inca, hoy declarado Patrimonio de la Humanidad; sobre la superficie aparecen mojones, apachetas y caminos fortificados. En este lugar se asentó lo que hoy se ha dado en llamar la ciudad perdida de Chitarrán. Es un mundo por descubrir. El lugar promete ser un destino turístico, ya empieza a ser frecuentado por turistas nacionales y extranjeros; lo importante es que se desarrolle un turismo sostenible.
Se espera el compromiso de instancias gubernamentales, como el Ministerio de Cultura o el Instituto Colombiano de Antropología e Historia –Icanh- para disponer lo necesario para entregarle a Colombia y el mundo un sitio turístico cargado de sabiduría. Se necesita demarcar y señalizar para que el turista sienta que está en un sitio que marcó la historia, pero también un equipo de guías capacitados para ofrecer la mejor orientación, locales para ofrecer la gastronomía tradicional y todos los servicios que demanden los visitantes.

Por su parte, la Gobernación de Nariño, a través de la Dirección Administrativa de Cultura, con la dirección de Milton Portilla, manifiesta su interés en hacer una inversión para limpiar de la vegetación que cubre las murallas del Qhapaq Ñan. Es un noble propósito que puede llevar a mejorar la vida de sus habitantes. Mientras que el maestro Héctor Toro Jiménez con pasión se dedica a estudiar la ciudad perdida, recorriéndola en repetidas veces y tomando fotos de todo aquello que le parece novedoso. Personas que despiertan el asombro por nuestras raíces andinas, y con quienes ineludiblemente hemos tenido que mencionar el trabajo que ha hecho el investigador Isidoro Medina Patiño: con la Fundación Estanislao Merchancano ha contribuido con muy buenos aportes al conocimiento y la divulgación de tan importantes recursos históricos.

La Ciudad Perdida de Chitarrán es el punto de partida que conecta con una cultura que se extendió por gran parte de Suramérica y que somos herederos de legítimos de ese gran legado. Para visitar Chitarrán y sus alrededores es necesario despojarse de los vicios que nos ha impuesto la cultura occidental y transportarnos por un momento al pasado, recorriendo cada espacio sin alterar su esencia y sin dejar elementos contaminantes.

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