La época del ruido en la colonia Santafé de Bogotá, 9 de marzo de 1687.

El único testigo presencial que dejó constancia escrita de lo sucedido en la taciturna y parroquial Santafé de Bogotá, hace exactamente 334 años, fue el sacerdote jesuita Pedro de Mercado (Riobamba, Ecuador, 1620 – Bogotá Colombia, 1701), acontecimiento conocido desde entonces como “la época del ruido”, haciendo alusión al estremecedor acontecimiento que despertó de su letargo a todos los habitantes de la ciudad y de las poblaciones circunvecinas, incluido el presidente de la real audiencia, el limeño Gil de Cabrera y Dávalos, de quien dice Jackson (1978) “durmió la Colonia un sueño sepulcral, sin recibir impulso, ni gemir tampoco bajo la presión de la tiranía”.

Sucede que poco antes de la media noche del 9 de marzo de 1687, un ruido ensordecedor despertó y tomó por sorpresa a los habitantes de la sabana de Bogotá, creyendo muchos que había llegado el juicio final o que una turba de demonios se había escapado del infierno para tomarse a la humanidad, ya que durante 15 minutos no cesó el ruido, el cual además estuvo acompañado de un fuerte olor a azufre, asociado desde la antigüedad a la presencia del demonio.  Desde entonces, y durante muchos siglos, en Bogotá y en Tunja el 9 de marzo se celebraban misas y actos religiosos para recordar este terrible suceso, además, fue un acontecimiento que formó parte de la tradición bogotana, hoy ya olvidado por muchos.

Otros cronistas recogieron tanto la tradición oral como lo escrito por el jesuita Pedro de Mercado y otros en 1691, un informe que muestra un poco la magnitud de lo acontecido y que ha dado pie para que algunos científicos traten de explicar dicho fenómeno, encontrando que posiblemente se debió a un meteorito que cayó cerca a la Bogotá de entonces.

A continuación reproducimos un aparte del escrito en mención:

El día domingo que era el séptimo antes de las Idus de Marzo (9 de marzo) del 87, horas antes de la media noche, noche en la que no había ni siquiera una nubecilla, y que el cielo ofrecía un espectáculo maravilloso con todas sus estrellas, noche que invitaba a un gran descanso y tranquilidad, de repente se escuchó en la ciudad de Santa Fe y en las ciudades circunvecinas por muchas leguas un estruendo tan horrible y aterrador, que quienes lo escucharon declaran nunca haber oído cosa semejante y nunca lo oirían y se prolongó casi por quince minutos y en tan breve tiempo es cosa de admirar a cuantos haya sacado fuera quienes dejados sus hogares, llenaban las calles, pues en ese momento del estruendo ya estaban casi todos acostados, pero aterrados, y perdida la razón, a la manera de las Bacantes, por todas partes aparecían. Los gritos de la gente, el estruendo que recorría el aire, el bramar de la tierra, el aullido de los perros y el triste repiquetear de las campanas hizo recordar el final de los tiempos descritos en las Sagradas Escrituras. Desquiciándose toda la máquina del firmamento y desbaratándose los ejes de su poderosa rueda a manera de cuando se descompone un reloj, se formaba tan estupendo ruido con el desconcierto de la esfera celeste. Otros decían escuchar como si se tratase de ejércitos formados en línea de combate prestos a pelear, oír el sonido de las trompetas llamando a combate, que los arcabuceros de cerca se disparaban y que con bolas incendiarias haber escuchado el estrépito que hacen los soldados al sacar los sables para el combate, o que ambas partes con toda clase de proyectiles incendiarios mutuamente se atacaban…No faltan quienes aseguran que el ruido les parecía ser como el que producen las carretas por los empedrados, jaladas por caballos desbocados. Otros imaginaban que el estruendo era como el que suelen producir descomunales troncos al ser arrastrados por las plazas de las calles pavimentadas con piedras desiguales…Era una desordenada mezcla de los elementos. Su similitud con las sonidos de las máquinas de guerra, tambores y el sonido como de soldados sacando el sable. Unos y otros compañeros de temor chocaban entre sí en medio de la fuga sin poder socorrerse mutuamente, allí donde creían encontrar ayuda el temor era mayor, más fuerte, más vigoroso. Uno preguntaba a otro si la causa del estruendo era la cacería, sin embargo no había nadie que pudiese satisfacer la pregunta. El temor, el terror había quitado casi el uso de la razón. Al terror con que las mentes de todos estaban sacudidas se añadían los gritos confusos y tristes de mujeres y niños no acostumbrados a unas desgracias repentinas como estas: así ellos alimentaban sus oídos con el horrible estruendo. El espanto se había apoderado de sus corazones. A todos estos momentos de horror y de angustia se añadía el no menos lúgubre ladrido de los perros, que sin descanso llenaban el aire y con ellos se infundía más terror sin olvidar el triste repiqueteo de las campanas que se tocaban para apartar la desgracia, pero ¿qué más puede agregarse? Si puede haber alguna idea del último día de la existencia de la tierra, ciertamente fue esa la que sucedió aquella noche. No faltó quien entregándose a la conjetura y a sus pensamientos dijera que el terror que sacudió a los hombres en sus ojos, en sus oídos, que los bramidos de la tierra, que el estruendo que recorría el aire no era sino la hora clara del último juicio. No se equivocaban al opinar así, pues lo que estaba sucediendo era semejante a lo que se describe en las Sagradas Escrituras.  Pero no se vaya a creer que fueron sueños de personas tímidas, sino que todo fue una realidad. En el mismo instante en que Dios mostró a esta ciudad su brazo armado con el flagelo, castigó a la ciudad limense de Callao y a otras ciudades circunvecinas. Y al mismo tiempo (si podemos dar crédito a una computación de horas) se estremeció el barrio de la ciudad con tales temblores que apenas puede imaginar la mente humana” (Moreno, 2007).

Como se ha mencionado, dentro de las explicaciones están la presencia de un meteorito que cayó cerca de la ciudad, sin descartar una erupción volcánica, así como el origen tectónico que el mismo Mercado anota, además, aunque distante, Sañudo (1939) hablando de temblores y terremotos en el Sur de Colombia, anota: “Por último, en 1687 hubo un temblor de tierra en la ciudad, con que se cayó la Iglesia del Convento de la Concepción, de modo que pidieron limosna al Rey, para reedificarla, y se gastaron nada menos que cinco mil patacones. En Quito hubo temblores en 1626, 1645, 1678 y 1687, y aún en 1660 en 9 de noviembre”(p. 66). Aunque resulta a todas luces inverosímil que el ruido hubiese llegado hasta tan lejos y que no se registre ningún ruido en las crónicas de Pasto.

Referencias

Sañudo, J. (1939). Apuntes sobre la historia de Pasto. 2ª parte, La Colonia bajo la Casa de Austria. Pasto: Imprenta la Nariñesa.

Moreno, F. (2007). Nuevos aportes para la explicación del misterioso y portentoso ruido escuchado en Santa Fe de Bogotá el 9 de marzo de 1687. El Astrolabio, 6, 2, 7-18.

 Jackson, W. (1978). Diccionario Enciclopédico Hispano Americano de Literatura, Ciencias, Artes, 6. London: W. M. Jackson Editor.

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