Por: Tirso Benavides Benavides
Son las diez de la mañana, esa hora híbrida en que la jornada ya pesa pero el día apenas se define. El clima es frío y el cielo arrastra ese gris plomizo y denso que suele cobijar las rutinas en Pasto. El asfalto húmedo contribuye a una atmósfera monótona, casi monocromática. De repente, una figura en movimiento irrumpe en el paisaje, es una mujer madura que camina con total naturalidad vistiendo una pijama de un fucsia encendido. Ha salido a comprar el pan de ese día, completamente ajena al pudor de exhibir en la vía pública una prenda diseñada, en principio, para los confines íntimos del dormitorio.
En su recorrido, la silueta fucsia se cruza con ejecutivos encorbatados de paso apresurado, estudiantes universitarios de jeans y camisetas, abuelitas envueltas en ruanas de lana y hasta mujeres que desafían el viento andino luciendo minifaldas. A ella no le importa lo que luzcan o piensen los demás. Mientras su cuerpo permanezca cómodo y sobre todo abrigado, le resbala por completo cualquier juicio o crítica fashionista que su atuendo pueda despertar en las esquinas.
La utilidad de estas prendas se corrió de voz en voz y su papel como vestuario estratégico para sobrevivir a las madrugadas y noches heladas de la ciudad, terminó por cruzar el umbral definitivo hacia las calles y el día. Poco a poco, las pijamas térmicas se han ganado un espacio en los armarios pastusos, convirtiéndose en una indumentaria infaltable que no distingue sexo, edad ni estrato social.
Su presencia se ha democratizado. Las hay de todos los precios, marcas y calidades. Se consiguen en los escaparates de elegantes centros comerciales, en los tradicionales pasillos del mercado de Bomboná –en donde es uno de los productos que más se ofertan- y hasta en puestos de ventas callejeras. ¿en qué momento exacto la pijama dejó de pedir permiso para salir a la calle? Sin darnos cuenta, el espacio público fue colonizado pacíficamente por un ejército texturizado de ositos, arcoíris y fibras térmicas de peluche.
Lejos de lo que los sectores más rígidos podrían catalogar como simple pereza o descuido estético, este fenómeno constituye una declaración de principios urbanos: es la priorización absoluta del confort térmico sobre las convenciones y la rigidez de la etiqueta social. En Pasto, la geografía y el clima actúan como cómplices de una estética propia que redefine la normalidad.
Esta nueva costumbre ciudadana nos permite presenciar escenas cotidianas que rayan en el surrealismo. Andenes y vías se convierten en la pasarela perfecta para la libertad individual, donde el espacio público se habita con las mismas licencias con las que se recorre el pasillo de la propia casa. Por ejemplo, aquella jubilada que sale al parque a pasear a su escandaloso perrito pincher, sumida en sus pensamientos, sin ser consciente de que, mientras camina, también pasea ante el vecindario toda una colonia de conejitos de felpa estampados en su pantalón; la profesional de oficina que de lunes a viernes viste sastres impecables y que el sábado se da la licencia absoluta de usar una pijama de corazones multicolores para ir a comprar a la tienda de la esquina, no falta quien opta por mezclar sin pudor una bata de lunares gigantes con pantalones de ositos de diferente diseño, desafiando con valentía cualquier ley de la combinación cromática, pero anotándose una victoria indiscutible en la escala de la calidez.
Tal vez sea la altitud de la ciudad, suspendida a más de 2.500 metros sobre el nivel del mar, la que ha propiciado esta tendencia que se replica en otros municipios nariñenses de clima frío. Al adoptar las pijamas térmicas como un auténtico outfit para toda ocasión, los pastusos han sabido estructurar sus propias dinámicas de moda urbana, manteniéndose ajenos a los dictámenes artificiales de las pasarelas internacionales.
Aunque a simple vista se observa a más mujeres portando estas prendas a plena luz del día, los hombres no se quedan atrás en su uso, le han otorgado un abanico funcional diferente al mero descanso nocturno. En el universo masculino, la pijama térmica ha salido de la cama para convertirse en la armadura ideal para las labores del hogar, desde clavar un clavo en la pared, destapar un baño o lavar el carro los domingos, también ser la prenda elegida para trotar o practicar deportes informales. En la práctica, un sustituto definitivo de la sudadera y del overol.
Dentro de este fenómeno no hay diseños de alta costura ni mentes brillantes de la moda pensando en siluetas vanguardistas. La arquitectura de estas prendas no puede ser más rudimentaria y elemental: un buzo y un pantalón de corte completamente plano, lo estrictamente básico para asegurar que haya una manga por cada extremidad. No existen pinzas, ni entalles, ni la más mínima pretensión de diseñador, es la geometría textil reducida a su función más primitiva, cubrir el cuerpo del frío.
Algo que llamativo es la naturaleza de sus diseños. Sin importar la edad biológica de quien la use —ya sea una adolescente, un adulto o una persona de la tercera edad— los motivos impresos en la tela son casi siempre infantiles. Muñequitos animados, superhéroes de cómics, princesas de cuentos o figuras de fantasía. Algo debe haber detrás de esta elección colectiva. Tal vez se trate de esa íntima añoranza por la infancia, un refugio psicológico común y necesario mientras crecemos y envejecemos en un mundo acelerado. Vestir de peluche es, de algún modo, volver a ser un niño inmune a las preocupaciones.
Este protocolo de vestir urbano no está exento de controversia. El fenómeno puede ser calificado por los sectores más tradicionales como una franca transgresión a los buenos modales y a la urbanidad. “No está bien salir con ropa de dormir a la calle”, argumentarán desde la severidad del prejuicio. Sin embargo, mirado con mayor empatía y agudeza sociológica, el uso público de la pijama térmica puede interpretarse como un acto colectivo de autenticidad y de resistencia climática ante las inclemencias del tiempo.
Las calles de Pasto parecen estar dictando una lección de soberanía cotidiana. Al parecer, en nuestra ciudad, el verdadero lujo ya no está en vestir con la rigidez del paño o la frialdad de la seda, sino en la sabrosa libertad de poder caminar el espacio público con el mismo calorcito y la soltura con la que uno habita en la intimidad de la pieza.




