Escuchando nota
Por: José Arteaga
(X-Twitter: @jdjarteaga)
¿Dónde están los archivos de la historia de la ciudad? Reconstruir un tramo de nuestra historia lleva tiempo y obedece a un proceso de investigación lento, pues en toda investigación una cosa lleva a la otra y ese rastro se suele perder si no se localiza la fuente original o, al menos, la más antigua.
Durante todo el siglo XX los archivos históricos de Pasto se fueron esparciendo por diferentes lugares, algunos lógicos, otros necesarios, y unos cuantos privados y reservados. Al no existir un plan de preservación y una política que pudiera en valor los documentos históricos, cada persona, cada investigador y cada coleccionista obró según lo que consideraba.
Veamos un caso. Emiliano Díaz del Castillo, eximio historiador, brillante catedrático e importante político, quien escribió 384 artículos de revistas colombianas y diarios, y publicó 21 libros. Lo ideal habría sido que su voluminoso archivo quedase en la ciudad, pero se trasladó a la biblioteca Luis Ángel Arango de Bogotá, pues esta tenía el músculo necesario para cuidarlo y protegerlo.
No es fácil tomar una decisión así. Lo sé, porque he estado al frente de proyectos similares. Una cosa es tener un archivo muy valioso, sea de música, de literatura o de arte; y otra cosa es que ese archivo preste un servicio público. La entidad que lo recibe a través de donación, cesión o venta, debe tener y/o construir un proyecto alrededor, con un fondo presupuestal para espacio, personal capacitado y mantenimiento.
Las entidades públicas suelen tambalear en este sentido por factores políticos. Las remociones de cargos cada cuatro años y los presupuestos adjudicados (a los que uno siempre llega tarde, que casualidad), juegan en contra de ser los mejores receptores de un archivo importante.
Las entidades mixtas tienen a su favor la dualidad de lo privado y lo público, y pueden mover sus recursos de acuerdo a la dimensión del proyecto. Pero a veces los recursos públicos suelen estar condicionados a renglones específicos. En Estados Unidos, por ejemplo, la plata del Gobierno tiende a ir a los salarios. Si estos se recortan, es posible que afecte al proyecto de cuidar un archivo.
Y las entidades privadas, por lo general universidades, centran sus acciones en la educación, y un archivo, aunque es fuente de formación, les supone un problema de preservación. Por ello suelen decir que no a la adquisición, a menos que se haga un Lobby lento, desgastante y que requiere tiempo, esfuerzo y dinero por parte del donante.
En fin, que el archivo pastuso de Díaz del Castillo contiene 14.000 manuscritos, a cual más valioso, pues están allí documentos de la época colonial, virreinal, independentista y republicana. Una joya que no tiene Pasto, sino Bogotá.
¿Qué puede hacer un investigador ante eso? Primero, saber que esto existe; segundo, saber que contiene. Y tercero, acceder a ello tras cumplir con todos los trámites de inscripción.
Ahora bien, ese es un caso excepcional. Hay otros similares, pero cuyos archivos llegaron a diferentes lugares: las bibliotecas de los colegios religiosos, el Museo Juan Lorenzo Lucero y a la sede pastusa del Banco de la República. El Centro Cultural Leopoldo López Álvarez tiene abierto su archivo al público y la atención es maravillosa, pero tiene sectores descubiertos. La hemeroteca, por ejemplo.
El diario El Derecho, que es junto a la revista Cultura Nariñense, la memoria de una ciudad durante la mayor parte del Siglo XX, no tiene todos sus números allí. Y es una lástima. La microfilmación es una ayuda para cuidar el legado en papel, pero es dispendiosa para su consulta al no estar digitalizada.
¿Existe El Derecho al completo en alguna parte de la ciudad? Decían que la familia de Eduardo Mazuera, quien fuera su gerente durante muchos años, tiene una copia. También se dice lo mismo de Hernando Suárez Burgos y de Isidoro Medina. ¿Habrá alguien más? Y ¿no sería mejor que eso pasase al Centro Cultural para su consulta pública?
El caso de Isidoro Medina también es excepcional, pues se trata de un investigador privado que posee un archivo único en su especie y con una buena cantidad de manuscritos. Por ahora él ha preferido mantenerlo consigo, pero el día de mañana todo ese tesoro tendría que estar en una institución con el músculo gestor de la Luis Ángel Arango. Y ojalá que ese músculo estuviese en Pasto.
Sin embargo, estos casos dejan la sensación de que hay muchos archivos pululando por la ciudad, Ya en esta columna hablábamos hace tiempo del caso de Antonio María Riascos, del Círculo de Reporteros Gráficos de Nariño y me preguntaba: ¿qué pasó con su extensa obra de fotografía? 50 años de fotos, algo envidiable para la alcaldía, los museos y las bibliotecas.
“Ya sé que es difícil conservar copias en papel, dispositivas y negativos, pues la humedad y el polvo hacen estragos; porque las Polaroid van perdiendo nitidez con el tiempo; porque las fotos en papel deben manipularse con guante blanco; porque las bases de películas llevan químicos como celulosa, acetato y poliéster, y son inflamables. Pero es que además, Riascos coleccionaba cámaras, una fuente de información para estudiantes de tecnología en las universidades. Hay colecciones que, por supuesto, van cambiando de dueño y mantienen su existencia. Pertenecen a un universo particular porque contienen joyas que son muy valoradas y ameritan su conservación…”.
En Pasto abundan los objetos de valor que no son valorados: automóviles, libros, juguetes, relojes, joyas o artesanías. Y lo interesante es que detrás de esos objetos, hay manuales, fotos, catálogos y documentos que soportan su existencia. Esos son archivos valiosos, aunque la mayoría de las personas no sabe que lo son.
Me queda hablar de la Academia Nariñense de Historia, con más de cien años de funcionamiento. Lydia Inés Muñoz ha hecho un trabajo soberbio con el Manual de Historia de Pasto, en el que se recogen investigaciones valiosas y, sobre todo, mantiene la dinámica de la creación investigadora. Excelente.
Pero tiene un problema que se resume en una pregunta: ¿cómo hace un investigador que viva en el exterior para acceder al contenido de ese manual y a las fuentes de información de cada tema?
Dice Anabel de la Paz, una de las mayores expertas en archivos y colecciones que hay en España, que el paradigma de este tema ha cambiado. “Ya no se trata solo de custodiar, sino de activar el archivo, generando participación ciudadana y abriendo posibilidades para su uso creativo. Nos inspiramos en ejemplos locales e internacionales que proponen nuevas formas de gestión y acceso, especialmente aquellos que desafían la lógica tradicional de conservación”.
Esto en el caso de los archivos sonoros, multimedia, gráficos y documentales, implica pensar en comunidad, unir fuerzas; no una cosa por aquí y otra por allá. Se trata de generar un espacio compartido.
Estamos en el siglo XXI, en la Era digital. No podemos escondernos de las herramientas tecnológicas, hay que aprovecharlas venciendo el concepto de que eso que tenemos es nuestro tesoro particular y sólo yo determino con quien lo comparto. El mundo es muy grande y no sabemos, por ejemplo, si hay alguien en Tokio investigando sobre la laca japonesa Namban, y necesita saber más de nuestro barniz, y la extraordinaria similitud entre ambos artes.
Es verdad que hay mayores y menos presupuestos para desarrollar plataformas digitales de consulta, pero cada vez el abanico de opciones de motores de búsqueda con IA se amplía.
Quiero decir que el dueño de un archivo (o su gestor, en el caso de una institución) no tiene porqué saber de tecnología, pero sí asociarse con alguien que sepa. Eso es construir una Network. Ver quién tiene un servidor con gran capacidad, ver quién digitaliza, ver el mecanismo y la opción de consulta en una base de datos integral y Responsive.
Nada de eso funciona si nos guardamos lo que tenemos. Yo mismo poseo un buen archivo de documentos de Las Lajas y un buen archivo de fotos de Pasto que debería compartir. Todos deberíamos hacer lo mismo. Siempre es mejor abrir los brazos que cerrar los puños. Así, al menos, podemos saber qué hay, qué queda y dónde podría estar lo que falta. Pasto merece que su archivo histórico esté completo.




