Los TLC, una bofetada al campo colombiano.

Rodolfo Correa, presidente del Consejo Nacional de Secretarios de Agricultura de Colombia (Consa), advirtió (2021) que “En 10 años no habrá quien siembre comida en Colombia. Estudios revelan que el total de jóvenes entre los 14 y los 18 años ascendió a 12 millones, de esta cantidad cerca del 22% son jóvenes rurales, que en su mayoría no encuentran en el campo oportunidades para desarrollarse y crecer”. Lo paradójico de este informe y de esta realidad colombiana es que nos estamos muriendo de hambre. Un informe del Programa Mundial de Alimentos deja en claro que 7.3 millones de colombianos necesitarán asistencia alimentaria en 2022. De acuerdo al Dane el 42.5% de la población vive por debajo de la línea de la pobreza, son más de 21 millones de colombianos que padecen el flagelo del hambre y la inasistencia estatal. Por otra parte, “En su más reciente informe “Nueva cultura alimentaria”, Greenpeace señala que a pesar de que Colombia cuenta con producción local y campesina de calidad, se importan cerca de 12 millones de toneladas de alimentos como maíz, trigo, y azúcar de caña”. Agréguele papa, yuca, frijol, cebada, cebolla y frutas…
Basta ver el campo colombiano para no entender esta realidad. Campos en pleno trópico, rodeados de sol y lluvia que ante la falta de visión y ausencia de políticas estatales en materia de producción alimentaria se encuentran prácticamente baldíos y cubiertos de maleza. Cómo entender que nos sale más barato importar que producir, que en un país de hambrientos no se siembren nuestros propios alimentos y que se requiera traer productos agrícolas desde otros países tan distantes que parece una burla al sentido común.
Claro que parte se entendería en la carencia de unas vías adecuadas que faciliten el transporte y comercialización de estos productos. Ante esta ausencia de vías es más cómodo y barato importar productos de Estados Unidos, Rusia, Canadá o Asia. En Colombia es mucho lo que tenemos que avanzar en infraestructura vial. Cincuenta o sesenta kilómetros de trocha hacen imposible la movilización de tantos productos agrícolas que se desperdician en el campo mientras millones de colombianos mueren por falta de asistencia alimentaria. Son más de diez millones de toneladas de alimentos las que se desperdician anualmente.
La importación de alimentos es una bofetada al rostro de los colombianos, especialmente a nuestros campesinos que son los más afectados. El campo se está quedando solo, los jóvenes migran hacia las ciudades debido a este factor que los condena a una miseria inminente y a un futuro incierto, los campesinos viejos y entrados en años deben guardarse su escasa producción por cuanto ya no es posible su comercialización. Y entre la maleza, el olvido y las deudas dejan que sus azadones y palas se los coma el óxido, prefieren ver sus tierras estériles y huérfanas antes que entregarlas al sector financiero o a los usureros de turno.
Importar alimentos nos está saliendo muy caro. La inseguridad en las ciudades, el incremento desmedido de cultivos ilícitos, el hambre de niños y comunidades enteras, el abandono del campo y otros factores que inciden en la calidad de vida de los colombianos empieza a sentirse con mayor fuerza en nuestros días. Se requieren verdaderas políticas agrarias y agrícolas, revisar en su real contexto los TLC y, sobre todo, generar mecanismos que permitan y faciliten la producción y comercialización de nuestros productos de eterna primavera y trópico.
Es inconcebible que teniendo a nuestro lado tanta tierra productiva, en nuestra mesa se consuma la papa extranjera, o que el maíz que brota hasta en los jardines y huertas escolares sea traído ahora de países y continentes lejanos. Inaudito que nuestros gobernantes no miren hacia el campo y se contenten con anunciar la importación de miles de toneladas que fácilmente se pueden sembrar y cosechar en nuestras propias parcelas. Basta arrojar una semilla en cualquiera de nuestros campos para verla germinar y florecer en pocos meses o días, estas tierras, debido a la riqueza y biodiversidad, son autosostenibles y requieren de pocos cuidados y fertilizantes químicos. La elaboración de abono orgánico sustituiría la nefasta utilización de productos químicos que terminan envenenando la tierra, matando y enfermando al campesino y empobreciendo a la tierra y al agricultor.
No saldremos de la pobreza si no acudimos a nuestra mayor riqueza como lo es la tierra. Gobernadores, alcaldes, secretarios de agricultura y autoridades de todo orden deben iniciar una especie de desobediencia civil contra las importaciones y comercialización de productos extranjeros, gestar un gran movimiento nacional o regional que impida la llegada de productos que fácilmente pueden producirse en tierras nuestras. Por supuesto que no es fácil y que se requiere de voces fuertes y valerosas que se opongan a unas políticas que han dado muestras de ineficacia y que nos han llevado a la ruina.
Cada kilo, tonelada o gramo de alimento importado es una vergüenza nacional. Un golpe mortal a nuestra economía, una estocada contundente a nuestra estabilidad económica y productiva.
No entendemos cómo en un país de tierras y campesinos nos estamos muriendo de hambre. No concebimos la razón por la cual resulta mejor para nuestra economía importar papa o trigo, si fácilmente lo podemos obtener de nuestras manos y de nuestros campos. Algo no está bien, mucho tenemos por analizar y comprender. Este verde que se extiende generoso ante nuestros ojos extasiados de trópico y sol en cualquier punto geográfico de Colombia es la respuesta que buscamos para dar solución a esta hambre que nos está matando.

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