Madre África: Eleguá te abre los caminos en el mundial 2026

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Por Daniel Olarte Mutiz, exclusivo para PÁGINA 10.

Siempre seré agradecido con los afros, comenzando por confesar que mi nana de niño: Albita de Jesús Delgado Redín, oriunda de la vereda Telpí en el aurífero Barbacoas, marcó con sus cantos y arrullos mi niñez. Por estos días, mientras el Mundial de 2026 comienza a desplegar su liturgia de banderas, himnos y multitudes, no puedo olvidar que los primeros partidos de fútbol en el patio de mi casa materna, se desarrollaron de manera intensa, al lado de una niña que mi madre la recibió desnutrida para terminar de criar la, si señores, en mi niñez tuve una hermana afro llamada Agustina Perea Valencia. Esos recuerdos me explotan en la memoria emotiva y no puedo evitar pensar que hay una presencia silenciosa y luminosa que recorre cada estadio. Una presencia antigua, herida y, sin embargo, invencible. La presencia de la gran madre África.

Como lo manifesté en mi columna reciente, he visto mundiales desde que era un niño. Desde México 70 aprendí que el fútbol podía parecerse a una religión laica donde millones de personas depositaban sus sueños. Pero este Mundial tiene un matiz particular: el de una diáspora que, después de siglos de dolor, vuelve a conquistar el mundo no con cadenas, sino con talento; no con sometimiento, sino con alegría.
Bastó la jornada inaugural para comprenderlo.

Allí aparecieron dos figuras extraordinarias. Julián Quiñones y Folarin Balogun. Dos historias distintas, dos trayectorias separadas por océanos y fronteras, pero unidas por la memoria profunda del continente africano.

Quiñones nació en Magüí Payán, en el corazón del Pacífico nariñense, un rincón que muchos colombianos apenas podrían señalar en el mapa colombiano. Sin embargo, ese territorio es una geografía moral de la resistencia. Son tierras donde sobreviven los ecos de los antiguos palenques, de los cimarrones que escaparon de la esclavitud para conquistar la libertad con sus propias manos. Desde aquella humildad olvidada por el centralismo, un muchacho afrodescendiente llegó hasta el escenario más grande del fútbol para vestir otros colores y demostrar que el talento no reconoce periferias.

Balogun, por su parte, nacido en Nueva York a comienzos de este milenio y de ascendencia nigeriana, le regaló su fútbol a una multitud multirracial que colmó el estadio de Los Ángeles. Y allí aparece una de las grandes paradojas de nuestro tiempo: mientras en los Estados Unidos resurgen discursos de intolerancia y expresiones de racismo alentadas desde algunos sectores del poder político, son precisamente hijos de la diversidad quienes provocan el abrazo colectivo, quienes levantan de sus asientos a miles de personas de todos los orígenes, quienes recuerdan que la alegría también puede derrotar al deleznable prejuicio del racismo que aún subconscientemente no es superado, no obstante la FIFA tener dentro de sus intenciones desterrar lo y abolirlo a punta de severas sanciones.
Madre África ha estao allí desde los mundiales anteriores, estaba en las gambetas, la velocidad, la inteligencia táctica, la sonrisa amplia después del gol.

Pero también está dispersa por todo el campeonato. Está en los jugadores afrodescendientes que integran las selecciones de Francia y Bélgica; en los futbolistas de Ecuador,Colombia, Brasil , que llevan en sus piernas el ritmo ancestral del Pacífico y del Caribe; en tantos nombres que son fruto de migraciones, mestizajes e hibridaciones culturales.

Paradójicamente, Argentina, vigente campeona del mundo, ha construido históricamente un relato futbolístico donde la presencia afro ha sido minimizada o invisibilizada, como parte de una narrativa más amplia de blanqueamiento de la propia nación. Sin embargo, incluso el fútbol argentino ha sido enriquecido por jugadores afrodescendientes queridos por las tribunas. Colombianos de ayer y de hoy encontraron allí reconocimiento y afecto. Desde el inolvidable tumaqueño Tigre Castillo o el tulueño Palomo Usuriaga (QEPD)hasta futbolistas contemporáneos nacidos también en el litoral pacífico que defienden camisetas emblemáticas como Campaz, la de Rosario Central, el equipo canalla, Cetré también, como para citar algunos.

El balón, al fin y al cabo, suele desmentir y enrostrarle la hipocresía de las fronteras que levantan los prejuicios y los muros.

Este homenaje a África no puede ignorar la historia. No puede olvidar que ese continente fue saqueado durante siglos por los colonialismos belga, francés y británico; que millones de seres humanos fueron arrancados de sus tierras y convertidos en mercancía; que la modernidad occidental se edificó, en buena medida, sobre la explotación de cuerpos negros.

Y, sin embargo, de aquella tragedia nació también una de las mayores epopeyas culturales de la humanidad.

La diáspora africana transformó músicas, lenguas, gastronomías, religiosidades y expresiones artísticas. Transformó la manera de caminar, de bailar y de sentir el mundo. También transformó el fútbol , hoy en boca de todos.

Hoy, cada jugador afrodescendiente que entra a una cancha mundialista parece llevar consigo algo más que una camiseta. Lleva una memoria colectiva. Lleva la dignidad de quienes resistieron. Lleva la belleza de una piel que durante siglos fue despreciada y que hoy resplandece bajo las luces de los estadios. Lleva sonrisas blancas como marfil, abrazos sin distinción de origen y una invitación permanente a reconocernos en el otro.
Quizás por eso este Mundial pueda leerse también desde la esperanza y la reconciliación, muy a pesar de la organización de Estados Unidos, que ha cercenado de manera brutal esa posibilidad.
La esperanza de una gran aldea global donde las diferencias no sean motivo de odio sino de celebración. Un planeta donde las culturas se mezclen y dialoguen, tal como proponía el profesor Néstor García Canclini al hablar del hibridaje cultural: identidades abiertas, dinámicas y compartidas, capaces de enriquecerse mutuamente sin renunciar a su memoria.
Al final, cuando el árbitro da el pitazo final del partido y las tribunas comiencen a vaciarse, quedará una certeza palpitante de cada persona que recorre su camino hasta los parqueaderos:

Madre África extenderá su ébano mágico y brillará en cada jugada de su legado y los ancestros harán sonar los tambores batá.
Jugará en cada niño que persigue una pelota en una playa del Pacífico colombiano, en un barrio de Lagos, en una favela brasileña, en un suburbio parisino o en una calle de Nueva York.
Jugará para recordarnos que la humanidad entera desciende de una misma cuna y que, a pesar de nuestras heridas, todavía es posible abrazarnos.
Porque acaso el verdadero campeón del mundo sea ese sueño sencillo y formidable: el de una humanidad reconciliada consigo misma, capaz de reconocerse diversa, mestiza y profundamente hermana para engrandecer la humanidad.

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