Por: Jefferson Sánchez Cifuentes.
Hay obras que no se escuchan, se habitan. Maestra Vida, esa ópera-salsa parida en los 80 por dos titanes Rubén Blades, el poeta de la calle, y Willie Colón, el arquitecto del trombón, no es un disco. Es una novela del pueblo latino escrita con pentagrama.
Blades y Colón no hicieron un álbum; levantaron un barrio entero. Y en ese barrio, como en cualquier callejón de Buenaventura, de Tumaco o de Satinga, cupo todo: el loco que habla solo, la doña que reza el rosario, el borracho que se sabe todas las historias, el enamorado que no duerme y el revolucionario que todavía cree.
Es la sinécdoque perfecta: Manuela y Carmelo son dos, pero son todos nosotros.
La historia, narrada como quien desgrana un rosario a ritmo de guaguancó y son montuno, es el reflejo más honesto de lo que la academia llama “estudio sociológico”, pero que nosotros, gente de orilla, conocemos como la Universidad de la Vida. No es la del título en la pared, es la del chontaduro a medio pelar, la del viche que arde en la garganta, la del arrullo que no deja dormir al niño.
Metáfora viva del Pacífico.
Maestra Vida, es un boga que rema contra la corriente del olvido. Es un alabao y un chigualo a la vez: llora la muerte y celebra el nacimiento con el mismo tambor. Blades, cual griot moderno, cual decimero de la costa, utiliza la personificación: le da voz a la pobreza, le pone rostro al tiempo, hace que la muerte, la Maestra, sea una profesora severa pero justa.
La obra es una hipérbole de nuestra cotidianidad. El barrio de Quique y Yolanda es el mismo barrio de Satinga donde el cununo retumba a las tres de la mañana, donde la marimba de chonta llora y ríe al mismo tiempo. ¿Qué es Carmelo, si no un “compa” del Pacífico que se va a la ciudad buscando mejoría y termina enredado en la chamba dura de la vida? ¿Qué es Manuela, si no esa mujer negra verraca, de trenza apretada, que pare, cría y entierra con la misma fortaleza?
Willie Colón, con su trombón que suena a trompeta de juicio final, es el encargado del paisaje sonoro. Es la lluvia sobre el techo de zinc, es el sonido del canalete contra el agua del río Mira. Sin su arreglo, la letra sería solo poesía; con su arreglo, es currulao, es juga, es bunde.
Al final, la gran ironía de la obra: nos enseña que la vida, esa Maestra estricta que no perdona tarea sin hacer, no se aprende en libros. Se aprende en el andén, en el fogón de leña, en el velorio del vecino. Nos enseña que todos somos, a la vez, el coro y el solista de esta salsa larga que dura lo que dura una existencia.
Por eso, cuarenta años después, cuando suena el piano de inicio de Manuela, uno no sabe si está escuchando salsa o si está leyendo a García Márquez con clave de 3-2. Y es que Maestra Vida logró lo que pocos: convertir el ritmo afrolatino en literatura, y la literatura en un repique de tambor que no deja de sonar en la memoria del pueblo.
Porque al final, como dicen las mayoras en el Pacífico: “el que no tiene de inga, tiene de mandinga” y todos, de una u otra forma, somos hijos de Carmelo y Manuela.




